MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 1.- DOMINGO DE RAMOS

No está el mundo acostumbrado a que un hombre entregue su vida en favor de los demás. A lo que sí estamos acostumbrados es a que unos hombres quiten la vida a otros. No se trata sólo de que recordemos los homicidios, en los que se repite el drama de Caín y Abel. Hay muchas formas de que los hombres arrebaten violentamente la vida a sus semejantes. La humanidad se ha habituado a las guerras, al hambre, al aborto, a la explotación sin tregua, al descarte de los improductivos… Pueblos enteros son exterminados. Los hombres llevamos las manos manchadas de sangre; hay una sed insaciable de sofocar la vida de los demás.

Pero también hay personas buenas en el mundo. Y éstas pesan en la balanza más que todos los que viven del odio y siembran la muerte. No pocos hombres viven preocupados por el bien de todos, exponen su vida por los demás y hasta llegan a perderla. Hay hombres y mujeres que se despojan, que son capaces de vivir en solidaridad, que cargan con todas las vejaciones de los oprimidos hasta perder ante la sociedad el trabajo, la libertad, el poder llevar una vida normal.

La lectura de la Pasión del Señor es una muestra inigualable de que el verdadero camino de la perfección del hombre es el amor a los demás, hasta ser capaz de dar la vida por ellos. La firme convicción de la fe cristiana proclama que quien pierde su vida, la gana para siempre.

Esto es lo que vamos a celebrar en estos días santos. Durante la Semana Santa vamos a acompañar a Jesucristo en el proceso de su pasión, muerte y resurrección. Y sería bueno pararse a pensar sobre el tipo de acompañamiento que le vamos a hacer. Nos podemos quedar como meros espectadores de un drama que sucedió hace muchos siglos, observando la pasión de Cristo con indiferencia, como algo que no va con nosotros. O por el contrario, podemos vivir estos días uniéndonos íntimamente a Jesucristo a través de las celebraciones litúrgicas en las que se manifiesta el amor inmenso con el que Cristo, con su sacrificio en el madero de la cruz, nos ha obtenido para todos la salvación.

El mismo Jesús que dijo “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) ahora nos demuestra con su propio ejemplo que él ha dado la vida por nosotros, que somos sus amigos. La cruz de Cristo no es más que el colofón de la entrega que él fue haciendo a lo largo de su vida, predicando la buena noticia de la salvación a todos los hombres. Toda la vida de Cristo, sus palabras, sus obras, sus milagros, expresan claramente cuál era su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

En la última cena, antes de aceptar voluntariamente su pasión, Cristo nos dejó en la Eucaristía su presencia real como testimonio de su entrega hasta el extremo por nuestra salvación.

Ante este amor por nosotros que llevó a Cristo a dar su vida en la cruz, nuestra respuesta no puede ser la pasividad o la indiferencia. Busquemos no sólo nuestro propio beneficio y comodidad y pensemos más en ayudar a los que no están tan bien como nosotros, a los más pobres y marginados, que son mayoría en el mundo. El ejemplo de entrega y servicio que Cristo nos da a todos en su pasión debe fructificar en nuestro corazón porque “Él sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 Pe 2,21).

Y alegrémonos con el triunfo de Cristo en su resurrección gloriosa. No nos podemos quedar en el Calvario, en el dolor, en el sufrimiento de nuestro Redentor en la cruz. La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe, la piedra angular de nuestra esperanza. Él ha vencido a la muerte, ha resucitado del sepulcro y nos ha dado a todos una vida nueva. La Semana Santa debe ser la vivencia de este doble aspecto del misterio pascual: Cristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y por su resurrección, nos abre el acceso a una vida feliz y eterna junto a él. La Resurrección de Cristo es el principio y la fuente de nuestra propia resurrección futura, ya que si Cristo ha vencido a la muerte, también nosotros la venceremos. La muerte no tiene la última palabra porque ha sido absorbida en la resurrección de Cristo.

Cristo nos pide hoy que le acompañemos en su estancia en Jerusalén, donde va a consumar su entrega por nosotros. Hagamos de estos días un espacio para el encuentro con el Señor, a través de la oración y de las celebraciones litúrgicas y vivamos con profundidad este misterio pascual, que es el misterio de nuestra salvación.