EL PAPA EN MADRID: SANTA MISA; PROCESION Y BENDICION EUCARISTICA EN EL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Eminencias y Excelencias Reverendísimas, queridos presbíteros, religiosos, religiosas, Majestades, hermanos y hermanas:

Con el corazón colmado de alegría, al inicio de este Viaje a España, presido esta Celebración en el día de la Solemnidad del Corpus Christi.

Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos, está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.

Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios. Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.

Así, si en la Celebración eucarística Cristo se entrega como alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad.

No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo.

Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro. En esta perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que hemos escuchado en la primera lectura: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías hambre, te alimentó con el maná. Se trata de “recordar” precisamente para no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia.

Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratitud del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común.

Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día. Quisiera recordar también los versos poéticos de san Juan de la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche» (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe). En la prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado en condiciones durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se agota. Jesús Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida” fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con poder exterior, sin presentarse de modo espectacular (cf. ibíd.).

Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos.

Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan partido, entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para vosotros, para vuestras familias y para vuestro país.

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EL PAPA EN MADRID: VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES

(1) Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano?

(2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?

Bueno, en primer lugar: ¡un saludo a todos vosotros! Gracias por estar aquí y gracias por compartir la fe con toda Madrid y con toda España. Para la primera pregunta sobre algunos santos que han sido para mí referentes durante mi crecimiento y mi juventud, pero también como obispo y como Papa… Ya han mencionado a san Agustín —y sabemos todos que san Agustín es una figura muy importante para toda la Iglesia—, pero también he pensado en uno de los Padres de la Iglesia oriental que se llamaba san Juan Crisóstomo, su nombre significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció porque tenía una elocuencia muy hermosa. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, él estudiaba filosofía. Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y luego, como obispo. Y aquí aprovecho para decir a todos vosotros: ¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia! Pues Juan Crisóstomo, que llevaba en su corazón este amor por la Palabra de Dios, después de ser sacerdote y obispo, dio un testimonio muy grande, sobre todo con la coherencia de su vida. Si predicaba, era porque vivía ese mensaje. A mí personalmente me han impresionado especialmente sus catequesis, sus sermones, sus homilías y sus escritos que unen el amor por la verdad y la rectitud de su vida. Pero también tenía mucha valentía. No tenía miedo de hablar delante del Emperador, de decir cosas que eran a favor de la justicia y no sólo para complacer al otro. Era un hombre de palabra.

Otro santo que he pensado es santo Tomás de Villanueva, agustino, que fue llamado a convertirse, también, en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Luego fue nombrado obispo de Valencia y emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la vida de castidad y en la obediencia. Por su ardiente caridad es conocido hasta hoy como “el Obispo de los pobres”. Pues esta caridad me ha alentado en los momentos de prueba y en los momentos de servicio.

Otro compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.

Pues, en cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y luego como obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y también con las alegrías del pueblo me hizo crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, transformado por la vida y la fe de estos pueblos, muchas veces materialmente muy pobres, pero ricos en la fe. Y experimentando esta fe en la palabra del Señor, he visto cómo la Palabra de Dios puede convertir el conflicto en paz. Puede ser fuente de reconciliación, de paz y de justicia.

(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?

(4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?

Primero, podemos hablar de cómo escuchar esta voz de Dios, cómo discernir si es verdaderamente Dios quien esta hablando u otra cosa, otra atracción, otra dificultad.

Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, ahí creo que es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Muchas veces vamos con audífonos, vamos con la música, vamos con la distracción y no sabemos estar en silencio. Creo que muchas veces es precisamente en esta experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. Aquí también quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. ¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!

En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien tu voz, vuestra voz: Él os escucha y os responderá. No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón. Hay un Salmo que dice: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.

En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar la Palabra. La Palabra de Dios está viva, porque es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. También la adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para toda la humanidad.

Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, todos somos discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio. En esto es importante ver que nadie esta solo creyendo en Jesús. ¡Mirad cuántos estáis aquí! Y así también, en comunidad, en los grupos de jóvenes, en la familia, podemos todos aprender lo que es la belleza de nuestra fe. Pues compartiendo vuestro camino espiritual la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores, como amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo. ¡Buscad todos en vuestros corazones este fuego del amor de Dios! Pues ahí está la presencia de Jesús, y la presencia cercana de Jesús se percibe incluso en los momentos de nuestras caídas, porque Jesús no nos abandona. También cuando nos convertimos en mano tendida, abrazo fraterno, cuando buscamos oportunidades para servir a los demás y cuando buscamos cómo tocar la vida del otro con sus heridas, en su tristeza, en sus dificultades. Ahí la fe en Jesucristo se hace viva, y ahí es donde Jesús nos ayudará a sostenernos mutuamente en el camino.

5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad?

6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?

Bueno, ¡felicidades por tu matrimonio Fernando! Aquí también he visto a otras parejas que se van a casar: ¡Felicidades y bendiciones! Porque, si antes dije “no tengáis miedo de pensar en una vocación”, el matrimonio también es una vocación ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!

A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Hay un texto antiguo, se llama la Carta a Diogneto, que nos ofrece al respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf. Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales, 29 julio 2025).

Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.

Y entonces, quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor! Muchas gracias.

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EL PAPA EN MADRID: VISITA A LOS OPERADORES Y ASISTIDOS DEL PROYECTO SOCIAL “CEDIA 24 HORAS”

 Eminencia, Excelencias, Queridos hermanos y hermanas:

Sinceramente estoy muy contento de comenzar aquí mi visita a Madrid. Como ha dicho Su Eminencia, quien está en Madrid, es de Madrid. Y por tanto yo también estoy entre vosotros como un madrileño más: gracias, Madrid, por esta bienvenida. Una bienvenida que me hace sentir parte de una gran y maravillosa familia en la que, como en todas las familias, ocurren milagros de amor. En particular en esta casa, donde nadie se queda solo.

Aquí, la alegría y el dolor de cada uno son la alegría y el dolor de todos y, al escucharnos mutuamente, afrontamos juntos los retos, sin ignorar la complejidad de las situaciones y, al mismo tiempo, sin dejar de lado las exigencias de la caridad y de la justicia, «en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo» (Deus caritas est, 27). Así el CEDIA recorre el camino del Evangelio, siguiendo las huellas de Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre no sólo para sanar nuestras enfermedades y miserias, sino para hacerlas suyas —excepto el pecado—, viviendo como uno de nosotros en la debilidad e identificándose con toda persona que sufre, hasta el punto de decirnos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

En este sentido podemos interpretar las palabras que acabamos de escuchar en el canto: «En cada sueño te busqué, y ninguno fue en balde». Ellas sintetizan muy bien los testimonios que hemos escuchado y el trabajo que se lleva a cabo aquí cada día.

En efecto, gracias a un sueño y a una pequeña puerta abierta —pequeña en tamaño, pero inmensa en misericordia, como ha dicho Su Eminencia—, Niurka les ha dado a Ares y Atenea la vida, su amor de madre, la gracia del Bautismo y la promesa de un futuro feliz.

Gracias a un sueño y a esa misma pequeña puerta, Khadri ha atravesado el oscuro túnel de la pandemia y un viaje lleno de incógnitas. Con la ayuda de quienes le tendieron la mano, demostrándole que lo apreciaban y creían en él, ha encontrado un trabajo y, sobre todo, ha recuperado las ganas no sólo de seguir adelante, sino también de servir a su vez de apoyo a otros, tal y como otros lo han apoyado a él.

Gracias también a un sueño y a esa misma pequeña puerta, cada día Alicia y los demás voluntarios del Proyecto Esperanza ayudan a tantas mujeres a recuperar la dignidad, la autonomía, la esperanza y el respeto por el valor sagrado de su persona, y a iniciar una nueva vida.

También los símbolos que me habéis regalado son un mensaje para todos: la cinta con los nombres de los niños expresa la alegría que cada nacimiento trae al mundo; el permiso de residencia cuenta una historia de esfuerzo, pero sobre todo de compromiso, honestidad y acogida; las sandalias, que recuerdan el encuentro de Moisés con Dios en el Horeb (cf. Éx 3,1-6), evoca la “tierra sagrada” que estamos obligados a respetar en toda existencia humana.

Por eso os doy las gracias de corazón a todos vosotros por haber compartido experiencias dolorosas, pero sobre todo llenas de luz, que reflejan, como espejos, la caridad de Dios.

Vuestros testimonios nos abren una ventana a un panorama inmenso, poblado por un sinfín de madres como Niurka, de niños y niñas, de mujeres y hombres, de voluntarios y voluntarias: tantas personas, tantos hermanos y hermanas, tantas historias, tan numerosas que, como dice san Juan: «Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribirse» (Jn 21,25). Y la comparación con el Evangelio no es forzada, porque en estas historias continúan las «cosas [que] hizo Jesús» (ibíd.) a quien se refiere el Evangelista.

El Arzobispo, en su intervención, ha evocado el camino que desde Belén lleva al Paraíso. Madrid es también famosa por los belenes que la adornan en la época de Navidad. Su belleza, sin embargo, es sólo una pálida expresión de una maravilla aún más grande y profunda, que hoy encontramos aquí. Las luces, las voces y los sonidos que durante las fiestas navideñas nos llegan al corazón y nos humedecen los ojos, en realidad los llevamos dentro, con nosotros y entre nosotros durante todo el año, y hoy están más vivos y encendidos que nunca en estos espacios, alrededor de este “belén” sencillo y acogedor que, con la ayuda de Dios, vosotros seguís preparando día a día —es más, literalmente día y noche— para Jesús, presente en las personas que se asoman al umbral del Centro en busca de ayuda.

Como lema para esta visita se han elegido las palabras de Jesús a sus discípulos: «Alzad la mirada» (Jn 4,35).

Son una invitación a contemplar los campos que, maduros, esperan la cosecha, y nos recuerdan que la caridad no admite demoras. Si no se cosecha cuando el trigo está maduro, la cosecha se pierde, y esta es nuestra responsabilidad ante quienes están necesitados: una responsabilidad que consagra cada encuentro con el otro como un kairós, un momento de gracia único e irrepetible para amar, que no hay que perder ni posponer. El amor de Cristo nos empuja hacia los hermanos (cf. 2 Co 5,14) y la caridad y la solicitud con que respondemos a sus impulsos son la prueba de nuestra fe.

Si lo pensamos bien, en realidad, «también los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico» (Dilexi te, 15).

Las palabras de Jesús son también una invitación a cultivar un corazón sensible ante las necesidades de los demás (cf. Sal 112,1-9), manteniendo vivo en nosotros el deseo del bien que Dios ha puesto en nuestra propia humanidad y que la fe libera y fortalece. El Papa Francisco decía al respecto: «Frente al misterio de la vida personal y a los desafíos de la sociedad, el que cree exulta, tiene una pasión, un sueño que cultivar, un interés que impulsa a comprometerse en primera persona» (Homilía, Marsella, 23 septiembre 2023), y advertía sobre el peligro de un «corazón aburrido, frío, acomodado a una vida tranquila, que se blinda en la indiferencia y se vuelve impermeable, que se endurece» (ibíd.). Un corazón vivo es cálido y palpitante, y da vida. Un corazón frío está inmóvil, ya no bombea sangre, y provoca la muerte de la persona.

Pero quisiera subrayar un último aspecto de la invitación del Señor: en efecto, es también una llamada a mirar a los que sufren a los ojos y a hacer de la ayuda ante todo un encuentro de hermanos unidos en el único abrazo del Padre. También sobre esto el Papa Francisco insistió mucho. Solicitaba: «Cuando tú das limosna, ¿miras a los ojos del mendigo? ¿Le tocas la mano para sentir su carne?» (Ángelus, 27 octubre 2024) y concluía: «La limosna no es beneficencia. El que recibe más gracia de la limosna es el que la da, porque se hace mirar por los ojos del Señor» (ibíd.). Los que aman de verdad «no se limitan a dar algo; escuchan, dialogan, intentan comprender la situación y sus causas […]. Están atentos a las necesidades materiales y también espirituales, a la promoción integral de la persona» (Mensaje para la VII Jornada Mundial de los Pobres, 13 junio 2023, 5).

Y podríamos concluir mirando a María, en cuya caridad todo esto encuentra cumplimiento: en su amor solícito en Caná (cf. Jn 2,1-11), anhelante tras los pasos de su Hijo (cf. Lc 2,41-49; 8,19-21), cercano y partícipe hasta el final al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27). A Ella os confío a cada uno de vosotros y vuestro trabajo, en esta tierra que le está consagrada, deseando que el espíritu de su maternidad universal anime cada vez más el grito de la fe. A Ella digámosle: «Enséñanos a verte siempre Madre, manantial de misericordia, regazo de perdón, abrazo de la esperanza, puerta de la Gloria» (Oración de san Juan Pablo II a la Almudena, 15 junio 1993).

Gracias.

Bien, antes de dar la bendición, vamos a rezar la oración que Jesucristo nos enseñó.

Padre Nuestro

Bendición Apostólica

Felicidades a todos, muchas gracias por este testimonio de amor.

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Palabras del Santo Padre en la Parroquia de la Crucifixión del Señor

Muchas gracias, es un gusto estar aquí. Estoy muy contento de esta primera visita en la Archidiócesis de Madrid; de empezar también en una parroquia que se llama Crucifixión, que es señal no de muerte sino de esperanza, de nueva vida, de resurrección y de la salvación que Jesús ofrece a todos nosotros.

Agradezco muchísimo a todas las asociaciones representadas aquí, gracias por este hermoso servicio que hacéis, porque este es el signo de la esperanza en el mundo de hoy. Es el Evangelio vivo que todos queremos ver, todos queremos sentir, experimentar, pero que muchas veces es perdido u olvidado por la gran indiferencia que afecta a nuestra sociedad.

Vosotros tenéis en vuestras manos esa gran posibilidad de ofrecer esperanza: a nosotros y a todo el mundo, y gracias por eso. Gracias por los sacrificios, gracias por decir “sí” a Jesús Crucificado, gracias por abrazar la Cruz para así llegar ustedes, nosotros y todos, caminando juntos a la esperanza y a la alegría de la Resurrección.

Muchas gracias.

Estando en la Iglesia —no hay mejor lugar para rezar— aunque en casa también lo podemos hacer —evidentemente— pero unidos así, como una gran comunidad de vida y de fe, recemos juntos como Jesús nos enseñó.

Padrenuestro

Bendición Apostólica

Muchas gracias, felicidades, gracias por este hermoso servicio.

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EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO

Majestades, Altezas Reales, distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático, señoras y señores:

Doy gracias al Señor por este encuentro y expreso mi agradecimiento por la invitación a realizar este viaje apostólico a España: un itinerario en varias etapas, cada una de las cuales revelará algún aspecto de la riqueza multifacética de un gran país que, desde hace casi dos milenios, ha acogido la Palabra del Evangelio. La tradición siempre ha vinculado la primera evangelización de la Península ibérica a la predicación del apóstol Santiago el Mayor. Este vínculo reviste una importancia teológica considerable, porque expresa la conciencia de la Iglesia local de estar en continuidad con la misión apostólica nacida en Pentecostés. El vínculo antiquísimo entre la fe cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota la multiforme identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente su cultura y representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos. Pienso en las expresiones de la fe popular que, en cada ciudad y pueblo, representan una auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo del año y en los diversos contextos de la vida. Junto con el patrimonio artístico y musical, con las múltiples cofradías y asociaciones de carácter caritativo, dan testimonio del fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo. ¡Es un pueblo lleno de pasión, que ama la vida y lo manifiesta!

Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación. De hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, existe, en efecto, «una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma» (Evangelii gaudium, 231). De hecho —concluía—, «la realidad es superior a la idea» (ibíd.). La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental.

A este respecto, quisiera referirme a dos figuras de este país que, desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles. Se trata de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que se hicieron amigos en la pasión por el Misterio divino. La suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad. En particular, al interpretar las transformaciones y soportar las tensiones que hacen tan oscura nuestra época, nos ayuda el tema de la noche, tan querido por san Juan de la Cruz, cuyo Año Jubilar estamos celebrando. En su sed de luz, paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad —«noche dichosa» (Noche oscura, 3)— como el tiempo en que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer. También hoy lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo, casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que —si confiamos y encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma: «¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!» (ibíd., 5).

Nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la civilización del amor (cf. Magnifica humanitas, 186).

Santa Teresa describe este mismo itinerario con la imagen del castillo interior. Avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo —es decir, cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad—, el espacio se amplía, la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar. No se trata de una huida intimista, sino de una apertura radical al totus Alius et semper Novus, que se realiza cuando volvemos a nosotros mismos. Esta dimensión del ser humano es la razón por la que hay que proteger la libertad religiosa y de conciencia.

Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia. Y, sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad se han visto impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad que aprendemos a ser libres.

La Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano. No de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy está dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz.

Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad. Veo aquí una vocación específica de Europa, de la que España es protagonista original y fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo si quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene un futuro y una misión que aún interpelan. Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus espaldas. Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse.

Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil como semillero de participación y mediación cultural. La seguridad, que con demasiada frecuencia nos ilusionamos que provenga de las armas y los muros, madura más bien al aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos, codo con codo. Vuestra propia historia lo atestigua. La presencia del islam en la Península ibérica, por ejemplo, constituyó una realidad política, cultural y religiosa de larga duración. Durante ese periodo no sólo hubo confrontación, sino que se intentó crear un espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos. En la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, expertos pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico patrimonio árabe, griego y hebreo, contribuyendo a la difusión de textos como, entre otros, los de los filósofos Averroes (1126-1198) y Maimónides (1138-1204). En particular, ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes. Pero esta es la verdad que cuentan las ciudades europeas, su estratificación histórica, el tejido de solidaridad que a lo largo de los siglos ha conformado sus diferencias, transformando los inevitables conflictos en puntos de partida.

Como nos enseñó otro noble hijo de esta tierra, en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo: Ignacio de Loyola tuvo esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos. Comprendió que el bien al que se sentía atraído no era utópico, y entonces su crisis se transformó en gracia. Lo mismo puede suceder con las “novedades” que nos inquietan hoy y sobre las que nuestras sensibilidades están divididas. «Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz» (Magnifica humanitas, 14).

Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, expreso mi agradecimiento a vuestro país por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos. Al mismo tiempo, animo a cultivar también en su interior el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana.

¡Que Dios bendiga a España!

Fuente: LA SANTA SEDE

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

 

“Luces de situación” para estar en buena posición

 

Luces de situación para estar en buena posición…

sin correr riesgos innecesarios

en un mundo en el que el “malestar social”,

el individualismo, la inseguridad,

la crisis de la democracia,

la incertidumbre ante el futuro,

la desconfianza y el miedo

avanzan a toda velocidad

haciendo que la “siniestralidad existencial”

aumente de año en año.

Luces de situación para estar en buena posición…

cuando “paremos”, que deberíamos parar más,

a tomar café con los amigos, sin prisa, pero sin pausa;

a relajar la tensión del tráfico interior y exterior

que altera los nervios y acelera el ritmo cardiaco;

a reflexionar sobre lo divino y lo humano,

que ambos nos atañen a todos,

porque no sólo de pan y “circo” vivimos las personas,

aunque en muchos lugares hay mucho circo y poco pan.

Luces de situación para estar en buena posición…

y podernos “identificar” a nosotros mismos

porque con tanto tránsito como hay dentro y fuera de nosotros

es muy fácil desubicarse y no saber dónde estamos exactamente,

y aunque parece que sabemos todo,

estamos en una burbuja de “ignorancia programada”

y de “individualismo” que contempla, por encima de todo,

el “bienestar” de uno mismo

al margen del sufrimiento de los demás

y de la comunidad donde nos interrelacionamos y convivimos.

Luces de situación para estar en una buena posición…

luces blancas por delante y rojas por detrás

para que los demás nos “identifiquen” y nos “respeten”,

y a la inversa, también nosotros “identifiquemos”

y “respetemos” a los demás,

aceptando las mutuas diferencias ideológicas,

culturales y religiosas

para poder vivir en paz y democráticamente,

en comunidad y en fraternidad.

Luces de situación para estar en buena posición…

pero no para quedarse “quieto parao”,

sino para ponernos en marcha y seguir nuestro camino,

con los intermitentes, a la derecha o a la izquierda,

según la dirección que queramos tomar,

superando los límites sociales, étnicos, religiosos y políticos,

como Jesús en sus encuentros

con la mujer cananea (Mt 15,21) y con la samaritana (Jn 4,1).

“Felices los que se conducen sin tacha

y siguen las enseñanzas del Señor

Felices los que cumplen sus mandatos

y le buscan de todo corazón” (Sal 119,1).

Julián del Olmo

Domingo, 31 de mayo de 2026

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN EFRÉN DE SIRIA

San Efrén alcanzó gran fama como maestro, orador, poeta, comentarista y defensor de la fe. Es el único de los Padres sirios a quien se honra como Doctor de la Iglesia Universal, desde 1920. En Siria, tanto los católicos como los separados de la Iglesia lo llaman «Arpa del Espíritu Santo» y todos han enriquecido sus liturgias respectivas con sus homilías y sus himnos. A pesar de que no era un hombre de mucho estudio formal, estaba empapado en las Sagradas Escrituras y tenía gran conocimiento de los misterios de la fe.

San Basilio le describe como «un interlocutor que conoce todo lo que es verdad» ; San Jerónimo, al recopilar los nombres de los grandes escritores cristianos, le menciona con estos términos: «Efrén, diácono de la iglesia de Edessa, escribió muchas obras en sirio y llegó a tener tanta fama, que en algunas iglesias se leen en público sus escritos, después de las Sagradas Escrituras. Yo leí en la lengua griega un libro suyo sobre el Espíritu Santo; a pesar de que sólo era una traducción, reconocí en la obra el genio sublime del hombre». (Edessa, hoy llamada Urfa o Sanliurfa, está en Turquía)

San Efrén narra que en un sueño vio que de su lengua nacía una mata de uvas, la cual se extendía por muchas regiones, llevando a todas sus racimos. Este sueño llegó a ser profético por la gran propagación de sus obras.

A San Efrén debemos, en gran parte, la introducción de los cánticos sagrados en los oficios y servicios públicos de la Iglesia, como una importante característica del culto y un medio de instrucción.

Su Vida

Efrén nació alrededor del año 306, en la población de Nísibis (hoy llamada Nusaybin, en Turquía), región dominada por Roma. No se sabe por cierto si sus padres eran Cristianos. El reconoce que de joven no le daba mucha importancia a la religión hasta que llegaron las pruebas. A la edad de dieciocho años recibió el bautismo y, permaneció junto al famoso obispo de Nisibis, San Jacobo, con quien, se afirma, asistió al Concilio de Nicea, en 325. Tras la muerte de San Jacobo, Efrén mantuvo estrechas relaciones con los tres jerarcas que le sucedieron.

Efrén se hallaba en Nisibis las tres veces en que los persas pusieron sitio a la ciudad, puesto que en algunos de los himnos que escribió, hay descripciones sobre los peligros de la población, las defensas de la ciudad y la derrota final del enemigo en el año 350. Si bien los persas no pudieron tomar a Nisibis por los ataques directos, consiguieron entrar sin lucha a la ciudad trece años después, cuando Nisibis se les entregó como parte del precio de la paz que pagó el emperador Joviano, después de la derrota y la muerte de Juliano. La entrada de los persas hizo huir a los cristianos, y Efrén se refugió en una caverna abierta entre las rocas de un alto acantilado que dominaba la ciudad de Edessa. Ahí vivió con absoluta austeridad, sin más alimento que un poco de pan de centeno y algunas legumbres; y fue en aquella soledad inviolable donde escribió la mayor parte de sus obras espirituales. Era un asceta y se le notaba en su apariencia. Según dicen las crónicas era de corta estatura, medio calvo y lampiño, tenía la piel apergaminada, dura, seca y morena como el barro cocido; vestía con andrajos remendados, y todos los parches habían llegado a ser del mismo color de tierra; lloraba mucho y jamás reía.

Si bien la solitaria cueva era su morada y su centro de operaciones, no vivía recluido en ella y con frecuencia bajaba a la ciudad para ocuparse de todos los asuntos que afectaban a la Iglesia. A Edessa la llamaba «la ciudad bendita» y en ella ejerció gran influencia. Predicaba a menudo y, al referirse al tema de la segunda venida de Cristo y el juicio final, usaba una elocuencia tan vigorosa, que los gemidos y lamentos de su auditorio ahogaban sus palabras.

Algunos biógrafos nos dan una idea muy poco inspiradora de San Efrén, como si rechazara la alegría y a la amabilidad. El obispo lo nombró director de la escuela de canto religioso de su ciudad, y allí formó muchos maestros de canto para que fueran a darle solemnidad a las fiestas religiosas de diversas parroquias. Allí estuvo por 13 años (del 350 al 363).

No hay en sus obras el influjo de las controversias trinitarias de la época. Esto posiblemente se debe a que no conocía el griego. Mas bien se dedicó a defender la doctrina antigua por medio de la poesía. Bardesanes y otros utilizaban las canciones y la música populares para propagar falsas doctrinas. Efrén comprendió la importancia de estos medios y valoró mucho los cánticos sagrados como un complemento del culto público. Se propuso imitar las tácticas del enemigo y, sin duda, gracias a su prestigio personal, pero sobre todo el mérito grande de sus propias composiciones, las que hizo cantar en las iglesias por un coro de voces femeninas, consiguió suplantar los himnos gnósticos por sus propios himnos.

No llegó a ser diácono sino a edad avanzada. Su humildad le obligaba a rehusar la ordenación y, el hecho de que a veces se le designe como a San Efrén el Diácono, apoya la afirmación de algunos de sus biógrafos en el sentido de que nunca obtuvo una dignidad eclesiástica más alta. Por otra parte, en sus escritos hay pasajes que parecen indicar que era sacerdote.

Alrededor del año 370, emprendió un viaje desde Edessa a Cesarea, en la Capadocia, con el propósito de visitar a San Basilio, de quien tanto y tan bien había oído hablar. San Efrén menciona aquella entrevista, lo mismo que San Gregorio de Nissa, el hermano de San Basilio, quien escribió un encomio del venerable sirio. Una de las crónicas declara que San Efrén extendió su viaje y que visitó Egipto, donde permaneció varios años, pero semejante declaración no está apoyada por alguna autoridad y no concuerda con los datos cronológicos de su vida, ampliamente reconocidos.

Hombre de caridad

La última vez que tomó parte en los asuntos públicos fue en el invierno, entre los años 372 y 373, poco antes de su muerte. Había hambre en toda la comarca y San Efrén se hallaba profundamente apenado por los sufrimientos de los pobres. Los ricos de la ciudad se negaban a abrir sus graneros y sus bolsas, porque consideraban que no se podía confiar en nadie para hacer una justa distribución de los alimentos y las limosnas; entonces, el santo ofreció sus servicios y fueron aceptados. Para satisfacción de todos, administró considerables cantidades de dinero y de abastecimientos que le fueron confiadas, además de organizar un eficaz servicio de socorro que incluía la provisión de 300 camillas para transportar a los enfermos. Supo escuchar así la voz del Señor: «Estuve enfermo y me fuiste a visitar: tuve hambre y me diste de comer. Ven al banquete preparado desde el comienzo de los siglos». (Mt. 25, 40). Terminada su misión en Edessa, regresó a su cueva y sólo vivió treinta días más. Las «Crónicas» de Edessa y las máximas autoridades en la materia, señalan el año de 373 como el de su muerte, pero algunos autores afirman que vivió hasta el 378 o el 379.

Escritor prolífico

Entre las obras suyas que han llegado hasta nosotros, algunas están escritas en el sirio original y otras son traducciones al griego, al latín y al armenio. Se las puede agrupar como obras de exégesis, de polémica, de doctrina y de poesía, pero todas, a excepción de los comentarios, están en verso. Sozomeno afirma que San Efrén escribió treinta millares de lineas. Sus poemas más interesantes son los «Himnos Nisibianos» (carmina Nisibena), de los que se conservan setenta y dos de un total de setenta y siete, así como los cánticos para las estaciones, que todavía se entonan en las iglesias sirias. Sus comentarios comprenden todo el Antiguo Testamento y muchas partes del Nuevo. Sobre los Evangelios no utilizó más que la única versión que circulaba por entonces en Siria, la llamada Diatessaron, la que, en la actualidad no existe más que en su traducción al armenio.

A pesar de que es poquísimo lo que sabemos sobre la vida de San Efrén, no poco es lo que nos ayudan sus escritos a formarnos una idea sobre el hombre que fue. Lo que más impresiona al lector es el espíritu realista y cordialmente humano con que discurre sobre los grandes misterios de la Redención. Se diría que se anticipa a esa actitud de emocionada devoción ante los sufrimientos físicos del Salvador, que no llegó a manifestarse en el occidente antes de la época de San Francisco de Asís.

Muestra de las obras de San Efrén:

Títulos de la Vírgen Santísima

Fue un gran amante de la Virgen María y en sus escritos vemos la profunda veneración que ya se le tenía en el siglo IV. San Efrén compuso, ya en el año 333, una lista en verso de los más bellos títulos que los cristianos otorgaban a la Stma. Virgen:

«Señora Nuestra Santísima, Madre de Dios, llena de gracia: Tú eres la gloria de nuestra naturaleza humana, por donde nos llegan los regalos de Dios. Eres el ser más poderoso que existe, después de la Santísima Trinidad; la Mediadora de todos nosotros ante el mediador que es Cristo; Tú eres el puente misterioso que une la tierra con el cielo, eres la llave que nos abre las puertas del Paraíso; nuestra Abogada, nuestra Intercesora. Tú eres la Madre de Aquel que es el ser más misericordioso y más bueno. Haz que nuestra alma llegue a ser digna de estar un día a la derecha de tu Único Hijo, Jesucristo. Amén!!»Cristianismo

Sobre el aposento donde tuvo lugar la Ultima Cena.

¡Oh tú, lugar bendito, estrecho aposento en el que cupo el mundo! Lo que tú contuviste, no obstante estar cercado por límites estrechos, llegó a colmar el universo. ¡Bendito sea el mísero lugar en que con mano santa el pan fue roto! ¡Dentro de ti, las uvas que maduraron en la viña de María, fueron exprimidas en el cáliz de la salvación!

¡Oh, lugar santo! Ningún hombre ha visto ni verá jamás las cosas que tú viste. En ti, el Señor se hizo verdadero altar, sacerdote, pan y cáliz de salvación. Sólo El bastaba para todo y, sin embargo, nadie era bastante para El. El Altar y cordero fue, víctima y sacrificador, sacerdote y alimento…

Descripción de Jesucristo siendo azotado.

Tras el vehemente vocerío contra Pilatos, el Todopoderoso fue azotado como el más vil de los criminales. ¡Qué gran conmoción y cuanto horror hubo a la vista del tormento! Los cielos y la tierra enmudecieron de asombro al contemplar Su cuerpo surcado por el látigo de fuego, ¡El mismo desgarrado por los azotes! Al contemplarlo a El, que había tendido sobre la tierra el velo de los cielos, que había afirmado el fundamento de los montes, que había levantado a la tierra fuera de las aguas, que lanzaba desde las nubes el rayo cegador y fulminante, al contemplarlo ahora golpeado por infames verdugos, con las manos atadas a un pilar de piedra que Su palabra había creado. ¡Y ellos, todavía, desgarraban sus miembros y le ultrajaban con burlas! ¡Un hombre, al que El había formado, levantaba el látigo! ¡El, que sustenta a todas las criaturas con su poder, sometió su espalda a los azotes; El, que es el brazo derecho del Padre, consintió en extender sus brazos en torno al pilar. El pilar de ignominia fue abrazado por El, que sostiene los cielos y la tierra con todo su esplendor. Los perros salvajes ladraron al Señor que con su trueno sacude las montañas y mostraron los agudos dientes al Hijo de la Gloria.

El «Testamento de San Efrén»

Este documento nos revela el carácter del santo escritor. A pesar de que, posiblemente, haya sufrido alteraciones y agregados en fechas posteriores, no hay duda de que en gran parte, como afirma Rubens Duval, considerado como una autoridad en la materia, es auténtico, sobre todo los pasajes que reproducimos aquí. San Efrén hace un llamado a sus amigos y discípulos, en tono emocionado y de profunda humildad:

No me embalsaméis con aromáticas especies, porque no son honras para mí. Tampoco uséis incienso ni perfumes; el honor no me corresponde a mí. Quemad el incienso ante el altar santo: A mí, dadme sólo el murmullo de las preces. Dad vuestro incienso a Dios, y a mí cantadme himnos. En vez de perfumes y de especias, dadme un recuerdo en vuestras oraciones . . . Mi fin ha sido decretado y no puedo quedarme. Dadme provisiones para mi larga jornada: vuestras plegarias, vuestros salmos y sacrificios. Contad hasta completar los treinta días y entonces, hermanos haced recuerdo de mí, ya que, en verdad, no hay más auxilio para el muerto sino el de los sacrificios que le ofrecen los vivos.

Benedicto XV lo declaró doctor de la Iglesia.

¡Señor envía tu Espíritu Santo y suscita en nosotros la pasión por Ti que manifestó el Diácono San Efrén!

Bibliografía

Butler, Vida de los Santos.

Salesman, Vida de los Santos, II.

Adaptado por Vicenç Garcia Tomàs

(Fuente: corazones.org)

MÚSICA SACRA: ARIA “HOW BEATIFUL ARE THE FEET” del “MESIAS” de HAENDEL

El Mesías de Haendel es técnicamente un oratorio, a diferencia de una ópera. Las óperas generalmente incorporan escenografía, vestuario y actuación como parte de la representación, mientras que los oratorios se centran en la música misma, destacando el canto del coro y los solistas, combinado con los instrumentos. Otra característica distintiva de los oratorios es que se componen principalmente de historias bíblicas, como la historia de Jesús que se encuentra en El Mesías.

Una de las primeras críticas al Mesías fue que, al ser una historia sagrada, se representaba en espacios seculares. Algunos consideraban que el único lugar adecuado para representarlo era una iglesia. En una carta a un periódico local, publicada pocos días antes del estreno del Mesías en Londres, un lector escribió: «Un oratorio es un acto religioso o no lo es; si lo es, me pregunto si el teatro es un templo apropiado para representarlo, o si la compañía de actores es digna de ser ministros de la Palabra de Dios, pues en ese caso lo son».

Como cristianos, a menudo lidiamos con la tensión entre lo sagrado y lo secular, especialmente cuando nos esforzamos por cumplir el mandato de Cristo de ir y hacer discípulos de todas las naciones. Debemos agradecer que Handel no siguiera el consejo de quien escribió esta carta y relegara la interpretación del Mesías a unas pocas iglesias, donde podría haber desaparecido de la historia. En cambio, por su providencia, Dios envió el Mesías de Haendel al mundo, donde ha traído buenas nuevas a quienes lo escuchan durante casi trescientos años.

El aria «How beautiful are the feet» (HWV 56, n.º 38) de El Mesías de G.F. Händel. Es uno de los momentos más líricos, tiernos y contemplativos de la Parte II del oratorio.

El Texto y su Significado Inspiración bíblica: El libreto de Charles Jennens se basa en Romanos 10:15 (que a su vez parafrasea Isaías 52:7): «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!».

El Mensaje: Celebra el envío de los apóstoles y mensajeros encargados de esparcir el Evangelio y la salvación por todo el mundo, destacando la belleza de su labor pacífica.

Tratamiento Musical Voz y Orquestación: Händel la concibió originalmente como un aria para voz solista (usualmente soprano o contratenor), acompañada de manera sutil por el bajo continuo y, a menudo, un par de oboes que realzan la pureza de la línea melódica.

Variantes en el Oratorio: A menudo, el aria da paso a un coro donde se proclama “Break forth into joy” (¡Prorrumpid en alegría!), creando un contraste directo entre la paz íntima del anuncio y el júbilo explosivo de la respuesta terrenal.

Pincha el primer enlace para escuchar el Aria y el segundo para la coral

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM. 3. EL RITO, EL SIGNO, EL SÍMBOLO

Continuando con las catequesis sobre la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC), queremos pararnos a reflexionar sobre algunos elementos que constituyen la sagrada liturgia, como el rito, el signo y el símbolo.

El Concilio Vaticano II, beneficiándose del valioso trabajo del Movimiento litúrgico, nos ha ayudado a redescubrir una verdad muy viva en la conciencia de la Iglesia antigua y en la enseñanza de los Padres. Los ritos de la liturgia cristiana no son un revestimiento exterior del ministerio sacramental, un conjunto de ceremonias arbitrarias, sino que son la mediación eclesial a través de la que nos llega el don divino. Precisamente por eso el Concilio invita a comprender el Mysterium fidei que se realiza en la liturgia a través de los ritos y de las oraciones (cf. SC, 48).

El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo. Naturalmente eso sucede si nosotros no nos quedamos al margen o como espectadores mudos (cf. ibid.) respecto a la liturgia, sino que participamos con todo nuestro ser – cuerpo, mente y corazón – , en obediencia al mandato del Señor. A través del sagrado rito nos formamos en la escucha de la Palabra de Dios, en la acción de gracias y en la adoración, en el hecho de compartir de forma fraterna y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea de muchos rostros, reunida por la misma fe.

El rito nos implica en una secuencia de gestos y de oraciones bien definida, que a veces puede contrastar con nuestra tendencia individual a la espontaneidad. Su lógica no consiste en encorsetar la libertad en esquemas. Al contrario, con la sobriedad solemne de sus ritmos, el rito interrumpe actividades frenéticas, reconduciéndonos a lo esencial. Descubrimos así otra dimensión de la acción, que no se rige por los cálculos productivos y otra experiencia del tiempo y del espacio. En el rito experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos un descanso que regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a vivir a un ritmo habitado por el Espíritu Santo.

La gramática del rito está entretejida con los signos y los símbolos propios de la liturgia. En ella, como afirma el Concilio, «los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre» (SC, 7). El Catecismo de la Iglesia Católica profundiza el valor de estos signos, recordando que «su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo» (n. 1145). Es emblemático el signo del agua: de los orígenes de la creación al diluvio, del paso del Mar Rojo al Jordán, hasta el agua que brota del costado de Cristo y se convierte en signo sacramental de la inmersión de su muerte y resurrección.

“Signo” y “símbolo” son términos que a menudo se usan como sinónimos. En realidad, un signo es simbólico cuando es capaz de remitir no solo a una idea, sino a todo un sistema de significados y de valores. Así, por ejemplo, cuando se nos rocía con agua bendita se reaviva en nosotros la conciencia del don recibido con el Bautismo y nuestra adhesión a la vida nueva en Cristo. En segundo lugar, los símbolos tienen esencialmente un carácter práctico, siendo sobre todo acciones: más sencillas y comunes, como arrodillarse y darse la paz, o más exigentes, como los actos que constituyen cada Sacramento. Sobre todo, los símbolos tienen una dimensión singular performativa y transformadora, tanto hacia los elementos materiales que los componen, como hacia aquellos que entran en contacto con ellos, generando pertenencia, tocando el corazón y la mente, suscitando auténticas relaciones eclesiales.

En la Carta Apostólica Desiderio desideravi, el Papa Francisco, haciendo suya una afirmación de Romano Guardini, identificaba «la primera tarea del trabajo de la formación litúrgica: el hombre ha de volver a ser capaz de símbolos» (n. 44). Necesitamos dejarnos educar por los ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de nuestras celebraciones y comprometiéndonos con una auténtica mistagogía. La experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada por una oportuna catequesis mistagógica, es el mejor recurso para volver a despertar en todos esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo puede tener lugar involucrando a todo el hombre: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1Ts 5,23).

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a dejarse formar por los ritos de nuestras celebraciones, participando activamente en ellos, para que estos verdaderamente sean un encuentro vivo con el Señor. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

The Holy See

La Santa Sede

LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIV: ¿QUÉ ESTAMOS CONSTRUYENDO?

No es fácil resumir la encíclica de León XIV, Magnifica humanitas. Quizás la pregunta, tomada de la encíclica, con la que he titulado mi artículo, puede ser la gran pregunta que recorre todo el texto papal: ¿qué estamos construyendo? Las innovaciones tecnológicas ¿contribuyen a hacer crecer a las personas y a los pueblos en fraternidad y en humanidad?

La encíclica no es exactamente una reflexión sobre la Inteligencia Artificial, aunque este sea su hilo conductor, sino una reflexión sobre un tiempo nuevo, como es el nuestro, en el que las nuevas tecnologías y, por supuesto, la inteligencia artificial, pueden ser muy útiles para mejorar nuestra vida, pero también ser obstáculos para vivir humanamente. Y no solo obstáculos, porque además de emplearse para bien pueden emplearse para mal, sino sobre todo porque este mal empleo condiciona, manipula, controla y orienta nuestra vida en direcciones inhumanas sin que seamos conscientes de ello, y hasta haciéndonos creer que lo malo es bueno. Un ejemplo de cómo los algoritmos controlan y manipulan la información que nos condiciona es el caso de la guerra: estamos tentados de pensar que no tendremos paz si no nos preparamos para el conflicto, sino no acumulamos armamento que mata a inocentes, si no detectamos al enemigo o no nos adelantamos a matarle.

El documento papal se sitúa dentro de la gran corriente de doctrina social de la Iglesia, que comenzó con la Rerum novarum de León XIII. En aquel momento había “cosas nuevas”, aparecían situaciones que exigían una palabra del Magisterio para iluminarlas a la luz del Evangelio. Pues bien, hoy la tecnología ha condicionado de forma inesperada la condición humana. De ahí la necesidad de una palabra del Magisterio, que ilumine los nuevos cambios que implican no solo nuevas necesidades y posibilidades, sino sobre todo nuevos comportamientos. “El progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue”. Ser más poderosos no significa necesariamente ser mejores. Tener más no significa ser más. Con el “tener más” pudiere suceder que la persona fuera “valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece”.

La inteligencia artificial nunca es un hecho puramente técnico. No es moralmente neutral. No tiene conciencia. Entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las inteligencias artificiales no poseen cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones, ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. No conocen la misericordia, el perdón, la esperanza de cambio, pudiendo así producir nuevas formas de descarte. Cuando la técnica deja de ser instrumento y se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz.

Algunos interpretan el progreso como la superación del ser humano, con los nombres de transhumanismo y posthumanismo. Es el sueño de superar los límites de la condición humana, consiguiendo así una humanidad nueva (incluso hibridada con la máquina). Pero los límites y fragilidad de la humanidad no es un error que haya que corregir, pues los cristianos sabemos que “el ser humano no florece a pesar del límite, sino dentro del límite”. Y que, al entrar el Verbo de Dios en nuestros límites, apareció precisamente el “Hombre perfecto”, la perfección de lo humano, una magnifica humanidad. Allí donde la humanidad corre el riesgo de perder su rostro, los cristianos alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, donde se esclarece del misterio del hombre. Ninguna máquina puede sustituir esta magnífica humanidad revelada en Cristo.

Martin Gelabert Ballester – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

“Luces cortas” para ver de cerca

 

Luces cortas para ver de cerca…

lo que hay en nuestro entorno, bueno y malo,

aunque son más, en cantidad y calidad,

las cosas buenas que las malas,

pero las malas noticias se publicitan

en los medios de comunicación,

redes sociales y tertulias de bar,

y ya se sabe que “hace más ruido un árbol que cae

que un bosque que crece”

y lo que no sale en los “medios”, “no existe”.

Luces cortas para ver de cerca…

lo que verdaderamente nos interesa saber, disfrutar y agradecer,

y entre esas cosas:

que estamos vivos,

aunque quizá algunos no seamos tan avispados como nos gustaría;

que el sol sale para todo el mundo

y no sólo para unos pocos privilegiados;

que los derechos humanos son también divinos

y violarlos es un “sacrilegio”;

que “Dios nos ama” y lleva tatuados nuestros nombres

en la palma de su mano.

Luces cortas para ver de cerca…

cosas y casos que no quisiéramos ver

porque nunca tendrían que haber sucedido,

como guerras y genocidios;

emigrantes que viajan en pateras que se traga el mar

y los que sobreviven no son bienvenidos ni bienqueridos

para mucha gente y para algunos partidos políticos,

que los ven como “intrusos” y no como “hermanos”

necesitados de acogida y ayuda;

medios de comunicación y redes sociales

que dan “gato por liebre”

contando mentiras, medias verdades y bulos

como si fueran “verdades irrefutables”.

Luces cortas para ver de cerca…

a los que transitan por calles de doble dirección

generando atascos y produciendo altercados y disputas

en los viandantes sobre la “prioridad” y la “propiedad” de la calle.

La calle es la pasarela donde se ve y se siente

que estamos crispados, excitados, irritados y enfadados

debido al ambiente de polarización, provocación, intolerancia, odio

e incertidumbre económica y política en el que nos movemos.

Luces cortas para ver mejor…

la realidad tal como es

y conocernos y comprendernos a nosotros mismos

al comprobar nuestra reacción ante los obstáculos

que encontramos en el camino.

Dios es la luz verdadera que ilumina nuestro interior

para que caminemos y vivamos en la luz,

“porque en Él está la fuente de la vida

y en su luz podemos ver la luz” (Sal 36,9).

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo.

El que me siga tendrá la luz que le da vida

y nunca andará en oscuridad” (Jn 8,12).

“El Señor es mi luz y mi salvación,

¿de quién tendré miedo?

El Señor defiende mi vida,

¿quién me atemorizará?” (Sal 27,1).

Julián del Olmo

Domingo, 24 de mayo de 2026