Martes Santo. El anuncio de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro (cf. Jn 13,21-38). En el evangelio de Juan, de donde está sacado el pasaje que hoy se lee en la santa Misa, Jesús aparece siempre controlando la situación: Él es el Señor. Toda la Pasión está en el plan redentor de Dios. Jesús obediente, entra en ese plan pero sabe que todo está en las manos de Dios: es su Hora, el momento de su glorificación.
Pero humanamente hablando cuánto dolor debió sentir nuestro Señor al saber quién lo iba a traicionar, quién lo iba a negar, quienes lo iban a abandonar. Y sin embargo se entrega a ese plan sin dejar de amar a estos “amigos”. El evangelio habla de un Jesús profundamente conmovido. No es para menos. Meditamos poco en este dolor del Señor: el dolor de la amistad traicionada.
Judas y Pedro, y también los demás discípulos, por diversos motivos y de diversas formas abandonan al Señor en estos momentos clave. No son mejores que nosotros cuando abandonamos al Señor, ni nosotros somos peores que ellos por nuestros pecados. Jesús mismo sabe que somos pecadores, débiles y traicioneros, y sin embargo no deja de amarnos, de conmoverse por nosotros.
Ahora está la reacción de cada uno… Judas terminará desesperando; Pedro arrepintiéndose y confesando nuevamente su amor por Jesús. ¿Y tú y yo? ¿Cómo reaccionamos? Miremos siempre a Cristo que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33,11). Su mirada es de compasión, para decirte: álzate de nuevo; no te quedes en tu pecado; mira que hago las cosas nuevas (Ap 21,5).
Jesús afronta su Pasión solo, abandonado de todos… la duda le habrá podido asaltar: ¿habrá valido la pena todo su trabajo? Es la pregunta que nos hacemos todos ante nuestros fracasos: ¿ha valido la pena tanto esfuerzo? Y podemos tener la tentación de tirar la toalla. Jesús, el Siervo de Yahveh, ante el abandono de sus discípulos y lo que está por venir pudo hacerse estas mismas preguntas: ¿Ha valido la pena? “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas” (Is 49,4) Incluso aquellos en los que más amor ha puesto, a los que más tiempo ha dedicado, a los que les explicaba las cosas en privado, no han entendido nada, le fallan es esta Hora decisiva.
Jesús debió hacer un gran esfuerzo por sobreponerse al desaliento del abandono y confiar en la tarea encomendada. Volver a confiar, esa es la tarea; reforzar la confianza en el Dios que nos sostiene: “En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.” (Is 49,5).
Dios será su único valedor, su único sostén a partir de ese momento. El cántico segundo del Siervo de Yahveh, que leemos hoy, enfatiza estas ideas.
En estas circunstancias de abandono y soledad, de duda y de necesidad de afianzar la fe, nosotros tenemos el ejemplo luminoso de Jesús en su Pasión. Pero sólo quien ha intimado mucho con Dios también en los momentos de gozo sabrá ver su presencia en los de desolación. Una de las tentaciones que tenemos nosotros es abandonar también, pagar con la misma moneda a aquellos que nos han dejado. ¡Qué difícil ver la mano de Dios en estos momentos! ¡Qué agria la soledad y la traición! Y es ahora cuando, si rebuscamos en el fondo de nuestro corazón el Señor te vuelve a decir: ¡No estás sólo! ¿Acaso no soy yo tu padre?. ¡Qué dura la prueba sin Dios! Pero con Dios… Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13). O como dice la lectura de este día: me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba (Is 49,2).
