APUNTES PARA LA ORACIÓN: LA IGLESIA EN ORACIÓN

El Papa Francisco ha querido que 2024 sea un año dedicado a la Oración para la preparación del Jubileo de 2025. Este año comenzó el pasado 21 de enero, domingo de la Palabra de Dios. Según señaló, “me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo”. Las diócesis, las congregaciones religiosas y todas las instituciones de la Iglesia están invitadas a promover la centralidad de la oración individual y comunitaria.

El Dicasterio para la Nueva evangelización junto a la Conferencia Episcopal Española y la editorial BAC ofrecen para potenciar la experiencia de la oración los Apuntes sobre la oración. Ocho cuadernos que se publicarán cada mes junto con material preparado para su utilización y su difusión.

En este mes de septiembre lo dedicamos a: La Iglesia en oración.

La oración es un misterio profundo, con raíces en el mismísimo Corazón de Dios. Resuena en el eterno himno de alabanza del Cielo, un canto que solo Dios conoce y enseña: el diálogo entre el Padre y el Hijo en la presencia del Espíritu Santo.

En la Iglesia, este diálogo divino se refleja en nuestra oración, un regalo de Cristo a la humanidad que tiene lugar en la Iglesia. Porque Iglesia es la casa del Dios vivo, un espacio de encuentro entre Dios y el hombre, donde la oración es esencial.

Desde la creación del cosmos, la primera “iglesia cósmica”, se celebra una liturgia en la que todo el universo participa. Con la encarnación de Cristo, la Iglesia se fortalece. Es Cristo, Dios hecho hombre, quien realizan la unión de Dios y la humanidad.

A través de Cristo, cada uno de nosotros puede decir “Abba-Padre” y unirse al eterno canto de alabanza. Ser cada uno de nosotros “casa de Dios”; ser lugar del encuentro con Dios, nos permite ser protagonistas de un diálogo personal, cara a cara con el Señor, y ese camino espiritual, nos permite encontrar nuestra identidad más profunda.

La Eucaristía es el culmen de nuestra unión con Cristo, transformando nuestra vida en un continuo acto de alabanza y oración. La oración nos permite vivir en comunión con el Cristo resucitado, aquí y ahora.

En la oración, nos encontramos en las manos del Padre, guiados hacia la plenitud de la Pascua. Unidos en el Misterio de Cristo, nuestra vida se convierte en una eterna alabanza a Dios.

Que nuestra oración sea siempre ese canto de amor y entrega al Padre. Amén.

El misterio y el don de la oración

La oración es un misterio ya que tiene su origen y sus raíces en el mismo Corazón de Dios. Resuena en el himno de alabanza que es cantado eternamente en el Cielo y que resuena eternamente en el mismo Misterio de Dios. Sólo Él lo conoce y solo Él puede cantarlo y enseñárnoslo.

«Tú eres mi hijo» es la Palabra que el Padre dice eternamente. Y el Hijo le responde a su vez con una única palabra: Abba (Padre). El Espíritu es el Silencio que permite al Padre decirla y al Hijo escucharla. Este diálogo entre el Padre y el Hijo en el Espíritu, este eterno «hablarse», constituye toda la vida de Dios.

Nuestra oración y la de la Iglesia es por tanto «unión con la oración de Cristo, un don que Cristo entregó a su Iglesia con su encarnación, y, por medio de la Iglesia, a cada persona.

Una casa de oración

La Iglesia es la casa del Dios vivo y Dios mismo ha querido que su Casa fuera una casa de oración. Por lo tanto, la oración, ese diálogo entre Dios y el hombre, es la esencia de la Iglesia, su razón de ser, fuera de la cual no tendría sentido que existiera.

El primer espacio en el que se establecerá el fundamento de la Iglesia es con la Creación del cosmos. Es el lugar en el que vive su historia de amor con nosotros. La creación natural, todo el universo, es esta Iglesia «cósmica», por llamarla de algún modo. En ella se celebra, ya desde el primer instante de su existencia, una verdadera liturgia. Ora porque en el cosmos reverbera en su lenguaje silencioso el himno de acción de gracias.

La construcción de esta Casa de oración, alcanzará la etapa final cuando el Padre, con la encarnación de su Hijo, le pondrá en la Iglesia como piedra angular preciosa, un fundamento sólido que une inseparablemente las dos paredes del templo: Dios y la humanidad.

Con la encarnación del Hijo, cada hombre podrá ahora decirle: «Abba-Padre» y participar de ese modo en el eterno cántico de alabanza «que se canta en las moradas celestiales».

Por eso, dejarse construir como «casa de Dios» es la síntesis de todo el camino espiritual de cada hombre. Se trata de dejarse alcanzar por quien nos busca, dejarse tocar por la mano del Padre que plasma en nosotros a su Hijo único.

Tener sed de Dios, tener sed de encontrarlo… Solo este ardiente deseo de Él, de su cercanía, puede abrirnos los ojos, purificar nuestra mirada y permitirnos así verlo. Podemos acercarnos a Él en el único lugar donde podemos encontrarlo: en su casa de oración, en el misterio de su cuerpo, en su Iglesia.

Aprender a orar

Toda la creación estaba por tanto orientada a ser «casa de Dios y casa de oración». El sacerdote de esta Iglesia era Adán, creado a imagen y semejanza del Hijo y llamado a ser también un cántico de alabanza y acción de gracias al Padre. Sin embargo, nuestros primeros padres no quisieron recibir el don de la vida divina, sino que quisieron obtenerlo de forma autónoma.

La peor consecuencia de ese primer pecado fue la deformación de la imagen de Dios en ellos. Esa deformación creó un obstáculo casi infranqueable para la oración. La intimidad con Dios, que antes del pecado era la alegría del hombre, ahora se ha transformado en miedo.

Por eso todavía hoy sentimos que la oración es nuestro «deber», un deber de la criatura, del hombre que ha de rendir culto a Dios, al Soberano de todas las cosas, al Dueño de nuestras vidas, a un Dios inaccesible, a un Dios sordo a nuestros sufrimientos y a nuestros deseos, que manipula nuestras vidas a su gusto, según su inescrutable designio. Esta es la imagen de oración que tenemos, que implica también una imagen de Dios.

Sin embargo, todo cambia radicalmente con la encarnación del Verbo. Dios se hace hombre y enseña al hombre a rezar.

Por eso, cuando le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), Jesús, dirigiéndose en un aparte a sus discípulos, dijo: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!» (Lc 10,21-24).

Jesús cantó este «cántico nuevo» durante toda su vida, pero de modo pleno y perfecto cuando, en la cruz, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Cuando llega la hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13,1), Jesús se eleva con todo su ser hacia Dios, se convierte Él mismo en oración, Él, el Hijo que está totalmente dirigido a Dios. La Pascua de la muerte y la resurrección es el misterio de Jesús convertido en oración.

Ahí, en ese acto de entrega sin reservas hasta la muerte, el Hijo «dice» perfectamente, con categorías humanas, con actos y palabras realmente humanos, lo que dice inefablemente en el seno de la Trinidad eterna: «Abba, Padre, me entrego a ti sin reservas, en tus manos encomiendo mi Espíritu».

Es «en la cruz donde orar y entregarse son una sola cosa» (CCE 2605).

El descubrimiento de Dios como Padre nuestro es una adquisición espiritual más allá de la cual no se puede ir. Esa convicción permite entrar de manera directa en la experiencia del mismo Cristo, tanto como Hijo eterno como Hombre y Redentor.

No se puede ir más lejos y una paz tan grande (como la que brota al entregarse al Padre) no puede ser igualada por nada más, ni siquiera por el matrimonio espiritual.

Si podemos de verdad decir «Padre mío» con una confianza absoluta, entonces nos habremos encontrado con nuestra identidad profunda, en cierto sentido, nos volveremos «indiferentes» a todo lo demás. Porque nada de lo que pueda suceder en la vida nos podrá afectar más profundamente que esta palabra: «Padre mío».

La Iglesia se une a la oración de Cristo en la liturgia

Cristo se entregó a sí mismo en un acto de ofrenda, su mismo acto de ofrenda, que glorifica perfectamente al Padre. Le entregó su oración, se entregó a sí mismo convertido en oración.

Este don lo recibimos en la liturgia porque esta es «participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término»

En la liturgia de la Iglesia, «Cristo está presente no como una idea abstracta, sino como una persona viva y una fuerza viva que emana de una persona viva.

En la liturgia eucarística Cristo nos une «corporalmente», de forma real, a su «cántico nuevo». La Eucaristía es el culmen de nuestra unión con Cristo en su oración de alabanza al Padre.

Pero precisamente por ser su culmen, configura al hombre a Cristo y se expande en toda la vida del fiel.

En el Oficio divino, se funden en una sola voz la voz de la Esposa que es la Iglesia y la voz del Esposo que es Cristo, «La oración de la Iglesia es, por tanto, la oración de Cristo y la oración de Cristo es la oración de la Iglesia»11.

La liturgia del corazón: la vida de oración

Sin embargo, aunque es necesaria, la sola unión con Cristo en la liturgia no es suficiente si no se convierte en la forma estable de toda nuestra vida.

Hemos de entregar a Cristo sin reservas toda nuestra persona: alma y cuerpo, todos nuestros deseos y sentimientos, buenos y malos, para recibir de Él lo que es nuestro, transfigurado en lo que es suyo,

El deseo de estar unidos a Jesús para que nuestra vida se convierta, por decirlo de algún modo, en intercambiable con la suya y la suya con la nuestra es lo único que puede permitirnos vivir en una oración ininterrumpida.

Quedarse, perseverar, permanecer a pesar de todo parece significar que Él no vendrá nunca, que es difícil. Parece que a menudo la respuesta de Dios a este deseo del encuentro, a esta incesante oración, es su silencio.

Pero es entonces, cuando todo parece estar perdido, cuando el cántico de alabanza alcanza su mayor pureza. Por mucho que pueda ser oscuro el camino que el Señor hace recorrer a su Iglesia y a nosotros dentro de ella; por mucho que pueda ser incomprensible lo que vivimos a diario, por mucho que parezca que no tenga luz el futuro que nos espera, estamos seguros de que estamos en las manos del Padre y que él nos está conduciendo hacia la plenitud de la Pascua.

La vida resucitada

La Pascua es «el único acontecimiento de la historia que no pasa. […]. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte […]. El acontecimiento de la cruz y de la resurrección permanece y atrae todo hacia la vida».

Esta contemporaneidad del resucitado con todos los hombres de todos los tiempos es lo que permite a nuestra oración no ser una autoilusión, una vacía ensoñación o, peor, un delirio en el cual nos hablamos con nosotros mismos o con la nada.

Es en la oración donde Cristo resucitado, vivo y presente, presente y activo, «aquí y ahora» sigue atrayendo hacia sí a todos (Jn 12.32), atrayéndolos en su Misterio.

Porque la oración, o es comunión con el resucitado o no es oración.

Quien ora uniéndose a Jesús con la fe «tiene la vida eterna y no debe afrontar el juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida», como afirma el Señor (Jn 5,24). Cuando ora, el cristiano «tiene la vida eterna»: la posee ya; ha pasado ya con Cristo de la muerte a la vida porque acoge en sí mismo al Cristo vivo, y vivo hoy, vivo en el único Acto que le da vida: el recibir la vida del Padre y restituirla en la eucaristía.

Con la oración pasamos de una vida, que es para la muerte y tiene la muerte como único horizonte,  la vida sin fin que brota del don de sí mismo hasta el extremo, hasta la muerte.

La madre de la oración

Por medio de la fe silenciosa de María, la alabanza que el Verbo canta eternamente al Padre, Abba, también se empezó a cantar en nuestro mundo con palabras nuestras. La oración se hacía carne, se hacía visible y tangible para que todos pudiéramos cantar con el Hijo su canto eterno al Padre.

Fue el «sí» de la Virgen lo que permitió finalmente a la humanidad «que desatara una oración dichosa y veraz; y sintiera el inefable poder regenerador de cantar con nosotros las alabanzas divinas y las esperanzas humanas.

María es, por tanto, Madre de la oración, la nuestra y la de la Iglesia, porque es Madre del Único que puede y sabe orar.

Y sobre todo engendra la oración de los pobres, de aquellos que «no saben pedir como conviene» (Rom 8,26), que no saben y no pueden recorrer los caminos intransitables de la «gran» oración.

A estas «pequeñas almas», Dios ofrece a María como sencillo camino de oración, como medio fácil para su transformación en Cristo.

DOS MANERAS DE MIRAR

La compasión y el egoísmo son dos características contradictorias de lo humano. La raíz de las mismas está en la diferente manera de comprender la propia identidad. El problema aparece cuando afirmamos nuestra identidad a costa de los demás. Nos afirmamos contra los otros. De ahí surge el egoísmo, el pensar sólo en mi mismo, e incluso el deseo de que desaparezca el otro; el otro es un estorbo, una molestia.

Hay momentos en la vida en los que cobramos una aguda conciencia de que somos seres necesitados de ayuda. Cuando contemplamos a personas con necesidades especiales, o el rostro desfigurado de una persona por un accidente de tráfico, estamos contemplando nuestra propia posibilidad. Por eso, la situación del necesitado nos da pena y suscita nuestra compasión, porque consciente o inconscientemente vemos allí nuestra propia posibilidad. En esta línea, Tomás de Aquino decía que, viendo el dolor de los demás, “los hombres se compadecen de sus semejantes y allegados, por pensar que también ellos pueden padecer estos males” (Suma de Teología, II-II, 30,2).

Miguel de Unamuno decía que la compasión que sentimos por los demás y hasta por nosotros mismos no es sino la otra cara del amor: “el hombre ansia ser amado, o lo que es igual, ansia ser compadecido”. Y continúa diciendo: “amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama”. La compasión, añade este autor, es lo que nos diferencia de los animales: “La compasión es la esencia del amor espiritual humano, del amor que tiene conciencia de serlo, del amor que no es puramente animal, del amor, en fin, de una persona racional. El amor compadece, y compadece más, cuanto más ama”.

La compasión coexiste con otro elemento que es causa de mucho sufrimiento, y que parece estar en el origen de todos los males de la humanidad, a saber, el egoísmo. El egoísta todo lo centra en uno mismo, reduciendo a los demás a mera posesión e instrumento. El egoísmo se opone frontalmente al amor. Cuando uno solo se ama a sí mismo, los demás estorban. El egoísta sólo piensa en sí mismo. Por eso, ignora a los otros. Para el egoísta no hay otros, sólo cuenta el propio yo. Los otros son instrumentos útiles o inútiles en función del provecho que saco de ellos.

Compasión y egoísmo presuponen dos maneras de mirar, de prestar atención al otro. Recordemos la parábola del samaritano misericordioso. Los clérigos que pasan de largo, sin atender al herido, no le odiaban, no tenían ningún motivo para ello, ni siquiera le conocían. Lo que les impidió amarle fue el egoísmo, el pensar en sus cosas, el no tener tiempo para mirarle. El samaritano, por el contrario, se fijó en el herido, y lo que vio le hizo cambiar de planes. Dejó sus ocupaciones para atender al herido.

Cristo desenmascara nuestros egoísmos, nos invita a desprendernos de nosotros mismos, a dejar de mirarnos a nosotros mismos, pero no para perdernos, sino para encontrarnos en el verdadero amor, hecho de acogida y respeto, un amor que encuentra sitio para los demás. Con Cristo aprendemos que la compasión es la esencia del amor.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

LA PASTORAL DEL ADULTO MAYOR VIVE EN CÁDIZ Y CEUTA LA IV JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y MAYORES

La IV Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores se ha celebrado en nuestra diócesis con Eucaristías en las que han sido especialmente partícipes las personas mayores. La Iglesia de Cádiz y Ceuta vivió el pasado domingo un día para expresar el respeto y la gratitud que todos sentimos hacia las personas mayores, reforzado por la indulgencia plenaria concedida por la Santa Sede a los que han participado con verdadero espíritu fraterno.

Contra la soledad y el abandono: fraternidad.

Reconocimientos, convivencias y cartas que acompañan.

Tras las misas, que han ofrecido a Dios acción de gracias por el don de la vida, se han propiciado también momentos de encuentro y convivencia, entendiendo la gracia de la palabra y la conversación como un recurso contra la soledad y el abandono en la vejez, tema específico de reflexión para este año.

Hay parroquias que además han incluido en la celebración eucarística el reconocimiento que, por su fidelidad y servicio, merecen algunos feligreses destacados de su comunidad. Otras parroquias han organizado con sus grupos de Vida Ascendente charlas, coincidiendo con la festividad de Santa Ana y San Joaquín, abuelos de Jesús de Nazaret. Y, pensando en aquellos parroquianos mayores que viven solos y ya no salen de sus domicilios, se han impulsado iniciativas para hacerles llegar la cercanía y el afecto de la comunidad, entregándoles cartas personalizadas, junto al Mensaje del papa Francisco y la Oración de la Jornada.

Por otra parte, la dimensión reflexiva de la Jornada no se agota en los actos del día de su celebración. La soledad no deseada es un tema complejo, con muchas implicaciones, que merece tratarse en profundidad. El Secretariado Diocesano de Personas Mayores seguirá ofreciendo en los próximos meses a las parroquias de la diócesis la organización de Momentos de reflexión, abiertos a la participación y el diálogo.

Sentido de la Jornada: no “un” día, sino “cada” día.

La jornada ha ofrecido un cauce para unir la enseñanza evangélica de distribuir el pan -anticipo del Reino- con la necesidad de compartir con nuestros mayores,  tiempo y cariño.

Como se subraya desde el Secretariado Diocesano de Personas Mayores, «no se trata de celebrar un aniversario una vez al año, sino de entender que todos, independientemente de nuestra edad y de nuestras circunstancias, formamos una familia cristiana de la que nadie está excluido y tenemos una historia, una misión y una fe en común. Dios nunca abandona a sus hijos».

Fuente: Pagina Web del Obispado

NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: DIÓCESIS DE TUY- VIGO

Mis queridos amigos.

Desde el  25 de mayo en  el que   la Nunciatura Apostólica  nos  anuncia  que el Papa Francisco  había  nombrada obispo de nuestra diócesis a D. Antonio Valin Valdés , hasta ahora vicario general de  la vecina diócesis de Mondoñedo – Ferrol,

Hemos   vivido unos días  muy  intensos de espera,  llenos  de  alegría esperanza  y  de celebraciones.

 Íbamos a vivir  una ordenación episcopal que no  se producía en nuestra diócesis desde hacía 114  años .

Pero por fin llego el día 20 de julio  señalado para la  Ordenación Episcopal.

Fue una preciosa y muy  solemne ceremonia  que todos vivimos con  gran alegría, esperanza y  muy intensamente.

Os envió un resumen de las palabras pronunciadas durante ceremonia por  D. Antonio…

“No sé qué esperáis de mí; como Pedro sólo os puedo decir: «no tengo plata ni oro, pero os doy lo que tengo: el nombre de Jesucristo nazareno». Eso sí que lo puedo compartir, eso sí que es una convicción y certeza; eso sí que nos anima a todos a salir de nuestro estar al lado del camino y levantarnos con la fuerza que viene de El.

 En este momento, se nos invita de nuevo a alzarnos, salir y caminar, rompiendo con tantos cansancios, monotonías, rutinas y sentimientos que nos aplastan y no nos dejan crecer ni mirar el futuro con ilusión. se nos invita a recuperar la alegría de quien se siente amado, tal y como es; a recuperar la esperanza en medio de un mundo tan   vacilante e inseguro; a sentirnos enviados, siendo discípulos que caminan con ilusión en esta realidad sabiendo que tenemos un por qué vivir en el día a día y alguien que nos llama a hacerlo realidad.

Os comentaba en el saludo que envié cuando se hizo público mi nombramiento, que este es el momento de soñar —no podemos dejar de soñar—, pero hacerlo como nos enseñó nuestro maestro: poniendo los pies en la tierra, en la realidad que cada día viven nuestros hermanos, y que en muchos casos es una realidad difícil y necesitada de una palabra de ánimo y de muchos hechos que consolide ese ánimo.

 Quiero estar con vosotros, en medio de vosotros, como un hermano más que se une a la larga tradición de esta iglesia.

Veréis mi fragilidad, pero nuestra fuerza está en aquel que nos pone en camino y en los hermanos y hermanas que están a nuestro lado.

“la Iglesia es madre y familia, en la que nadie queda excluido y todos somos necesarios, imprescindibles.

 Todos estamos llamados a caminar tras el Maestro, a seguir sus huellas dondequiera que estemos.’ Así, como nos recuerda tantas veces el Papa Francisco.

El nuevo obispo subrayó que «nos corresponde sembrar, anunciar, animar en un tiempo de cambio de época», en el que cuenta con todos porque «todas las manos y los esfuerzos son necesario

Cuento con todos vosotros, con todos. Vivimos un momento en el que todas las manos y esfuerzos son necesarios. Nos toca trabajar juntos, en la Iglesia y en las diferentes instituciones de nuestra sociedad, y hacerlo con mirada amplia, aportando cada uno desde su campo y opciones, lo que mejor sabe y puede.

Vivo con ilusión este nuevo envío en mi vida, sabiendo que lo voy a vivir con vosotros día a día, intentando construir el reino de Dios de una manera sinodal, juntos, ayudándonos mutuamente.

Contad conmigo en todo lo que pueda. Quiero conoceros, escucharos y caminar con vosotros. Cuando escribí mi saludo a la diócesis os pedía paciencia: ayudadme a ser pastor, enseñadme a ser pastor.”

«La caridad de Cristo nos urge». Este es el lema que escogí para ser pastor en medio de vosotros.

Deseo que esto siempre nos mueva con un estilo más evangélico y comprometido con cada persona.

Rezad por mí y yo por vosotros.

Enviado por nuestra amiga Marisa.

INTENCIONES DE ORACIÓN

“El Papa Francisco confía cada mes a su Red Mundial de Oración, intenciones de oración que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia”, afirma el sitio web de la iniciativa.

“Su intención de oración mensual es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos», es una brújula para una misión de compasión por el mundo”, agrega.

Este mes de septiembre oramos POR EL CLAMOR DE LA TIERRA

Oremos para que cada uno de nosotros escuche con el corazón el clamor de la Tierra y, de las víctimas de las catástrofes naturales y del cambio climático, comprometiéndonos personalmente a cuidar el mundo que habitamos.

La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española aprobó en su 121º reunión, que tuvo lugar del 17 al 21 de abril de 2023, las intenciones de la CEE para el mes de septiembre de 2024 son:

Por todas las actividades que comienzan en las parroquias y comunidades cristianas, especialmente las relacionadas con el ámbito de la catequesis, para que a todos se pueda ofrecer una formación sólida y un testimonio fiel de Cristo, el Señor, y vivir lo en la Iglesia.

CICLO DE CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO: EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA

Tras la pausa de verano este 7 de agosto el Papa reanudó la audiencia general de los miércoles, en cuya catequesis prosiguió su reflexión sobre la presencia del Espíritu comenzando por el acto de la Creación y pasando después al Nuevo Testamento.

La acción del Espíritu Santo en la obra de la Redención, es decir, de Jesucristo. Durante la audiencia general de esta mañana, celebrada en el Aula Pablo VI, el Santo Padre retomó el hilo conductor de las catequesis anteriores a la pausa de julio, cuyo título general es: «El Espíritu y la Esposa. El Espíritu Santo guía al pueblo de Dios hacia Jesús, nuestra esperanza».

En esta ocasión el tema propuesto fue el Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo. Y de hecho, el Papa habló de María, esposa del Espíritu y figura de la Iglesia, que precisamente del Espíritu recibe la fuerza para anunciar la Palabra de Dios después de haberla recibido.

«El ángel dijo a María: ‘No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás un hijo y darás a luz a un niño al que llamarás Jesús´. […] Entonces María dijo al ángel: ´¿Cómo será esto, pues no conozco varón?´. El ángel le respondió: ´El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra´» (Lc 1,30-31.34-35).

María concibió por obra del Espíritu Santo

La reflexión del Papa partió del dato fundamental de la fe puesto por la Iglesia, con el Concilio Ecuménico de Constantinopla en el año 381, en el centro del «Credo», que es el descenso del Espíritu Santo sobre María que por su obra se convertiría en la Madre de Cristo. Este es el anuncio del ángel. Y Francisco afirmó:

    “Es, por tanto, un hecho ecuménico de fe, porque todos los cristianos profesan juntos el mismo Símbolo de fe. La piedad católica, desde tiempos inmemoriales, ha tomado de él una de sus oraciones diarias, el Ángelus”

María, figura de la Iglesia

Se trata, prosiguió diciendo Francisco, del artículo de fe «que permite hablar de María como la Esposa por excelencia, que es figura de la Iglesia». La Lumen gentium, observó además el Papa, retoma este paralelismo entre María, que engendra al Hijo « bajo la sombra del Espíritu Santo», y la Iglesia. Mientras citando la Constitución dogmática, afirmó:

    “La Iglesia, contemplando la santidad misteriosa de la Virgen, imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, mediante la Palabra de Dios fielmente acogida, se convierte también en madre, ya que, mediante la predicación y el bautismo, genera a una vida nueva e inmortal a los hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios”

«¿Cómo es posible esto?»

Continuando con el paralelismo entre María y la Iglesia, Francisco subrayó además que, al igual que la Virgen acogió primero a Jesús en sí misma para luego darlo a la luz, así la Iglesia debe acoger primero la Palabra de Dios «para después darlo a luz con su vida y su predicación». Como le sucedió a María, «también la Iglesia, ante tareas que superan sus fuerzas, se plantea espontáneamente la misma pregunta: “¿Cómo es posible esto?”.

    “¿Cómo es posible anunciar a Jesucristo y su salvación a un mundo que parece buscar sólo el bienestar? La respuesta es también la misma que entonces: ‘Recibirán la fuerza del Espíritu Santo’. Sin el Espíritu Santo la Iglesia no puede avanzar, la Iglesia no crece, la Iglesia no puede predicar”

Nada es imposible para Dios

Y no sólo la Iglesia, sino cada bautizado, cada uno de nosotros, prosiguió diciendo el Papa, se encuentra a veces preguntándose «¿cómo puedo afrontar esta situación?». Será útil, dijo, recordar la respuesta del ángel y concluyó:

Hermanos y hermanas, pongámonos también cada vez en camino con esta certeza reconfortante en el corazón: «Nada es imposible para Dios». Y si creemos esto, obraremos milagros. Nada es imposible para Dios.

Puedes leer integro el texto en el siguiente enlace:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2024/documents/20240807-udienza-generale.html

“EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ”. EL ESPÍRITU SANTO EN EL BAUTISMO DE JESÚS

El día 21 de Agosto durante la audiencia general de los miércoles, Francisco continuo con su ciclo de Catequesis sobre el Espíritu y la Esposa en su sexta reflexión. El Espíritu Santo guía al Pueblo de Dios al encuentro con Jesús, nuestra esperanza. “El Espíritu del Señor está sobre mí”. El Espíritu Santo en el Bautismo de Jesús

Hoy reflexionamos sobre el Espíritu Santo que descendió sobre Jesús en el bautismo. Los cuatro evangelistas narran ese momento, que es fundamental en la Revelación, porque es una manifestación de la Santísima Trinidad: el Padre proclamó a su Hijo amado y el Espíritu Santo bajó sobre Jesús en forma de paloma. En el Jordán, Dios Padre consagró a Jesús como profeta, como sacerdote y como rey, ungiéndolo con el óleo espiritual —que es el Espíritu Santo— para llevar adelante su misión.

En el gesto de la unción con el crisma se simboliza la comunicación del Espíritu Santo a quien lo recibe. Cristo es el ungido del Padre, y los cristianos somos ungidos a imitación suya. Cristo es la cabeza, el Espíritu Santo es el óleo perfumado y la Iglesia es el cuerpo de Cristo donde esa fragancia se difunde. Cuando en la Misa del Jueves Santo se consagra el óleo llamado “crisma”, el obispo pide por quienes recibirán la unción en el bautismo y la confirmación, para que sean en el mundo testigos fieles de la redención y portadores del buen olor de Cristo.

Puedes leer el texto íntegro pinchando en el siguiente enlace:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2024/documents/20240821-udienza-generale.html

RETRANSMISIÓN EN TVE 2 DE LA MISA EN LA JORNADA DE LOS MAYORES DESDE ALCALÁ DE HENARES

El domingo día 28 de Julio en la retransmisión del Día del Señor de la 2 de TVE nos sorprendía muy gratamente.

Desde  el Convento de las Bernardas, de Alcalá de Henares, fundado en 1617 por la orden del  Cister  y ocupado por las monjas “Bernardas” hasta el  año 2000.

Cuando marcharon el  edificio estaba prácticamente  arruinado, es  cuando pasa a la Diócesis que realiza un plan director para darle utilidad a este edificio de unos 7000 metros, se ha destinado a casa sacerdotal, donde los sacerdotes jubilados puedan residir cuando lo necesiten. Nuestro Consiliario General ha sido  y es parte de tan hermoso proyecto, ya hecho realidad.

Con la presencia de los miembros de Vida Ascendente de Alcalá de Henares que habían preparado con mucho primor la liturgia,   su Presidenta Paquita Lobo y su esposo Fernando Contreras, junto a nuestro Presidente Nacional Jaime Tamarit acompañado de su esposa Amada fueron los encargados de las lecturas y moniciones.

Nuestro  Consiliario General Padre Nacho Figueroa presidió la Eucaristía de la IV jornada de los Mayores, con el lema “En la vejez no me abandones”.

En la homilía nos acercó especialmente  a los que se sienten abandonados aunque no sean mayores, en la que nos recordó que cada uno podemos poner a disposición del Señor abrazos y sonrisas, para los que se sienten más solos. Hoy nos insiste el Papa que pensemos en los que tenemos cerca y hace tiempo que nadie los visita, tomando como ejemplo a la moabita Ruth y su suegra Noemí queda sola y Ruth, que era pagana, con mucha generosidad le dice, “Donde tu vayas iré, donde vivas viviré, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”. Y esto es lo más importante porque los mayores son transmisores de la fe, debemos acoger la fe de nuestros mayores porque si quitamos a Dios de nuestras relaciones familiares, caeremos en el abandono.

https://play.rtve.es/v/16200514

 

INTENCIONES DE ORACIÓN

“El Papa Francisco confía cada mes a su Red Mundial de Oración, intenciones de oración que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia”, afirma el sitio web de la iniciativa.

“Su intención de oración mensual es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos», es una brújula para una misión de compasión por el mundo”, agrega.

Este mes de agosto oramos POR LOS LÍDERES POLÍTICOS

Oremos para que los líderes políticos estén al servicio de su pueblo, trabajando por el desarrollo humano integral y el bien común, atendiendo a los que han perdido su empleo y dando prioridad a los más pobres.

La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española aprobó en su 121º reunión, que tuvo lugar del 17 al 21 de abril de 2023, las intenciones de la CEE para el año 2024 por las que reza la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración).

Agosto: Por todos los cristianos, para que con su testimonio de vida y con su palabra anuncien el Evangelio de Jesucristo en las actividades de cada día, y también en el tiempo del ocio vacacional.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN MARÍA VIANNEY, EL CURA DE ARS

San Juan Bautista María Vianney nació el 8 de Mayo de 1786 y fue Bautizado el mismo día. Era el cuarto de ocho hermanos. Como muchos otros santos, nuestro santo disfrutó de la preciosa ventaja de haber nacido de padres verdaderamente cristianos.

Su padre era el dueño de una finca y su madre era nativa del pueblo de Ecully, el cual como Dardilly, el lugar donde nació el santo, estaban cerca de la ciudad de Lyons.

Sería un error contemplar a la familia Vianney como ignorantes. Sin duda alguna ambos padres y los niños pasaban días arduos en los campos y viñedos, pero la conciencia de que por varios siglos esta tierra había pertenecido a los Vianney, inspiraba a la familia con un legítimo orgullo y disfrutaban de la estima de todos aquellos que les conocían.

La amabilidad hacia los pobres y necesitados era una virtud familiar; ningún mendigo fue nunca arrojado de sus puertas. Así fue como un día fueron privilegiados de dar hospitalidad a San Benito Labre, cuando el patrono de los mendigos pasó por el pueblo de Dardilly en uno de sus peregrinajes a Roma.

Desde muy niño sus padres lo llevaban a los campos, donde aprendió a ser pastor y, cuando era mayorcito se iba a cuidar los rebaños. El campo era su lugar preferido, las flores, los árboles, toda la naturaleza le hablaba de Dios, en quien encontraba el descanso de su corazón.

Con frecuencia se iba bajo la sombra de un árbol grande y allí, hacía como un pequeño altar donde ponía la imagen de la Virgen Santísima, que siempre llevaba y llevaría toda su vida junto a él; y a los pies de la Madre, descargaba su corazón con la confianza de un niño pequeño.

En otras ocasiones llamaría a sus otros compañeros pastores y les compartiría las cosas del Señor que aprendía de su mamá, siendo éstas sus primeras clases de catecismo que luego, diariamente compartiría con los habitantes de Ars, siendo este uno de sus mas grandes ministerios como sacerdote. Tenía la costumbre de hacer la señal de la cruz, cada vez que sonaba el reloj.

Francia en esta época de 1790, estaba pasando una gran crisis -La Revolución Francesa- que con el pretexto de implantar «Libertad, igualdad y fraternidad» desató una masiva persecución que llevó a la guillotina a muchos hombres y mujeres, incluyendo a muchos sacerdotes y religiosas.

Los sacerdotes tenían que disfrazarse, cambiando constantemente de domicilio, para poder ministrar al pueblo de Dios, que permanecía fiel. Entre estos sacerdotes se encuentran dos que serán muy importantes en la vocación de San Juan: el Padre Balley y el Padre Groboz, quienes trabajaban ambos en Ecculy. Uno hacía de panadero y el otro de cocinero.

Es en este tiempo en el que Juan Bautista hace su Primera Comunión en Ecculy, en la casa de su mamá. Buscando no llamar la atención de las autoridades, trajeron carros de heno y los pusieron frente a las ventanas y comenzaron a descargarlos durante la ceremonia para evitar conflicto. Juan Bautista tenía 13 años, y aún siendo tan mayorsito lágrimas corrieron por sus mejillas al recibir al Señor, y durante toda su vida hablará siempre de este día y atesoraría el rosario que su madre le regaló en esta ocasión.

ESTUDIANTE

Al subir al poder Napoleón Bonaparte, gradualmente, la Iglesia obtuvo cierta libertad.

Por corto tiempo Juan Bautista asistió a una escuela de su pueblo, pero ahora que estaba creciendo, cada vez más los campos exigían de su trabajo. Fue en estas largas horas de faena en las que su convicción de ser sacerdote creció en su mente. Se decía: «Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios», y este pensamiento lo compartía con su madre, en quien encontraba apoyo, pero su padre le dio gran lucha. Tuvieron que pasar dos años para que el padre aceptase las aspiraciones de su hijo de ser sacerdote.

El Arzobispo de Lyons, quien era tío de Napoleón, sabía que su primer deber era buscar candidatos para el sacerdocio y así cada parroquia fue instruida para que se iniciase una campaña para promover las vocaciones al sacerdocio. El Padre Balley, párroco de Ecculy, abrió en la rectoría una pequeña escuela para formar aquellos jóvenes que sintiesen la vocación. Era la oportunidad para Juan Bautista; podía ir a la escuela del Padre Balley y quedarse en la casa de su tía. Hasta su padre vio las ventajas de esta oportunidad y le dio el permiso para irse. Juan Bautista tenía 20 años.

Muchos dicen que era torpe, para no decir estúpido. Sin embargo no puede haber algo mas lejos de la realidad. Su juicio nunca estuvo errado, pero su memoria era pobre. El mismo decía : «Que no podía guardar nada en su mala cabeza».

Al ver que le era tan difícil retener especialmente la gramática del Latín, en un momento de desesperación casi se regresa a su casa, pero felizmente el Padre Balley captó el peligro en el que se hallaba su estudiante, y le pidió hiciese un peregrinaje al Santuario de San Francisco Regis, en Louvesc. El peregrinaje logró un cambio en él , lo que hizo que su progreso fuese por lo menos lo suficiente para salvarlo del sentimiento de desaliento que casi logra apartarlo de sus estudios.

DESERTOR INVOLUNTARIO

El apetito de poder de Napoleón era insaciable. Se había lanzado a la conquista de Europa, lo que provocó que muchos muriesen en su ejército. La falta de soldados lo llevó a reclutar más aun y en el 1806 la clase de Juan Bautista fue llamada a enlistarse. Pasaron dos años, pero en el otoño de 1809, Juan Bautista, a pesar de estar exento por ser seminarista, fue llamado para el ejército. Parece que el nombre de nuestro santo no estaba escrito en las listas oficiales de los estudiantes de la Iglesia que las diócesis proveían a las autoridades. El joven Vianney fue mandado a los regimientos de España. Sus padres trataron de encontrar un substituto y por la suma de 3,000 francos un joven se voluntarizó para ir en su lugar pero se arrepintió al último minuto.

El 26 de Octubre Juan Bautista entró en las barracas de Lyons solo para enfermarse. De aquí lo enviaron al hospital de Roanne donde la enfermera encargada lo ayudó a volver a tener el aspecto de buena salud. Enero 6, 1810, Juan Bautista dejó el hospital, para encontrarse con la noticia de que su compañía se había marchado hacía mucho tiempo. Solo quedaba el tratar de alcanzarles.

El invierno era recio y una fiebre altísima lo atacó lo que provocó que muy pronto no pudiese seguir avanzando. Entrando, en un cobertizo que le dio cobijo, se sentó sobre su bolsa y comenzó a rezar el Rosario. Dijo tiempo después que «Quizás nunca lo recé con tanta confianza». De pronto un extraño se le presentó frente a él y le preguntó: «¿qué estás haciendo aquí?». Juan Bautista le contó lo que le había pasado y desde ese momento el extraño cargó su pesada bolsa y le dijo que le siguiese. Llegaron a la casa de un labrador y allí estuvo por varios días hasta que se le pasó la fiebre. Mientras estaba en cama por primera vez pasó por su mente la realidad de que sin haber sido culpa suya, el era ahora un desertor.

Conocía al Mayor Paul Fayot, quién se dedicaba a esconder desertores y acudió a el, pero no tenía lugar y le recomendó quedarse en la casa de su prima Caludine Fayot, una viuda con cuatro niños. Desde ese momento Vianney adoptó el nombre de Jerome Vincent. Bajo ese nombre llegó hasta abrir una escuela para los niños de la villa.

En el 1810 un decreto imperial concedió amnistía a todos los desertores de los años 1806 a 1810. Juan Bautista estaba cubierto por este decreto así que era libre de regresar a casa y terminar sus estudios. La Divina Providencia y la asistencia de la Virgen lo habían salvado.

Su madre murió poco después de esta feliz reunión. Ahora tenía 24 años y el tiempo apremiaba. El 28 de Mayo de 1811 recibió la tonsura. El Padre Balley, viendo esencial que fuese a tomar estudios regulares lo mandó al Seminario Menor de Verrieres. Aquí el joven Vianney sufrió y tuvo gran faena, pero nunca brilló como un filósofo.

DIFICULTAD CON LOS ESTUDIOS

En Octubre 1813, entró en el Seminario Mayor de Lyons. Su inadecuado conocimiento del latín le hizo imposible captar lo que los profesores decían o responder a las preguntas que le eran hechas. Al final de su primer término le pidieron que se marchara, y su dolor y desaliento eran inmensos. Por algún tiempo pensó en irse a una de tantas congregaciones de hermanos religiosos; sin embargo una vez más el Padre Balley vino en su rescate y sus estudios le fueron dados en privado en Ecculy. Pero no pasó el examen previo a la ordenación. Un examen privado en la rectoría de Ecculy probó ser más satisfactorio y fue tomado como suficiente, siendo juzgadas justamente sus cualidades morales que sobrepasaban cualquier falta académica.

En Agosto 13, 1815, Juan Bautista Vianney fue consagrado al sacerdocio, a esa inefable dignidad de la que tan frecuentemente hablaba diciendo: «El Sacerdote solo será entendido en el cielo»; tenía 29 años de edad.

Su primera Misa la dijo en la capilla de Seminario en Grenoble.

En su regreso a Ecculy la copa de felicidad rebosó cuando se enteró que sería ayudante de su santo amigo y maestro, el Padre Balley. Pero las autoridades diocesanas determinaron que por un tiempo, el que luego pasaría gran parte de su vida en un confesionario, no debía tener las facultades para confesar. Mas tarde, el Padre Balley habló con las autoridades eclesiásticas y el fue su primer penitente.

Su hermana Margarita decía: «él no predicaba muy bien todavía, pero la gente acudía en masa cuando le tocaba a él predicar».

En Diciembre 17, 1817, murió en sus brazos su querido amigo el Padre Balley, a quien lloró como si hubiese sido su padre. El, que era tan desprendido de las cosas materiales, hasta el fin de su vida tendría un pequeño espejo de mano que perteneció a su maestro y padre, porque él decía que «Había reflejado su rostro». Poco tiempo de la muerte del Padre Balley, M. Vianney fue asignado al pueblo de Ars, un pequeño y aislado pueblo donde se pensó que sus limitaciones intelectuales no podrían hacer mucho daño..

PÁRROCO DE ARS: 1818-1859

El pueblecito de Ars se encuentra en una planicie ondulada, que tiene en su centro una pequeña colina donde se encuentra la Iglesia, sirviéndole como de plataforma. En el 1815 consistía de unas 40 casas. Su iglesia estaba extremadamente dañada y de igual condición estaba la rectoría, que se encontraba a un lado del valle.

En los círculos clericales, Ars era mirado como un tipo de Siberia. El distrito era torpe, la desolación espiritual era aún mayor que la material. En los primeros días de Febrero de 1818, que el Abbe Vianney recibió la notificación oficial de su traslado a Ars. El Vicario General le dijo: «No hay mucho amor en esa parroquia, tu le infundirás un poco». El 9 de febrero, M. Vianney se dirigió hacia el lugar que sería por los siguientes 41 años el lugar de su sorprendente y sin precedente actividad. Caminó 38 Km. desde Ecculy hasta Ars. Le seguían en un carretón una cama de madera, un poco de ropa y los libros que le dejó el Padre Balley. Cuando pudo divisar la pequeña villa, hizo un comentario de su pequeñez y al mismo tiempo hizo una profecía: «La parroquia no será capaz de contener a las multitudes que vendrán hacia aquí».

Los habitantes del pueblo en su mayoría buscaban los placeres del mundo y no tenían mucha fe, aunque quedaba un pequeño núcleo de personas que permanecían fervorosas, entre las cuales estaba la señora de la casa más grande de Ars, Mlle. des Garets, quien dividía su tiempo entre la oración y las obras de caridad.

Al llegar, su primera preocupación era la de establecer contacto con su rebaño. Visitó cada casa de la parroquia. En estos primeros días todavía encontraba tiempo para caminar por las praderas, con su breviario (libro de oración) en las manos, y su sombrero de tres esquinas debajo de su brazo, ya que rara vez se lo ponía. Para ganar la amistad de los habitantes les hablaba del estado de las cosechas, del tiempo, de sus familias etc.

Sobre todo el oraba y añadía a la oración las más austeras penitencias. Hizo sus propios instrumentos de penitencia. Su cama era el piso ya que la cama que trajo de Ecculy la regaló.

Pasaría sin comer varios días. Hasta el 1827 no había nadie que hiciese las labores domésticas en la rectoría. Su plato principal eran papas y en ocasiones hervía un huevo. Hubo una ocasión en la que trató de vivir de hierba, pero luego confesó que tal dieta era imposible.

El decía: «El demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de pelo; lo que realmente teme es a la reducción de comida, bebida y sueño».

El Santo Cura gozaba de la belleza de las praderas y los árboles, pero amaba mucho más la belleza de la Casa de Dios y las solemnidades de la Iglesia. Empezó por comprar un altar nuevo, con sus propios ahorros, y el mismo pintó el trabajo de madera con el que las paredes estaban adornadas.

Se hizo el propósito de restaurar y dar mayor esplendor a lo que el llamaba: «Los muebles de la Casa de Dios». Para el Señor compró lo mejor en encajes , telas, tejidos para hacer las vestimentas sacerdotales, que aun se pueden admirar en Ars.

TRABAJO PASTORAL

La secuela más desastrosa de la revolución era la ignorancia religiosa de las personas. El santo cura resolvió hacer todo lo posible para remediar el estado deplorable de los corazones.

Sin embargo sus sermones e instrucciones le costaban un dolor enorme: su memoria no le permitía retener, así que pasaba noches enteras en la pequeña sacristía, en la composición y memorización de sus sermones de Domingo; en muchas ocasiones trabajaba 7 horas corridas en sus sermones.

Un parroquiano le preguntó una vez, porqué cuando predicaba hablaba tan alto y cuando oraba tan bajo, y él le dijo: «Ah, cuando predico le hablo a personas que están aparentemente sordas o dormidas, pero en oración le hablo a Dios que no es sordo» .

Los niños le daban aún más lástima que los adultos y comenzó a agruparlos en la rectoría y luego en la iglesia, tan temprano como las 6 de la mañana, porque en el campo el trabajo se inicia al amanecer. Era bien disciplinado y les demandaba que se supiesen el catecismo palabra por palabra.

En esos días la profanación del Domingo era común y los hombres pasaban la mañana trabajando en el campo y las tardes y noches en los bailes o en las tabernas. San Juan luchó en contra de estos males con gran vehemencia.

«La taberna, declaró el santo en uno de sus sermones, es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar, donde comienzan las peleas y los asesinatos se cometen. En cuanto a los dueños de las tabernas, el demonio no les molesta tanto, sino que los desprecia y les escupe».

Tan grande fue la influencia del Cura de Ars, que llegó una época donde toda taberna de Ars tuvo que cerrar sus puertas por la falta de personas. En tiempos subsecuentes, modestos hoteles se abrieron para acomodar a los extraños, y a estos el Santo Cura no se opuso.

Con mucho más ahínco se propuso eliminar la costumbre de los bailes como distracción, porque bien sabía que eran fuente de caer en pecado grave. Para esto, revivió la costumbre de rezar las Vísperas del Domingo. Era tan estricto en contra de esto que hasta llegaba a negar la absolución a las personas que no desistían de tal costumbre.

Por esta razón se ganó muchos enemigos, que decían grandes calumnias en su contra sin embargo él las tomaba ligeramente y no ponía su corazón en esto.

TRIUNFO

Pasaron dos años cuando llegó la noticia de que M. Vianney sería el Cura de Salles, en Beaujolais. Todo el pueblo de Ars estaba consternado con la noticia. Una señora de Ars, en una carta, habló de estrangular al Vicario General.

Para asegurar su futuro, el pueblo pidió que su villa fuese erigida en parroquia regular y que su párroco fuese el Cura de Ars. El Padre Vianney fue puesto como párroco, ya que hasta ese momento solo había sido capellán (los capellanes son mas faciles de trasladar que los párrocos).

Ese mismo año el Santo Cura de Ars inició los trabajos en la Iglesia. Se construyó una torre, y varias capillas laterales, entre ellas una dedicada a la Santísima Virgen, donde por 40 años todos los sábados diría Misa el santo cura. La Iglesia fue además enriquecida con muchas estatuas y cuadros.

Quería tener buenas escuelas en el pueblo y para comenzar abrió una escuela gratis para niñas a la que llamó «Providencia». Desde 1827 recibió como internas solo a niñas destituidas. Para ellas tenía que encontrar comida y más de una vez intervino el Señor milagrosamente, multiplicando el grano o la harina. Durante 20 años iba todos los días a cenar a esta casa.

Después de 2 años y medio, el Domingo se respetaba como el día del Señor. Todo el pueblo iba a Vísperas. El Cura de Ars amaba las ceremonias de la Iglesia. Personalmente entrenaba a sus servidores del altar. Su fiesta favorita era Corpus Christi. En este día dejaba un poco el confesionario e iba por el pueblo admirando las decoraciones; él mismo llevaba el Santísimo.

El último día de esta fiesta que celebró fue 40 días antes de su muerte y sin el saberlo el mayor del pueblo contrató una banda de música. Al primer sonido de la música se estremeció nuestro santo de alegría, y cuando todo hubo terminado no encontraba palabras suficientes para agradecer este regalo para el Señor.

Su tierno amor por la Virgen Santísima lo movió a consagrar su Parroquia a la Reina del Cielo. Sobre la entrada de la pequeña Iglesia puso una estatua de la Virgen que aún se encuentra en el mismo lugar.

Cuando el Papa Pío IX definió el Dogma de la Inmaculada Concepción, nuestro santo pidió a los habitantes del pueblo que iluminasen sus casas de noche, y las campanas de la iglesia resonaron por horas de horas. Al ver esta luminosidad desde los pueblos cercanos, pensaron que el pueblo estaba en llamas, y acudieron a apagar el supuesto fuego. Hasta el día de hoy existe un sombrero de plata cerca de la estatua de la Virgen donde están escritos los nombres de todos los parroquianos de Ars.

ATACADO POR LAS FUERZAS DEL INFIERNO

Era de esperarse que un triunfo tan grande de la religión así como la santidad del instrumento que Dios usó con este fin, trajese la furia del infierno. Por un periodo de 35 años el santo Cura de Ars fue asaltado y molestado, de una manera física y tangible, por el demonio.

La ocupación ordinaria del demonio, permitida por Dios hacia nosotros, es la tentación. El demonio también puede asechar las almas de diversas maneras.

  1. a) Asedio: acción extraordinaria del demonio, cuando busca aterrorizar por medio de apariciones horribles o por medio de ruidos.
  2. b) La Obsesión: va más allá. Puede ser externa cuando el demonio actúa en los sentidos externos del cuerpo o interna cuando influencia la imaginación o la memoria.
  3. c) Posesión: cuando el demonio toma control de todo el organismo.

El Cura de Ars sufrió de la primera, asedio. Los ataques del demonio comenzaron en el invierno de 1824. Ruidos horribles y gritos estrepitosos se oían fuera de la puerta del presbíterio, viniendo aparentemente del pequeño jardín de enfrente. Al principio el Padre Vianney pensó que eran salteadores que venían a robar, y a la siguiente noche le pidió a un señor que se quedase con él. Después de medianoche se comenzó a escuchar grandes ruidos y golpes contra la puerta de enfrente, parecía como si varios carros pesados estaban siendo llevados por los cuartos. El señor André buscó su pistola, miró por la ventana, pero no vio nada, solo la luz de la luna. Decía: «por 15 minutos la casa retembló y mis piernas también», nunca más quiso quedarse en la casa.

Esto ocurría casi todas las noches. Aún ocurría cuando el santo cura no estaba en el pueblo. Una mañana el demonio incendió su cama. El santo se disponía a revestirse para la Santa Misa cuando se oyó el grito de «fuego, fuego». El solo le dio las llaves del cuarto a aquellos que iban a apagar el fuego. Sabía que el demonio quería parar la Santa Misa y no se lo permitió.

Lo único que dijo fue «El villano, al no poder atrapar al pájaro le prende fuego a su jaula». Hasta el día de hoy los peregrinos pueden ver, sobre la cabecera de la cama, un cuadro con su cristal con las marcas de las llamas de fuego.

El demonio por espacio de horas haría ruidos como de cristal, o silbidos o ruidos de caballo y hasta gritaba debajo de la ventana del santo: «Vianney, Vianney, come papas».

El propósito de todo esto era el de no dejar dormir al Santo Cura para que se cansara y no pudiese estar horas en el confesionario, donde le arrancaba muchas almas de sus garras. Pero para el 1845 estos ataques cesaron casi por completo. La constancia de nuestro santo ante estas pruebas fue recompensada por el Señor con un poder extraordinario que le concedió de expulsar demonios de las personas poseídas.

El santo sacerdote se puede decir que pasó su vida en una continua batalla con el pecado a través de su trabajo en el confesionario. El gran milagro de Ars era el confesionario.

Miles de personas acudían al pueblo de Ars para ver al Santo Cura, pero especialmente para confesarse con él.

PEREGRINACIONES A ARS

La afluencia de peregrinos se inició en el año 1827. A partir del 1828 el Santo Cura no podía irse ni siquiera por un día.

Sin embargo, no fue exento de críticas y su práctica y amor por los pobres se le atribuyó a avaricia. Algunos críticos decían que podían ver en él rasgos de hipocresía o un deseo secreto de sobresalir. Su mansedumbre y humildad terminaron por vencer sobre sus críticos.

En una ocasión cuando su competencia profesional fue puesta en duda por algunos de sus hermanos sacerdotes, el obispo de la diócesis mandó a su Vicario General para que averiguase y diese un reporte sobre el asunto. El reporte recibido por el obispo fue más que favorable. Aquello sirvió para que quedase constancia de su vida. Se puede decir que el confesionario era su morada habitual, pasaba de 11 a 12 horas en el confesionario.

El cúlmen de los peregrinajes se alcanzó en 1845, llegaban de 300 a 400 visitantes todos los días. En el último año de la vida del Santo Cura el número de peregrinos alcanzó el asombroso número de 100 a 120 mil personas.

Ningún ministerio sacerdotal es tan agotador para la carne y el espíritu como el estar sentado en el confesionario.

Solo Dios sabe los milagros de gracia ocurridos en ese confesionario, que hasta hoy se mantiene en pie, en el mismo lugar dónde el lo puso, en la capilla de Santa Catalina, o en la sacristía donde usualmente escuchaba las confesiones. En su manera de lidiar con las almas era infinitamente gentil y al mismo tiempo decía la verdad que el alma necesitaba escuchar para su bien. Sus exhortaciones eran breves y dirigidas al punto necesario.

El cura de Ars tenía también el don de profecía. En mayo 14 de 1854, el Obispo de Ullathorne llamó a nuestro santo y le pidió que orase por Inglaterra. El Obispo de Birmingham cuenta que el hombre de Dios dijo, con convicción extraordinaria: «Monseigneur, creo que la Iglesia en Inglaterra será restaurada a su esplendor».

También tenía una gran devoción a Santa Filomena. La llamaba «mi agente con Dios». Le construyó una capilla en su honor y también un santuario. (Vea su conección con las apariciones de La Salette>>>)

En una ocasión cayó tan enfermo, que parecía ser su final y prometió a la santa ofrecer 100 misas en su honor en su santuario. Cuando la primera Misa estaba siendo ofrecida, entró en éxtasis, durante el cual se le escuchaba murmurar: «Filomena», repetidas veces. Cuando salió de su éxtasis exclamó: «estoy sanado», y le atribuyó su sanación a Santa Filomena.

HUIDA DE ARS

Una tentación le persiguió casi por toda su vida en Ars, y esta era el deseo de la soledad. Con toda sinceridad, M. Vianney se sentía incapaz para su oficio en Ars. El año anterior a su muerte le dijo a un misionero: «Tú no sabes lo que es pasar del cura de almas al tribunal de Dios». En el 1851 le rogó a su obispo que lo dejase renunciar. En tres ocasiones llegó hasta irse del pueblo, pero siempre regresó.

CONSUMACIÓN

Pasaron 41 años desde el primer día en el que el Cura llegó a Ars, fueron años de actividad indescriptible. Después de 1858 decía con frecuencia: «Ya nos vamos; debemos morir; y muy pronto». No cabe duda de que él sabía que su fin estaba cerca. En Julio de 1859, una señora muy devota de San Etienne vino para confesarse. Cuando se despedía de él le dijo: «Nos veremos de nuevo en tres semanas», ambos murieron en ese tiempo, y se encontraron en un mundo mucho más feliz.

El mes de Julio de 1859 fue extremadamente caluroso, los peregrinos se desmayaban en grandes cantidades, pero el santo permanecía en el confesionario. El viernes 29 de Julio, fue el último en el que apareció en la iglesia. Esa mañana entró en el confesionario como a la 1:00 a.m. Pero después de haberse desmayado en varias ocasiones, le pidieron que descansara. A la 11:00 dio catecismo por última vez. Esa noche con mucha dificultad pudo arrastrarse hasta su cuarto. Uno de los Hermanos Cristianos le ayudó a subirse a su cama, pero el santo le pidió que le dejase solo.

Una hora después de medianoche, aproximadamente, pidió ayuda: «Es mi pobre fin, llamen a mi confesor». La enfermedad progresó rápidamente. En la tarde del 2 de Agosto recibió los últimos sacramentos: «Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia El, El viene a nosotros» .

Veinte sacerdotes con velas encendidas escoltaron al Santísimo Sacramento, pero el calor era tan sofocante que tuvieron que apagarlas. Con lágrimas en los ojos dijo: «Oh, que triste es recibir la Comunión por última vez».

En la noche del 3 de Agosto llegó su obispo. El santo lo reconoció pero no pudo decir palabra alguna. Hacia la medianoche el fin era inminente. A las 2:00 a.m. del Sábado 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M.Monnin leía estas palabras: «Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial», el Cura de Ars encomendó su alma a Dios.

Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia de Ars

El 8 de Enero de 1905, el Papa Pío X, Beatificó al Cura de Ars; y en la fiesta de Pentecostés, 31 de Mayo de 1925, en presencia de una gran multitud, el Papa Pío XI pronunció la solemne sentencia: «Nosotros declaramos a Juan María Bautista Vianney que sea santo y sea inscrito en el catálogo de los santos».

(Fuente: corazones.org)

Oración a San Juan María Vianney, Cura de Ars

«TE AMO, OH MI DIOS»
Autor: San Juan María Vianney

Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.

APUNTES PARA LA ORACIÓN : LAS PARÁBOLAS

El Papa Francisco ha querido que 2024 sea un año dedicado a la Oración para la preparación del Jubileo de 2025. Este año comenzó el pasado 21 de enero, domingo de la Palabra de Dios. Según señaló, “me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo”. Las diócesis, las congregaciones religiosas y todas las instituciones de la Iglesia están invitadas a promover la centralidad de la oración individual y comunitaria.

El Dicasterio para la Nueva evangelización junto a la Conferencia Episcopal Española y la editorial BAC ofrecen para potenciar la experiencia de la oración los Apuntes sobre la oración. Ocho cuadernos que se publicarán cada mes junto con material preparado para su utilización y su difusión.

En el mes de Julio el cuaderno se ocupa de “las parábolas en la oración”.

    ¡Jesús enseñó a orar orando! Es el núcleo esencial de su enseñanza sobre la oración. Con las parábolas sobre la oración Jesús muestra cinco aspectos esenciales en la oración del cristiano.

    En la parábola del amigo inoportuno que pide pan para una visita, Jesús enseña a pasar de una oración dictada por la urgencia o la necesidad a una generada por el Espíritu Santo. Con el Espíritu, el Padre da a cada discípulo lo que es necesario para él. La oración es como el pan necesario entregado por el Padre a sus propios hijos.

    En la del Hijo pródigo, Jesús enseña que Dios es siempre un padre que busca a sus hijos. Con su misericordia repara la dignidad del hijo pequeño, y al hijo mayor le restablece en su fraternidad. No podemos invocar a Dios como padre si no reconocemos en el otro a nuestro hermano.

    En la parábola de la viuda y del juez descreído Jesús nos muestra que la petición de no caer en la tentación está ilustrada por la fe perseverante o constante de la viuda. En las dificultades, la tentación de la fe nos obliga a la perseverancia en la oración.

    La parábola del fariseo y del publicano en el templo compara dos tipos de oración. Por una parte, la oración arrogante y narcisista en exceso del fariseo; por la otra, la oración humilde del publicano. La inflexión de la situación demuestra que Dios justifica o santifica al publicano y no al fariseo.

    Por último, la breve e incisiva parábola de la higuera que florece cierra las parábolas sobre la oración. La oración llega a su plena maduración cuando por medio de la vigilancia permite al discípulo reconocer los signos de los tiempos o del reino de Dios que se acerca.

    La oración es más necesaria que nunca. Por eso, no es casual que en esta última parábola se insista en la vigilancia abierta a la esperanza, en vistas al encuentro con el Señor.

Jesús de Nazaret fue un hombre de oración. Es uno de los innegables datos históricos sobre su vida terrena. A primera vista, su insistencia en la oración parece innecesario: ¿qué necesidad tiene el Hijo de Dios de orar tanto? ¿acaso no conocía la voluntad del Padre celestial? Su oración es conversación de amor con el Padre, especialmente en los momentos de humana dificultad como en el huerto de los olivos o en el Gólgota. Son los momentos del sacrificio, que convierten lo humano en algo sagrado que se ofrece al Padre.

Es la oración por excelencia. Antes de Jesús, los fariseos y también Juan el Bautista enseñaban a sus discípulos a orar. Los principales lugares para la oración eran el templo, en Jerusalén y la sinagoga. El primero era considerado uno de los pilares de la piedad del pueblo judío y a él había que acudir al menos una vez al año. Las sinagogas, esparcidas por los pueblos de Palestina, permitían proseguir la oración y eran el lugar para conocer la Escritura y orar en asamblea.

Jesús, por su parte, oraba en cualquier lugar: en el desierto, en lugares solitarios, en la montaña. Su lugar especial para la oración era el monte de los olivos. Jesús nunca desacredita el templo o la sinagoga y acudía allí para su oración, pero cualquier lugar se convierte para él en ocasión de relacionarse con el Padre.

También Jesús tenía su modo especial de orar que suscitaba en quienes le seguían el deseo de aprender a orar y así se lo piden al maestro. Con Jesús, en cuanto al lugar y al contenido y al modo, la oración se hace cotidiana, normal y constante, como el pan de cada día, como la respiración del alma. Jesús no inventó un sistema nuevo para orar, más bien eligió la vida cotidiana de su pueblo para enseñar a orar con las parábolas. De hecho, el recurso a las parábolas caracteriza de manera especial la enseñanza de Jesús sobre la oración.

El testigo de esa enseñanza es el evangelista Lucas, quien se hace eco frecuente de la oración y de las parábolas de Jesús. Las parábolas del amigo inoportuno, de la viuda perseverante ante el juez incrédulo, del fariseo y el publicano en el templo, de la higuera y el reino de Dios, son cauces claros para explicar el modo de hacer de la oración cristiana. También la parábola del Padre misericordioso nos revela cuál es la actitud del Padre ante la oración de su hijo: el deseo de encuentro, de salir al paso, de acoger siempre, sea cual sea la necesidad de su hijo.

Una relación especial se produce entre la oración explícita que Jesús enseña a sus discípulos, el Padrenuestro, y las parábolas propias de Lucas sobre la oración. Jesús ilustró el Padrenuestro con las parábolas y éstas remitían continuamente al Padrenuestro. Es tan determinante ese ir y venir entre ambos que, de hecho, el modo más apropiado de recitar y explicar el padrenuestro se explica en las parábolas.

La primera parábola de Jesús sobre la oración es la del amigo inoportuno. En una situación de emergencia, un hombre acude a su amigo para pedirle pan para ofrecer a otro amigo que ha llegado de improviso. En aquel contexto la hospitalidad es sagrada, no se puede renunciar a dar lo que se tiene y cuando no se tiene nada se acude al amigo. Nos dirigimos al Padre cuando lo necesitamos y Él es consciente de que funcionamos asi: cuando hay necesidad hay oración, cuando pasa la necesidad, la oración se olvida.

Esta parábola nos enseña a pasar de la oración por necesidad a la oración persistente, constante. Se pide al amigo el pan cotidiano, por eso la oración no puede ser improvisada o de emergencia, debe ser habitual, confiada, constante. No faltan situaciones de emergencia, sin embargo, se nos prepara en que la paternidad de Dios se extiende a cada momento, a cualquier tiempo, a cualquier necesidad, urgente o habitual.

La parábola del Hijo pródigo, llamada también del Padre misericordioso, enseña aspectos esenciales para la oración de los cristianos. En esta ocasión se pone el foco en los dos hermanos, el que marchó de casa y el que se quedó con el Padre. El ejemplo de que se marcha nos enseña mucho sobre la paternidad de Dios que nos devuelve siempre la dignidad perdida por el pecado. Esa dignidad y santidad se hace visible en el recibimiento con que es acogido: le visten, le ponen el anillo y las sandalias y le hacen una fiesta a la que se invita a todo el mundo. Se hace visible que ese hijo, más que por la bondad de sus acciones, es revestido y elegido por la santidad de Dios.

Sobre el segundo hermano se aprecia cómo le falta algo esencial: reconocer que la paternidad de Dios vale tanto para él como para su hermano. Por eso, él nunca llama al padre, Padre. Su oración se transforma en exigencia, en reivindicación de derechos. Sin embargo, el Padre, que no niega los derechos adquiridos por el primogénito, le pide ir más allá: reconocer al hermano que ha vuelvo a la vida.

La tercera enseñanza sobre la oración en las parábolas de Jesús la encontramos en la parábola de la viuda y el juez. Jesús la narra en el contexto de la llegada a Jerusalén en donde habla de la necesidad de orar sin descanso. La viuda, la persona más indefensa en el tiempo de Jesús, se enfrenta al juez, una persona bien poderosa en aquel tiempo. Pide que le haga justicia, que suele ser un motivo habitual para la oración. En este caso, la justicia no es tanto darle lo que le corresponde sino atender el derecho de una persona débil. El juez no la atiende, pero su constancia mueve su ánimo y termina haciéndole justicia. En la oración se experimenta la proximidad de Dios, que no se pone de parte del juez sino de la viuda. Es un ejemplo concreto de una norma general: cuando oramos, Dios es tan próximo a nosotros que conoce la realidad y nunca se pone de lado del fuerte, sino siempre del débil.

La cuarta parábola a través de la que Jesús enseña a rezar es la del fariseo y el publicano: Aquellos dos hombres que subieron al templo a orar. El fariseo, convencido de su pureza y de su bondad que da gracias a Dios por lo que él sólo ha conseguido ser. El publicano, convencido de su pecado, que pide la ayuda de Dios para alcanzar la meta. Sólo este segundo volvió a su casa justificado. Dios santifica al pecador que reconoce su culpa, mientras que quien no necesita ser santificado ya es pecador. El riesgo de la idolatría se ve en la oración del fariseo: su oración está atravesada por un ego que no deja espacio a Dios.

Esta parábola enseña que sólo Dios conoce y lee el corazón humano: valora la sinceridad y el arrepentimiento con el que el hombre se pone en su presencia. Se abre una ventana a la misericordia infinita de Dios que busca un corazón humillado y arrepentido, no un hombre inflexible y prepotente. La humildad es la clave de la oración confiada y fructífera, como la de María que reconoce el actuar inesperado de Dios que dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

La última parábola que enseña rasgos de la oración de Jesús es la de la higuera que, a través de sus brotes, como todos los árboles, hace ver que el verano está cerca. Jesús exhorta a sus discípulos a estar “despiertos en la oración” para tomar conciencia de que el Reino de Dios se está acercando y sus signos son visibles en nuestro tiempo. Se nos pide estar atentos a los signos de los tiempos que dan a entender la llegada del reino. Jesús ya ha contado en otras ocasiones como el reino de Dios va creciendo sin que mucha gente se da cuenta, es como la levadura en la masa o el grano de mostaza. De hecho, para reconocer el Reino es necesario mirar más allá de lo visible.

Además, en el contexto de la parábola de la higuera, entre una estación y otra, Jesús exhorta a sus discípulos a vigilar orando en cada momento. Cuando se deja la oración llega la tristeza o la falta de ánimo para seguir. Si se elige velar, está en condición de reconocer los signos de los tiempos que entrevé en lo creado y en la sociedad en la que vive, la presencia de Dios.

Lo hemos visto en todas estas parábolas: Jesús enseñó a orar, orando. Es el núcleo esencial de su enseñanza sobre la oración. El padrenuestro es el manifiesto de la oración para todo discípulo y esa oración se hace visible en las parábolas en las que Jesús enseña a rezar.