CUADERNOS DE ORACIÓN: ORAR HOY

El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta. ¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año 2023 estuvo destinado al redescubrimiento de las enseñanzas conciliares, contenidas sobre todo en las cuatro constituciones del Vaticano II. Es un modo para mantener viva la encomienda que los Padres reunidos en el Concilio han querido poner en nuestras manos, para que, a través de su puesta en práctica, la Iglesia pudiera rejuvenecer su propio rostro y anunciar con un lenguaje adecuado la belleza de la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Ahora es el momento de preparar el año 2024, que está dedicado íntegramente a la oración. En efecto, en nuestro tiempo se revela cada vez con más fuerza la necesidad de una verdadera espiritualidad, capaz de responder a las grandes interrogantes que cada día se presentan en nuestra vida, provocadas también por un escenario mundial ciertamente no sereno. La crisis ecológica-económica-social agravada por la reciente pandemia; las guerras, especialmente la de Ucrania, que siembran muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la indiferencia y del descarte, tiende a sofocar las aspiraciones de paz y solidaridad y a marginar a Dios de la vida personal y social… Estos fenómenos contribuyen a generar un clima adverso, que impide a tanta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso, necesitamos que nuestra oración se eleve con mayor insistencia al Padre, para que escuche la voz de cuantos se dirigen a Él con la confianza de ser atendidos.

Papa Francisco

El primer apunte sobre la oración se titula Orar hoy, un desafío a superar y recoge el testimonio de algunos grandes maestros de la oración que nos pueden servir de ayuda y ejemplo. Son Teresa de Lisieux, Francisco de Asís y Teresa de Calcuta. En su lectura conocerás el testimonio de personas de todo tipo y condición a quienes la oración les ha cambiado la vida.

Orar hoy, un desafío a superar

El escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn narraba, casi en primera persona, Un día en la vida de Iván Denisóvich. Nos da a conocer una de las 3 653 jornadas que Iván Denisóvich transcurrió en el campo de concentración, resaltando que para el pobre prisionero se trataba de un «precioso día, casi feliz».

Los trabajos forzados, el ser contado y vuelto a contar como si fuera ganado, llevan a la aniquilación espiritual del hombre, a la descomposición de su sentido moral volviéndolo malo, cruel, despiadado y egoísta hasta el punto de que «el peor enemigo del pri sionero es él mismo». Una pequeña llama brilla y da esperanza: es la fe de quien es prisionero por haberla custodiado, defendido y propagado; la fe del joven Aljoska, el cual «mira el sol y se alegra» y «tiene la sonrisa en los labios» a pesar de todo.

Él ha conseguido llevar consigo a ese infierno el libro del Nuevo Testamento: los evangelios y las epístolas de los apóstoles. Hasta ahora ha podido salvarlo de las continuas redadas y es feliz. Cada noche, a la tenue luz de la lámpara que se queda encendida en el frío barracón, lee y reza. Iván lo escucha, ya que su cama está justo encima de la suya.

La maldad es el verdadero mal del hombre: liberarse de ella es sin duda obra suya; pero le es imposible sin la ayuda de Dios: este es el gran motivo de la necesidad de la oración del hombre. Y donde quiera que estemos hemos de hacer nuestra la oración de Iván: «Señor, ¡quítanos del corazón la espuma de la maldad!»

  1. Sta. Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux (1873-1897) expresó bien el secreto de la fecundidad de la oración que hoy muchos ya no entienden. La oración es la palanca que apoyada en Dios es capaz de mover el mundo. Esa oración inflama con un fuego de amor a los santos. Teresa nos confía una verdad de un valor incalculable: ¡los verdaderos «apóstoles» son los santos! Y, ante todo, ¡son apóstoles porque rezan!

Para tener santos, necesitamos personas de una auténtica oración; y la auténtica oración es la que inflama con un fuego de amor: solo así es posible levantar el mundo y acercarlo al corazón de Dios. Ella había tenido su primera experiencia de la eficacia de la oración cuando, con catorce años, pidió la conversión de un hombre que había sido condenado a muerte por un triple asesinato. Cuando se enteró de la noticia de la condena a muerte de Enrico Pranzini comenzó una oración ferviente, involucrando a su hermana Celina en la misma tarea. Al día siguiente de la ejecución, leyó que el reo cuando estaba a punto de meter su cabeza en el lúgubre agujero, sobrecogido por una inspiración repentina, dio media vuelta, cogió un Crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas!

Si creyéramos en la eficacia de la oración, nos pasaríamos mucho tiempo de rodillas. ¡Y el mundo cambiaría de dirección!

El hombre no puede realizarse sin oración, decía David Maria Turoldo (1916-1992): “Yo creo que el hombre no puede realizarse sin el silencio ni la oración. Lo que más falta en este tiempo nuestro, en esta civilización, es el espíritu de oración. Esta sería la verdadera revolución: ¿el mundo no reza? Yo rezo. ¿El mundo no guarda si- lencio? Yo guardo silencio. Y me pongo a la escucha. ¡Sí, es necesario volver a orar! Solo la oración deja espacio a Dios en nuestra vida y en la historia del mundo: y con Dios todo es posible.

Teresa de Calcuta también decía que sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Preguntó a un sacerdote joven, cuántas horas rezaba y cuando le contestó, le dijo: «¡No es suficiente! ¡La relación con Jesús es una relación de amor! Y en el amor uno no puede limitarse al deber. Haces bien en celebrar la misa cada día y en rezar el rosario y el breviario: ¡es tu deber! Pero tienes que añadir un poco de tiempo de adoración delante de la Eucaristía, ¡en un tú a tú con Jesús!». Y añadió: ¡sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres!».

  1. Señor, ¡Enséñanos a orar!

No se puede vivir sin oración. En la Biblia se afirma claramente la necesidad de la oración, ¡de la verdadera oración! De hecho, el mismo Jesús rezaba. Este argumento basta para estar a favor de la oración porque para todo discípulo, el comportamiento de Jesús es una norma absoluta de vida. ¡De hecho, Jesús es el Maestro! Y en él se ve que la oración ha sido literalmente el centro de la vida de Jesús: la oración era su respiración, su horizonte de referencia, la fuente de sus acciones y de sus palabras.

El evangelista Marcos anota: «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Debía de ser un gesto tan habitual de Jesús que se quedó profundamente impreso en la memoria de los apóstoles: estos, después de la Ascensión, no podían acordarse de su Maestro y Señor sin recordar al mismo tiempo su oración.

San Lucas, un escritor capaz casi de pintar los gestos de la vida de Jesús, subraya un aspecto de gran importancia: Jesús, antes de tomar la decisión de llamar a los apóstoles, ¡pasó una noche entera en oración! El evangelista relata este hecho porque es una extraordinaria lección de vida: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles» (Lc 6,12-13).

¿No tendría que hacer lo mismo cada discípulo? ¿No debería el discípulo tener sus ojos mirando siempre al Maestro para entender cada latido, cada matiz, cada pos- tura en su vida? ¿Cuánto se ha dirigido nuestra mirada al Señor en el día de hoy? ¿Cuánto inspira su vida la nuestra?

¡No se pueden eludir estas preguntas, si queremos que Jesús sea nuestro Maestro y nosotros seamos sus discípulos!

La oración de Jesús tenía que ser al mismo tiempo transparente y misteriosa: era una santa oración en la que se veía algo hermoso, pero al mismo tiempo seguía siendo un misterio profundo. La petición de los apóstoles fue espontánea: «Jesús, haznos entrar en este hermoso misterio que se ve en tus ojos y en tu rostro. Jesús, ¡enséñanos a orar!».

Los pasos del hombre hacia la oración están marcados por estas frases de la Escritura:

«Señor, dame a conocer cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy» (Sal 39,5)

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador!» (Lc 18,13)

Y la respuesta de Dios se ve también en la Escritura

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16)

«Padre, les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26)

La oración cristiana desemboca en este océano: ¡en el mismo amor de Dios! No existe oración cristiana si no se crea un contacto entre nuestra pobreza y la riqueza infinita de la caridad de Dios. Pero cuando la oración es verdadera, un río de amor entra en nuestro corazón y nos llenamos del Espíritu Santo: ¡nos llenamos del amor de Dios!

  1. San Francisco de Asís

Para Francisco, nacido en 1182 en Asís, fue crucial el encuentro con Jesús crucificado en la iglesia de San Damiano, ocurrido en el otoño del año 1205, cuando tenía 23 años. Fue un encuentro con Jesús que, por primera vez, le habló al corazón y entró en su corazón y lo interpeló personalmente.

En la vida de tantos cristianos, sacerdotes, religiosas y teólogos suele faltar precisamente estos encuentros con Jesús vivo y, entonces, la vida cristiana se reduce a una costumbre aburrida. Dios está lejos y casi es insignificante: falta el clic del entusiasmo y la implicación del corazón y, por tanto, de la vida.

Pero el encuentro decisivo de Francisco con Jesús es preparado por una crisis de seguridades: muy pronto, Francisco comprende que el dinero no es la seguridad sobre la que construir la vida; luego entiende lentamente que la diversión ni el poder ni el éxito ni la gloria mundana son las seguridades sobre las cuales poder construir la vida. Los lugares llamados “de placer”; ¡son lo más miserable y triste que se puede encontrar en el mundo!

Francisco prefería la humildad a los honores y Dios —que ama a los humildes— lo juzgaba digno de los puestos más encumbrados porque el verdadero humilde será enaltecido a una gloria sublime, de la que es arrojado el soberbio. A menudo, nosotros solo hacemos actos aparentes de humildad, pero nuestro corazón sigue habitado por el orgullo.

Para Francisco, la formidable decisión de no adorarse más a sí mismo, prepara el salto hacia los brazos de Dios. Que quede bien claro algo: si el yo está en el centro, Dios siempre se quedará en la periferia. No lo olvidemos. Y cuando Dios está en la periferia, ¡tampoco es posible la fraternidad!

A este respecto podemos concluir: ¿cuál es el mensaje que deja Francisco a todos los cristianos y a todos los hombres? Es sencillo y, al mismo tiempo, formidable: Francisco nos invita a tomarnos en serio el Evangelio, a tomarnos en serio a Jesús, a tomarnos en serio el camino recorrido por Jesús porque el amor asemeja: ¡el amor genera la imitación!

¡San Francisco nos recuerda que el Evangelio se puede vivir! Ahora viene la pregunta: ¿queremos de verdad al Señor? ¿Es el Señor realmente nuestro bien y nuestro sumo bien? No respondamos con precipitación: El problema se encuentra aquí. Que la misericordia de Dios nos conceda dar el salto hacia Dios, hacia el amor de Dios, del mismo modo que hizo Francisco. Ahora nos toca a nosotros.

Nos toca a nosotros dar una respuesta de amor al infinito amor que está ante nosotros, clavado en el terreno de nuestra vida con la Cruz de Jesús crucificado por amor nuestro. La pequeña iglesia de San Damiano está dentro de cada uno de nosotros: allí Jesús nos llama por nuestro nombre y espera nuestra respuesta. Y solo podemos oír la voz de Jesús si oramos, orando de verdad, orando con humildad.

  1. Madre Teresa de Calcuta

Un periodista inglés, Malcolm Muggeridge, fue a la India para hacer una película sobre la labor de las Misioneras de la Caridad. Cuando entró en el lugar en el que cuidaban a los moribundos que recogían en la calle se asombró de la fortaleza de las religiosas y preguntó a Madre Teresa: “¿Dónde encuentran la fuerza para amar? ¿Dónde encuentran la fuerza para sonreír… aquí?». Madre Teresa fue extremadamente sincera y desafió al periodista diciéndole: «Venga mañana a las seis de la mañana a la puerta de nuestro pequeño convento. Entenderá dónde encontramos la fuerza para amar y sonreír».

Al día siguiente, puntual como auténtico inglés que era, Malcolm estaba delante de la puerta del pequeño convento. Madre Teresa, también puntual, lo recibió y lo llevó a la paupérrima capilla, sin bancos para sentarse, donde un grupo de hermanas con el sari de las mujeres que no cuentan para nada en la India, estaba recogida en oración y esperaba la celebración de la santa misa. Malcolm Muggeridge participó en silencio y todo le parecía sencillo, humilde e incluso un poco misterioso y aburrido. Se preguntaba: «¿Qué hacen estas religiosas? ¿Con quién hablan? ¿Qué reciben en esa pequeña hostia? ¿Acaso es posible que todo el secreto se encuentre aquí?». Una vez terminada la santa Misa, mientras Madre Teresa estaba yendo con paso rápido hacia sus pobres, dijo al periodista: «¿Ha visto? Todo el secreto está aquí. Es Jesús que nos pone en nuestro corazón su amor y nosotras vamos sencillamente a entregarlo a los pobres que nos encontramos en nuestro camino».

En su discurso ante las Naciones Unidas señaló: «Yo soy solo una pobre monja que reza. Rezando, Jesús me llena el corazón de su amor y yo voy a donárselo a los pobres que encuentro en mi camino». Hizo un momento de silencio, que pareció una eternidad. Luego añadió: «¡Recen también ustedes! Recen y se darán cuenta de los pobres que tienen al lado. Quizá muy cerca de sus casas. Quizá incluso en sus casas existe quien espera su amor. Recen y los ojos se abrirán y el corazón se llenará de amor».

Sigamos su ejemplo: que este año dedicado a la oración despierte en cada uno de nosotros la humildad que nos hace caer de rodillas y que salga del corazón una verdadera oración.

EL PRIMER INDICIO GERMINAL DEL TRIDUO SACRO Y LA ALUSIÓN IMPLÍCITA A LA RESURRECCIÓN

Alcanzamos los días más trascendentes del Año Litúrgico, los que sin lugar a dudas, nos reportan a la evocación del Misterio Pascual de la bienaventurada Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por este Misterio, valga la redundancia, como literalmente nos sugiere el Prefacio Pascual, “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”.

Luego, estos días cargados de intenso aroma del azahar, son considerados justamente el punto culminante de todo el año consagrado a conmemorar y vivificar la obra de la redención de los hombres y de la glorificación de Dios. La distinción que el Domingo adquiere en la Semana Santa, igualmente la obtiene el Santo Triduo Pascual. Si bien, al exponer la praxis sobre la Liturgia del Triduo Pascual, irremediablemente hay que hacer mención el puesto central que ostenta la celebración de los acontecimientos de la vida histórica de Jesús.

Entonces se hace referencia a la travesía de la antigua Pascua a la nueva, prestando atención a algunos de los testimonios, los más remotos acerca de la celebración en los primeros siglos de la era cristiana, que nos encaminan a la semblanza del Triduo Pascual y de la que por antonomasia, se sabe con convencimiento que existe un día que alcanza la rúbrica de celebración anual de la Pascua del Señor. Inicialmente, hay que comenzar exponiendo que el ayuno anual que finalizaba el día de Pascua, es el primero de los destellos originarios de lo que desde el siglo IV (301-400 d. C.) aparece como un Triduo dado a conmemorar el paso de Cristo de este mundo al Padre.

Ciertamente, se desconoce con certeza cuánto se alargaba dicho ayuno en el siglo II (101-200 d. C.), cuando se produjo la controversia entre las comunidades judeocristianas y las occidentales. En el siglo III (201-300 d. C.) la Tradición Apostólica de Hipólito de Roma alude el ayuno del Viernes y Sábado Santo que concluye con la celebración eucarística de la Vigilia Pascual. Otras evidencias como la Didascalia de los Apóstoles que nos ofrece la silueta de la vida eclesial de aquel momento, ensancha el ayuno a la totalidad de la semana, pero confiriendo un peso específico a los tres últimos días.

Posteriormente, el florecimiento de la celebración anual de la Pascua se ocasiona a partir de la Vigilia Pascual. Gracias a la Tradición Apostólica y Tertuliano descubrimos que en la Vigilia se concedía el Rito del Bautismo antes de surcar al banquete eucarístico. Toda vez, que la práctica probablemente sea más antigua.

Por aquel entonces, la Vigilia Pascual englobaba varias lecturas y es de sospechar que entre ellas se refiriesen los relatos de la creación, el sacrificio de Abrahán y el paso del mar Rojo por los israelitas, ya que estos pasajes del Antiguo Testamento se encuentran presentes en las series que han llegado hasta nuestros días provenientes de los sistemas de lecturas de las liturgias más primitivas.

Asimismo, es factible que la mención de Jesús a los tres días en que Jonás estuvo en el vientre del pez, además del indicativo de que el templo destruido sería levantado al tercer día, ayudaran a conformar la celebración del Triduo Pascual. Pero da la sensación de que se terciara aún más el anhelo de dedicar continuamente los instantes del Misterio Pascual practicando la descripción evangélica. Sin ir más lejos, San Agustín en el Norte de África y San Ambrosio en Milán, concuerdan al sacar a relucir “el sagrado triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado”. Con lo cual, no ha de sorprender que en Palestina, adonde comparece la peregrina Egeria, los cristianos visitasen los lugares distinguidos por la tradición como los que acontecieron en los sucesos de la vida pública de Jesús, tratando de rememorar las palabras del Salvador.

En este interés por representar la historia estableciendo un cimiento psicosociológico más objetivo, se encuentra el principio de la inmensa mayoría de las fiestas del Año Litúrgico. La Liturgia de Jerusalén concretó un protagonismo absoluto en la disposición de las celebraciones del Triduo Pascual. Así, algunos de los capítulos del diario de viaje de Egeria, puntualizan escrupulosamente las ceremonias realizadas durante los tres días de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

La comunidad con su obispo a la cabeza, caminaba por los principales parajes donde se desenvolvieron las vicisitudes evangélicas: la Basílica del Martirio, construida junto al lugar de la cruz; la Anástasis, que comprendía el Santo Sepulcro; la gruta Eleona, donde Jesús instruía a los Apóstoles en el monte de los Olivos, etc. Curiosamente, el cenáculo llamado Sión, no se cita hasta el Domingo de Resurrección por la tarde, cuando se menciona la aparición de Jesús a los discípulos congregados.

Por lo demás, las celebraciones consistían básicamente en las lecturas y la recitación de salmos, de los que Egeria describe puntualmente el Viernes Santo con la Adoración de la Cruz y la proclamación solemne de la pasión; mientras que en la Vigilia Pascual se administra el bautismo y el obispo preside la eucaristía.

De manera, que paulatinamente las liturgias occidentales siguen la riqueza de las celebraciones de Jerusalén. Fijémonos que tanto la Adoración de la Cruz, como el énfasis de la pasión, el lavatorio de los pies o la procesión de los ramos que surge terciados el siglo V (401-500 d. C.), son repetidos por las Iglesias. Ya a lo largo de la Edad Media (siglos V y XV) se encajan algunos ritos de los que es complejo establecer su umbral exacto. Me refiero a la bendición del cirio pascual y el fuego, la entronización de la cruz con la aclamación “Mirad el árbol de la cruz”, o el traslado de la reserva eucarística, entre otros. De tal forma, que el Triduo Pascual de la Liturgia Romana queda dispuesto acompañando el anticipo de la hora de la Vigilia Pascual que se había adelantado a la hora sexta (12:00 horas o mediodía).

Otro tanto resultó con las solemnidades del Jueves y Viernes Santo que llegaron a realizarse por la mañana.

Cuando en 1951 el Papa Pío XII (1876-1958) emprende la reforma de la Semana Santa por la Vigilia Pascual, el primer matiz reside en hacerla retornar a su hora natural nocturna. Esta particularidad acontece en 1956 con relación a la misa vespertina de la cena del Señor y de la acción litúrgica de la pasión del Jueves y Viernes Santo, respectivamente. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (11/X/1962-8/XII/1965) es igualmente manifiesta en esta materia.

Con estos antecedentes preliminares, los preceptos universales sobre el Año Litúrgico son clarividentes al marcar el período en que se inaugura el Triduo Pascual. Expresamente rotulan la misa vespertina de la cena del Señor. De este modo, se acoge un remedio de equilibrio entre la tradición litúrgica que únicamente reconoce como días del Triduo Pascual al Viernes y Sábado Santo y el Domingo de Pascua, más la apreciación popular que satisface el Jueves Santo.

“Jesús nos ha rescatado y resucitado de nuestras muertes ontológicas, marchando junto a nosotros y haciendo posible que vivamos reproduciendo la impronta de la no resistencia al mal”

Es por ello, que el pueblo llano y la piedad no litúrgica hacían referencia no explícitamente al Triduo Pascual, sino al Triduo Sacro, comprendiendo bajo este último apelativo los días pertenecientes al Jueves, Viernes y Sábado Santos. Amén, que el Domingo de Resurrección concierne de la misma manera al triduo “en el que Cristo padece, reposa en el sepulcro y resucita”.

Por ende, de acuerdo con las fórmulas vigentes de la Liturgia, el Jueves Santo se introduce en el Triduo Pascual desde el atardecer, momento en que ha de oficiarse la misa vespertina de la cena del Señor. Hasta ese instante, este día atañe aún al Tiempo de Cuaresma.

Para ser más preciso en lo fundamentado, el Jueves Santo sigue la Feria VI de la Pasión del Señor, denominación litúrgica del Viernes Santo. Y según una tradición antiquísima, la Iglesia no celebra la eucaristía en este día ni en el siguiente.

Tan solo desde el siglo VII (601-700 d. C.) se distribuye la comunión, reproduciéndose una costumbre de la liturgia bizantina de proporcionar el pan eucarístico los Viernes y otros días en los que no se celebraba la eucaristía. Y como consecuencia de lo anterior, cabría preguntarse: ¿por qué no se celebra la Santa Misa en el día en que la Iglesia recapitula la pasión y muerte del Señor? La respuesta puede parecer sencilla, pero no lo suficientemente descifrable para quien no ha discernido en las leyes de la liturgia.

Primero, se constata la tradición remotísima y unísona de las liturgias que sólo han celebrado la eucaristía en la noche santa de la Pascua y, segundo, el propósito de la liturgia de celebrar el Misterio Pascual no como una conmemoración histórica, sino más bien como un memorial sacramental y no incompleto, sino en su integridad.

En la antigüedad el Sábado Santo es igualmente un día alitúrgico, llamémosle de silencio, meditación y ayuno, hasta que llegada la noche se da comienzo a la Vigilia Pascual, momento culminante del Triduo. Como dice literalmente San Agustín, “la Vigilia Pascual, la noche santa de la resurrección del Señor, es tenida como la madre de todas las santas vigilias”, y en ella la Iglesia aguarda esperando la resurrección del Señor y la rememora en los sacramentos. Por consiguiente, esta solemnidad se realiza de noche y acaba antes de la irrupción del alba del Domingo.

La Vigilia Pascual forma parte del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor y la Iglesia llama a los fieles para una doble ceremonia eucarística: la que se plasma en el trazado de la vela nocturna y la del día propiamente. El Domingo de Pascua, tercer día del Triduo Pascual, estrena un tiempo de regocijo y fiesta que perdura durante cincuenta días: ‘la cincuentena pascual’. Los primeros ocho días de este lapso que componen la Octava de Pascua, hacen con el Domingo de Resurrección, un único e idéntico día y se dedican como solemnidad del Señor. Llegados hasta aquí, primero, la misa vespertina de la cena del Señor definida en el Jueves Santo, ostenta el carácter de preludio en el Triduo Pascual y de acceso en la reminiscencia anual de la Pascua.

El indicativo del Misal subraya la trascendencia de esta celebración eucarística y pascual, trayéndonos a la memoria que están excluidas las misas sin asamblea, para que la comunidad de fieles con sus sacerdotes y ministros concurran plenamente en la eucaristía vespertina.

En caso de algún requerimiento, el ordinario del lugar puede optar por la celebración de otra misa para los fieles que de alguna manera estén imposibilitados para tomar parte en la principal. La Liturgia de las Horas excluye las Vísperas de este día para los que participan de la misa de la cena del Señor.

A resultas de todo ello, el sello eclesial, eucarístico y sacerdotal, no menos que el pascual, han sido fortalecidos. Asimismo, las lecturas reviven la seña fundamental de Jesús que al establecer la eucaristía, se entrega a la muerte para la salvación de los hombres. Con su entrega, el Señor ha llevado a término el protocolo de la vieja Pascua judía iniciada por Moisés, dedicando su cuerpo en lugar del cordero, y su sangre para sellar la nueva y definitiva alianza.

Pero la acción de Jesús contiene la prueba del amor infinito del que da la vida por los demás. “Los amó hasta el extremo”, refiere el evangelio antes de relatar la enseñanza de humildad y servicio que Jesús quiso fusionar a su memorial: el lavatorio de los pies a los discípulos. La Iglesia, con ello, es sabedora del mandato expreso del Señor de preservar su memoria actualizando la oblación sacrificial en la eucaristía.

El conocimiento y la razón de ser de estar cumpliendo el mandato de conservar el sacrificio de la eterna alianza, hace recitar textualmente al sacerdote en el instante mismo de la Plegaria Eucarística: “Acepta, Señor, tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración de los misterios de su cuerpo y de su sangre… El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pan…”.

La otra expresión de Jesús que posee un valor no sacramental, sino de testimonio, “os he dado ejemplo…”, puede ser evocado de modo ilustrativo mediante el rito denominado mandato. Es decir, el lavatorio de los pies mientras se entona la antífona.

A continuación, la Santa Misa finaliza con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente: es el momento de la adoración eucarística. El Misal recomienda a los feligreses a que ofrezcan algún tiempo de la noche a la adoración, según las situaciones y particularidades de cada lugar, sugiriendo que después de la medianoche termine el culto.

Segundo, el Viernes Santo, no exento de su grandeza, la liturgia es más bien austera y sobria. Y su solemnidad se centraliza en la inmolación del Cordero que quita el pecado y en la señal de su muerte gloriosa: la cruz. Los devotos que recorran este Triduo santo, después de la introducción festiva de la tarde anterior, pueden pasar con Cristo por medio del Misterio de la Pasión, Muerte y Sepultura, al albor de la Resurrección.

Recuérdese que el Oficio de Lectura se inicia con tres Salmos de singular aplicación a Cristo que padece el sufrimiento en la pasión. Primero, reconstruyendo la insidia de los enemigos; segundo, las palabras que Jesús pronunció en la cruz; y, tercero, el retrato de la tragedia del hombre que sufre mientras sus parientes se quedan atrás.

En cambio, el texto bíblico nos presenta a Cristo como pontífice y mediador de la nueva alianza, penetrando en el santuario celeste llevando su sangre redentora. Además, la lectura patrística de San Juan Crisóstomo, muestra la tipología del cordero pascual y explica la escena de la lanzada. Sin inmiscuir, que la Liturgia de las Horas mediante el rezo de los Laudes, hace hincapié en la significación redentora de la Muerte del Señor y en el triunfo de la cruz, aspectos puestos de relieve en el tercer Salmo. La lectura breve de esta hora, lo mismo que las Horas Intermedias, se toma del Cuarto Canto del Siervo de Yahveh.

Las antífonas de la Hora Tercia, Sexta y Nona desmenuzan los diversos momentos de la Pasión, mientras que los salmos tintinean como el recogimiento de Cristo en la cruz ofreciéndose al Padre. Pero el núcleo de la liturgia lo colma la celebración de la Pasión. La acción litúrgica ha de arrancar después del mediodía, hacia las tres de la tarde, a no ser que por motivos pastorales se opte por una hora más tardía.

No ha de obviarse de este contexto, que los ornamentos sagrados son de color rojo, el tono oportuno de los mártires en señal de victoria. De ahí, que el Viernes Santo no es un día de duelo, sino de amorosa contemplación y meditación de la Muerte del Señor, fuente de nuestra salvación.

La estructura de la celebración es escueta y explícita: primero, la Liturgia de la Palabra, a la que le sigue la adoración de la cruz y, por último, la comunión. No hay más rito inicial que la postración y una oración que pide al Señor que se acuerde de su misericordia, “pues Jesucristo instituyó el misterio pascual por medio de su sangre en favor nuestro”. También, una segunda plegaria puede usarse en lugar de la anterior, implorando que podamos alcanzar el fruto de la Pasión de Cristo.

La Liturgia de la Palabra comienza con el Cuarto Canto del Siervo de Yahveh, texto profético destinado a Jesús que “entrega su vida como expiación” y que abraza una extraordinaria exposición de la Pasión del Señor. Y como no podía ser de otra manera, el Salmo tiene como réplica las palabras de Cristo en la cruz que resultan del mismo cántico: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En la segunda lectura, el Siervo aparece como el Sumo Sacerdote que, ofreciéndose a sí mismo como víctima, “se convirtió en causa de salvación eterna para los que le obedecen”. Finalmente, el Evangelio es la narración tradicional de la Pasión según San Juan. La Liturgia reserva este pasaje previendo la intencionalidad y el punto de partida del Cuarto Evangelio. Para el evangelista San Juan, la cruz es el signo de la revelación suprema del amor de Dios y de la libertad de Jesús.

Por otra parte, la presencia de la Virgen María junto a la cruz y el suceso de la lanzada, adquieren un imponente valor para la Iglesia, personificada en la Madre de Jesús y en los símbolos del agua y la sangre que brotan del costado de Cristo.

“Si verdaderamente Cristo ha resucitado, estamos en condiciones de vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está eximida de las reglas de juego del pecado. Es decir, de tantísimas esclavitudes que, hoy por hoy, nos atenazan”

Tras las lecturas y el sermón, la Liturgia de la Palabra pone su broche con la oración universal de los fieles, un hermoso formulario que se nos dona con algunas modificaciones actuales desde la Liturgia Romana del siglo V. Sin duda, la jerarquía y universalidad de las intenciones resultan sumamente edificantes.

En seguida debería aparecer el rito de la comunión, pero el ejercicio litúrgico del Viernes Santo pretende aglutinar la atención de los fieles no en el sacramento memorial de la Pasión del Señor, sino en la señal de la cruz.

La adoración de la cruz por el pueblo va antecedida de la manifestación a la totalidad de la asamblea: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Además, en el transcurso de la adoración se entona la antífona “Tu cruz adoramos” y el himno Crux fidelis: “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!…

La referencia al árbol del paraíso es evidente: el fruto de aquel árbol desencadenó la muerte, el producto de la cruz es la vida misma. Mismamente, los Improperios repasan el misterio de la glorificación y de la divinidad de Jesús que agoniza herido de amor y lleno de ternura hacia su pueblo. En paralelo, la participación eucarística con las especies consagradas la tarde anterior, remata la celebración con la oración sobre el pueblo, invocando la bendición divina sobre él.

Es preciso recordar que el Viernes Santo es un día consagrado a la práctica del ayuno, pero en sí, este no es un ayuno penitencial como el correspondiente al Tiempo de Cuaresma, sino más bien, pascual, porque nos permite experimentar el tránsito de la Pasión a la Resurrección. Análogamente, este ayuno no es ni mucho menos un componente secundario del Triduo Pascual, por eso la Iglesia recomienda que se guarde durante el Sábado Santo.

Alcanzamos el Sábado Santo y la rúbrica del Misal glosa su significado: “Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales”.

Y la Iglesia, junto al altar desnudo, solemniza el Oficio Divino impregnado íntegramente de realidades tan evidentes como el reposo y la contemplación. Los Salmos del Oficio de Lectura ponen su énfasis en el sueño en paz y de la carne que descansa serena; mientras que los textos bíblicos y patrísticos recuerdan el descendimiento de Cristo al abismo para proporcionar el reposo definitivo a los patriarcas del Antiguo Testamento. Si bien, el Salmo 23 comienza a insistir “¡puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!, mención implícita a la Resurrección.

Los Laudes se reservan entre la expectativa de la Resurrección y la reflexión del valor redentor de la Muerte de Jesús. Por el contrario, la Hora Intermedia atesora un acento confiado con la alusión de la luz que brilla después de las tinieblas.

En idéntica sintonía las Vísperas redundan en los Salmos de la misma hora del Viernes Santo, pero con antífonas que refrescan las palabras de Jesús concernientes al signo de Jonás y a la destrucción del templo de su cuerpo. El resto de los pasajes hacen resonar el misterio de nuestra identificación por medio del bautismo, con Cristo muerto y sepultado.

Por fin llegamos al tercer día del Triduo Santo de la Pascua y el Misal nos indica: “Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor”. Los fieles, tal y como lo presenta el Evangelio, “deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y les invite a sentarse a su mesa”.

La Vigilia Pascual es fundamentalmente una extensa celebración de la Palabra de Dios y de oración que acontece con la eucaristía: la resurrección de Cristo en los sacramentos y aguardando su venida en gloria. Es el punto culminante del Triduo, la Pascua de la nueva alianza que marca el paso de Cristo de la muerte a la vida. No es por tanto, una misa vespertina en víspera a un día festivo, ni tan siquiera es una solemnidad más del Año Litúrgico, sino por excelencia, la acción litúrgica cardinal.

Cada uno de los intervalos de la Vigilia están repletos de simbolismo y belleza, comenzando por la hora de inicio, para que se observe a grandes rasgos la diferenciación entre las tinieblas y la luz, el pecado y Cristo Resucitado. La acción se desenvuelve en cuatro partes inconfundibles. Primero, el lucernario o rito del fuego y la luz, cuyo fundamento hay que indagarlo en la lejanísima práctica judía y cristiana de encender la lámpara articulando una bendición al Señor.

Por su evocación a lo divino, la disposición del Cirio Pascual que se prende con el fuego nuevo y es portado dignamente en procesión hacia el interior del templo, configura la resonancia simbólica de la Resurrección de Cristo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”. El Cirio es la columna de fuego que alumbró a los israelitas al pasar el mar Rojo, como nos revela el Pregón Pascual: “Es el lucero que no conoce ocaso, es Cristo resucitado, que al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano”.

Ni que decir tiene, que la Liturgia de la Palabra, o segunda parte, alcanza su vivacidad propia que se exhibe en el ritmo de la misma y tan característico en las diversas lecturas, cantos y oraciones. La combinación de éstos proclamados solemnemente son un reconocimiento minucioso a la Historia de la Salvación, como la simbiosis de la creación, la figura de Abrahán, el Libro del Éxodo, la incidencia de los profetas y Cristo que pende sobre la Pascua del Señor. Cada uno de los instantes rememorados encarnan otros triunfos de la vida sobre la muerte, hasta alcanzar la Resurrección de Jesús.

Y en ella, no sólo Cristo es glorificado y ensalzado, también a nosotros nos alcanza esa fuerza de salvación, como proclama la Epístola a los Romanos. Como es sabido, a la finalización de la Liturgia de la Palabra, en el mismo momento de la entonación del Gloria se encienden el resto de luces de la Iglesia que quedaban todavía tenues y se echan al vuelo los toques de las campanas. Igualmente, toma su protagonismo los diversos tonos del Aleluya. Todos, sin excepción, son signos de la fiesta grande de la Pascua.

Después del sermón u homilía que en esta noche adquiere su relevancia distintiva, llega la Liturgia de los Sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. La Iglesia, como madre fecunda gracias a la Resurrección de Cristo, engendra y multiplica en este día a sus nuevos hijos en virtud del Espíritu Santo y los sostiene con el Cuerpo del Señor.

El rito bautismal se reduce a lo indispensable: letanías, bendición del agua, promesas y ablución. La Liturgia sugiere insistentemente que se disponga el Sacramento en el transcurso de la Vigilia. Para ello, incluso propone que no se realicen bautismos en la Cuaresma. Si se diese ocasión de no producirse ningún bautismo, ha de recordarse el Rito Bautismal mediante la renovación de las Promesas a todos los presentes y la aspersión con el agua.

Y como no, la Eucaristía de la noche santa de la Pascua adquiere una gracia concreta, como presagio de la Muerte del Señor y el anuncio dichoso de su Resurrección en la expectación de la venida. Pero la consideración maternal de la Iglesia está destinada a sus nuevos hijos: “Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales sea, por tu gracia, prenda de vida eterna”. De este modo, tras el Triduo Pascual, centro y vértice del Año Litúrgico, Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado y surge el tiempo del gozo y la alegría con la Resurrección de Cristo que tendrá su eco en la semana siguiente con la Octava de Pascua, la primera semana de la Cincuentena distinguida como si fuera un único día, porque la alegría del Domingo de Pascua se dilata ocho días incesantes.

En consecuencia, como señala el Apóstol San Pablo, nuestra vida está con Cristo escondida en lo recóndito de Dios. Ya no nos atemoriza la muerte, ni tampoco precisamos de buscar la vida en las falsas seguridades por el recelo a morir, porque de antemano conocemos que la muerte no tiene la última palabra.

Si verdaderamente Cristo ha resucitado, estamos en condiciones de vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está eximida de las reglas de juego del pecado. Es decir, de tantísimas esclavitudes que, hoy por hoy, nos atenazan. Jesús nos ha rescatado y resucitado de nuestras muertes ontológicas, marchando junto a nosotros y haciendo posible que vivamos reproduciendo la impronta de la no resistencia al mal.

En este día en que actuó el Señor, todos los signos de alegría y de fiesta son la seña de identidad de la caridad que ha de inundar el corazón del hombre. Jesús triunfador nos esparce su vida para que podamos continuar en su rebaño. Él nos viabiliza la entrega desinteresada al prójimo y su acogida generosa, o el verdadero amor en el matrimonio y la familia, o la amistad desinteresada y benevolente, pero, sobre todo, el perdón de nuestras infidelidades en la Historia de Salvación que Dios ha previsto para que cada uno alcancemos la vida eterna.

Con lo cual, en estos Días Santos tras el Triduo Sacro, recapitulamos con gratitud el Sacramento del Bautismo que un día recibimos delante de tantos testigos, porque esta es nuestra ‘pascua personal’ y el mayor don que hemos recibido de Dios.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Alfonso José Jiménez Maroto

EL TRIDUO PASCUAL: LOS DÍAS MÁS IMPORTANTES DE LA SEMANA SANTA

El Triduo Pascual es el periodo de tiempo que va del Jueves Santo al Domingo de Pascua en el que se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Son los días más importantes de la Semana Santa. Esta celebración comienza en la tarde del Jueves Santo con la Misa in Coena Domini, que conmemora lo que sucedió en la Última Cena.

El Jueves Santo

Esta noche se celebra la Última Cena que hizo Jesús con los doce apóstoles. Esa misma tarde, Jesús lavó los pies de sus discípulos, lo que significa que los cristianos deben vivir en caridad y servicio.

El Viernes Santo

Este día es uno de los importantes del calendario y de la Semana Santa. Tras el Domingo de Ramos, en el Jueves Santo Cristo ha cenado con sus discípulos y es apresado para completar lo que ya había avisado. Jesús, que fue juzgado por Pilato y condenado a muerte en la Cruz, murió el Viernes Santo y vivió su dura Pasión hacia el Calvario por nosotros. Los católicos asisten a los oficios, donde recuerdan la Pasión y Muerte de Cristo. Además, los creyentes realizan un periodo de ayuno y abstinencia.

El Sábado Santo

Este día es atípico en el calendario. Un día de silencio, reflexión, soledad… No celebramos nada. Cristo acaba de morir, y el trauma que ha supuesto en la vida y la historia pasa factura. Un día de espera y preparación para el culmen de la Semana Santa. Los sagrarios de las iglesias de todo el mundo están vacíos. Solo queda la oración, la tristeza y la reflexión. Lo que acaba de acontecer es tan duro, que merece un día así.

El Domingo de Resurrección

El Domingo de Resurrección es el día más importante del año. Jesucristo ha resucitado. Jesús ha cumplido su promesa y nos ha salvado a todos. No cabe la menor duda de la importancia de este acontecimiento histórico que incumbe a toda la humanidad.

¿Qué dice el Papa sobre el Triduo Pascual?

El Papa Francisco describi en qué consiste el Triduo Pascual, días centrales del Año litúrgico, en que la Iglesia celebra el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. La tarde del Jueves Santo “es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne”, señaló el Papa quien añadió que “cada vez que se celebra la Eucaristía, se hace de nuevo, se renueva este misterio de la redención”.

“Este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía, cuando nosotros vamos a Misa no vamos solo a rezar, vamos a renovar, a hacer de nuevo este misterio pascual, esto es importante no olvidarlo. Es como si nosotros fuéramos al calvario, lo mismo, para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual”, indicó el Papa.

Además, el Pontífice recordó que en el Jueves Santo Jesucristo “nos pide que nos amemos haciéndonos siervos los unos de los otros, como hizo Él lavando los pies a los discípulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblación en la Cruz” y agregó que “fue una ocasión de servicio a todos nosotros porque aquel servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos. Un gesto que el Maestro y Señor morirá el día después para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus discípulos”.

El Viernes Santo “es día de penitencia, de ayuno y de oración” en los que “a través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo”, explicó el Papa quien añadió que “adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación”.

“En la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en el sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo para redimirlo, transformarlo y para liberar a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados, a ser amados por Dios”, afirmó.

En esta línea, recordó las palabras de San Pedro “por sus llamas hemos sigo sanados” para subrayar que “solo el amor de Dios puede hacer esto” y añadir que “gracias a Él, abandonado en la cruz, nunca nadie está solo en la oscuridad de la muerte, nunca, Él siempre está al lado, solamente es necesario abrir el corazón y dejarse mirar por Él”.

El Sábado Santo remarcó el Papa “es llamado el día del silencio, un grande silencio en toda la tierra, un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús” porque “mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios”.

“Este sábado es también el día de María: también ella lo vive en llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos. Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para nosotros”, advirtió.

Luego, el Santo Padre recordó que en la noche de ese sábado con los ritos de la Vigilia Pascual “las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz” y será “el canto festivo del Aleluya”. Se trata del “encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo”.

“¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto. El Resucitado es la confirmación de que Jesís tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados”, señaló el Papa.

Por último, el Santo Padre subrayó que este año también viviremos las celebraciones pascuales “en el contexto de la pandemia” y añadió que las “muchas situaciones de sufrimiento, especialmente cuando quienes las sufren son personas, familias y poblaciones ya probadas por la pobreza, calamidades y conflictos, la Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todavía en el mar tempestuoso”. “La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y siquiera nos dice que ni  una lagrima, ni siquiera un lamento se pierden en el diseño de salvación de Dios. Pidamos al Señor que nos de la gracia de servir, de reconocer este Señor y no dejarnos pagar para olvidarlo”, concluyó el Papa.

NAVARRA IMPULSA UN PROYECTO DE ATENCIÓN SOCIOSANITARIA A MAYORES EN EL ENTORNO RURAL

El vicepresidente primero del Gobierno de Navarra y consejero de Presidencia e Igualdad, Félix Taberna, y el consejero de Salud, Fernando Domínguez, visitaron este lunes, 4 de marzo, la residencia de mayores de Erro y un domicilio del valle de los que participan en el proyecto ‘Acercar’, un programa de atención sociosanitaria para personas mayores y vulnerables en el entorno rural.

El proyecto, que ha desarrollado su primer año de experiencia piloto, propone un modelo por medio de equipos multidisciplinares itinerantes coordinados por el personal médico de Atención Primaria. Se ofrecen servicios de fisioterapia, neurorrehabilitación y logopedia en domicilios, en proximidad y de forma virtual. Igualmente, ‘Acercar’ dota al personal médico de nuevas tecnologías para la toma a distancia de constantes de salud que permite una monitorización permanente de los usuarios para actuar en caso de necesitarlo.

En el encuentro han participado también el presidente del Colegio de Médicos de Navarra, Rafael Teijeira; el presidente de Adacen, José Luis Herrera; la directora de la Residencia Amavir Ibañeta de Erro, Ana Zalba; la alcaldesa de Erro, Leire Remiro; así como personal de los diferentes equipos del ámbito sociosanitario y las empresas de tecnología participantes, entre otros.

Este proyecto, subvencionado por el Gobierno de Navarra y financiado por la Unión Europea – Next Generation EU, nace de la convocatoria de subvenciones a entidades del Tercer Sector en Navarra para proyectos de innovación social en el ámbito rural publicada en junio de 2022 y en la actualidad gestionada por la Dirección General de Planificación, Coordinación, Innovación y Evaluación de Políticas Públicas del Gobierno de Navarra, cuyo director general, Luis Campos, también ha estado presente en la visita. Esta es la primera vez a nivel estatal que se impulsa una convocatoria de estas características, la cual está sujeta a los marcos establecidos dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

    Adacen y Colegio de Médicos de Navarra presentan un proyecto innovador para la atención sociosanitaria en el entorno rural de Navarra

El proyecto ‘Acercar’ responde al objetivo del Ejecutivo foral de dar impulso a proyectos piloto de innovación social promovidos por entidades del tercer sector y dirigidos a la mejora de la calidad de vida de las personas en el ámbito rural en el marco de los servicios sociosanitarios.

Según ha destacado el vicepresidente Taberna durante la visita, «Navarra afronta grandes retos que se nos presentan como país, como sociedad». «El reto demográfico, el envejecimiento, la transformación digital, el cambio climático, la reindustrialización, retos que deben ser entendidos como prioridades y oportunidades dentro de un nuevo modelo de país alineado con la Agenda 2030. En este marco, presentamos el proyecto ‘Acercar’ como un proyecto de innovación social que persigue mejorar la calidad de vida de personas mayores, dependientes y con discapacidad en zonas rurales de Navarra», ha explicado.

Por su parte, el consejero Domínguez ha insistido en la importancia de «adaptar el sistema a los nuevos retos que presenta la sociedad, como el envejecimiento de la población, los pacientes pluripatológicos y la necesidad de asistencia sanitaria en el territorio pero, mucho más, la necesidad de cuidados». «A través de diferentes modelos de atención integral y coordinada con los diferentes ámbitos, Atención Primaria, Hospitalaria, sociosanitario, etc. y, esencial, Sistemas de Información que ofrecen las herramientas más facilitadoras y resolutivas, queremos potenciar la autonomía de las personas en sus cuidados y alargar su permanencia en el domicilio, evitar ingresos tanto hospitalarios como en centros de mayores».

Durante el primer año de experiencia piloto se ha trabajado con 72 personas en Erro (35) y en Cascante (37). De ellas, el 53% vive en residencias y el 47% en sus domicilios, el 69% son mujeres y el 31% hombres y la edad media es de 82,3 años. El 64% del total de participantes está monitorizado. Tras los resultados obtenidos el primer año, se va a ampliar el proyecto a la zona de Olite (con una muestra en cada una de las tres residencias y cuatro domicilios) y se mantendrá en las tres zonas hasta el 31 de marzo de 2025 con un presupuesto disponible de 429.690 euros. El perfil de las personas beneficiarias se ajusta con la estrategia del paciente crónico y pluripatológico, destacando sobre todo la insuficiencia cardiaca.

Además de proporcionar un nuevo modelo de atención sociosanitaria integral, el proyecto tiene como objetivo vertebrar el territorio e incrementar la cohesión social, fijar población, evitando la despoblación y atrayendo a personas jóvenes y cualificadas a las áreas rurales, y asegurar el tratamiento de datos y los derechos digitales de los ciudadanos desde el uso y registro de usuarios participantes y familiares a través de los sistemas del Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea, según ha explicado el Gobierno foral.

DETENERSE EN ORACIÓN

Nuestro amigo Mons. Sergi Gordo, Obispo de Tortosa nos comparte este interesante escrito que reproducimos:

“En su mensaje para la Cuaresma de este año 2024, el Papa Francisco hace esta afirmación muy sugerente: “Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. (…) Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. ”Ciertamente, vamos demasiado acelerados, a veces sin respiro.

Detengámonos, pues, en oración. Detengámonos, pero no alejándonos de los hechos de nuestra vida cotidiana, buscando una evasión, queriendo olvidarnos de todo y de todo el mundo. Si nuestra oración es oración cristiana, a imagen de Jesús que rezaba siempre y en toda ocasión, entonces experimentaremos que la plegaria “no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2727).Si la oración dependiera de una determinada psicología personal, o de una educación muy elevada, o de un estado de vida particular, sería un privilegio solo propio de personas cultas, de pensadores o poetas inspirados, de personalidades muy reflexivas. Pero lo más importante no son las técnicas – concentración, meditación, posiciones corporales- sino sobre todo la purificación de actitudes -relación, gratuidad, rectitud de intención-. En definitiva, lo que es capital no es tanto conversar más o menos adecuadamente, analizar textos con ingenio, encontrar consideraciones originales, sino más bien dejarnos tomar por Cristo y, como la Virgen María, vivir con confianza y disponibilidad llena en el Señor. Es ante Él que rezamos y no simplemente pensamos, analizamos, revisamos o sentimos de manera impersonal o introspectiva. Rezar no implica replegarnos o ensimismarnos, sino abrirnos al Señor, progresando cada vez más en la relación personal con Él, de amigo a Amigo, contando siempre con su gracia, su auxilio, su ayuda, su amor misericordioso.

Detengámonos en oración, sin máscaras ni disfraces, desde el corazón, con actitud de pobre, de mendigo, porque Dios se comunica a los sencillos, a quienes no van hinchados por la vida, a quienes reconocen las propias fragilidades, contradicciones y debilidades, el propio pecado. Detengámonos en oración con la plena confianza de sentir que el Señor nos ama tal y como somos y nos sueña mejor de lo que somos.”

† Sergi Gordo Rodríguez

Obispo de Tortosa

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO: LA SOBERBIA, UN VICIO QUE ENVENENA EL SENTIMIENTO DE FRATERNIDAD

A la multitud congregada en la plaza de San Pedro para la audiencia general, el Papa invitó a aprovechar la Cuaresma para luchar contra este mal, detrás del cual «se esconde el pecado radical, la absurda pretensión de ser como Dios». El «verdadero remedio» es la humildad

«La soberbia es la auto-exaltación, el engreimiento, la vanidad»: la catequesis de la audiencia general de hoy en la plaza de San Pedro está dedicada a este vicio, el último del recorrido sobre los vicios y las virtudes iniciado el pasado 27 de diciembre. La leyó monseñor Pierluigi Giroli, padre rosminiano de la Secretaría de Estado, «un ayudante mío», comentó el Papa al presentarlo, «porque todavía estoy resfriado y no puedo leer bien». La lectura que la precede está tomada del libro del Eclesiástico:

 “La soberbia es odiosa al Señor y a los hombres (…) ¿De qué se ensoberbece el que es polvo y ceniza? (…) El Señor derribó los tronos de los poderosos y entronizó a los mansos en lugar de ellos.”

De todos los vicios, la soberbia es la «gran reina»

Francisco describió al soberbio: «es aquel que cree ser mucho más de lo que es en realidad; aquel que se estremece por ser reconocido mayor que los demás», a los que desprecia por considerarlos inferiores. El Papa recordó la catequesis del pasado miércoles, en la que se habló de un vicio similar, la vanagloria, pero «es una enfermedad infantil» si se compara con la soberbia. Y afirmó:

Analizando las locuras del hombre, los monjes de la antigüedad reconocían un cierto orden en la secuencia de los males: se empieza por los pecados más groseros, como la gula, y se llega a los monstruos más inquietantes. De todos los vicios, la soberbia es la gran reina. (…) Quien cede a este vicio está lejos de Dios, y la enmienda de este mal requiere tiempo y esfuerzo, más que cualquier otra batalla a la que esté llamado el cristiano.

Jesús nos enseñó a no juzgar nunca

Dentro del mal de la soberbia, continuó el Papa, está «la absurda pretensión de ser como Dios», está por tanto el pecado radical. Arruina las relaciones humanas, envenena ese «sentimiento de fraternidad» que debería unirnos a todos. El soberbio también se revela como tal en su físico y en actitudes particulares:

Es un hombre fácil de juzgar desdeñosamente: por nada emite juicios irrevocables sobre los demás, que le parecen irremediablemente ineptos e incapaces. En su arrogancia, olvida que Jesús en los Evangelios nos dio muy pocos preceptos morales, pero en uno de ellos fue inflexible: no juzgar nunca.

El ejemplo del apóstol Pedro

A la persona soberbia es imposible hacerle ni siquiera una pequeña crítica u observación, continuó el Pontífice. Es imposible corregirle, con ella sólo hay que tener paciencia «porque un día su edificio se derrumbará». Y citó el ejemplo del apóstol Pedro, que alardeaba al máximo su fidelidad: «Aunque todos te abandonen, yo no lo haré» (cf. Mt 26,33), para luego descubrirse tan temeroso como los demás ante el peligro de muerte.

Y así, el segundo Pedro, el que ya no levanta el mentón, sino que llora lágrimas saladas, será medicado por Jesús y será por fin apto para soportar el peso de la Iglesia.

La salvación pasa por la humildad

«El verdadero remedio para todo acto de soberbia» es la humildad por la que pasa la salvación y María es ejemplo de ello. En el Magnificat, da testimonio del Dios que «dispersa con su poder a los soberbios en los pensamientos enfermos de sus corazones». Por último, Francisco recordó al apóstol Santiago, que escribió a una comunidad herida por las luchas internas originadas en el orgullo: ««Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes les da su gracia» (St 4,6). Y concluyó con una referencia al tiempo que estamos viviendo:

Por tanto, queridos hermanos y hermanas, aprovechemos esta Cuaresma para luchar contra nuestra soberbia.

CENTENARIA EN SEVILLA

Como cada trece de cada mes, nuestro grupo de Vida Ascendente y algunos feligreses de la Parroquia, rezamos el Santo Rosario ante la Virgen de Fátima, pero hoy ha sido un día muy especial, ya que es el aniversario de nuestra querida Mari Carmen López Domínguez

Terminado el rezo, Africa, hizo un precioso panegírico de Mari Carmen que nos emocionó tanto a ella como todos los presentes. A continuación y acompañados por el párroco, P. Alfonso, pasamos al salón parroquial para compartir la tradicional tarta de cumpleaños.

Mari Carmen, es un espejo en el que todos quisiéramos mirarnos de una intensa vida familiar y perteneciente a varios grupos de la parroquia e incluso, durante largo tiempo, fue voluntaria en el comedor social de las Hermanas de la Caridad y se unió a Vida Ascendente cuándo el Grupo se instituyó en la parroquia y con su espíritu, sencillo y amable, nos cautivó, haciendo cada semana, unos acertadísimos comentarios, escritos a puño y letra, al evangelio que correspondía.

Gracias Mari Carmen por cuanto nos has dado y que Dios siga siempre contigo.

Manolo y Paqui

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JOSÉ

Esposo de María, madre de Jesús. Descendiente de David, José era el padre putativo de Jesús, a cuyo nacimiento asistió en Belén.

Vivió en Nazaret ejerciendo el oficio de carpintero y, al parecer, murió antes de que comenzase la vida pública de Jesús.

Su culto, extendido en Oriente antes del siglo V, no llegó a Occidente hasta la Edad Media. En 1870 fue proclamado patrón de la Iglesia universal; es también patrono de los carpinteros y de los moribundos.

Dentro del cristianismo, San José encarna las virtudes de la honestidad, el amor al trabajo y la fe inquebrantable en Dios.

Los hechos relativos a la vida de San José aparecen en los Evangelios, sobre todo en los de San Mateo y San Lucas.

Descendiente de la casa del rey David, José se casó con María, pero, antes de que cohabitasen, supo que María había concebido un hijo.

San José, «como era realmente bueno y no quería denunciarla, determinó repudiarla en secreto» (Mateo 1:19). Sin embargo, un ángel se le apareció en sueños y le reveló que el hijo que María tenía en su seno había sido concebido por obra del Espíritu Santo.

Tras el nacimiento de Jesús en Belén, San José, avisado de nuevo por un ángel, tomó a Jesús y a la Virgen María y los condujo a Egipto para huir de la furia del rey de Judea, Herodes el Grande.

A la muerte del monarca, y después de una nueva revelación del ángel, San José retornó a su país; pero, por temor al sucesor de Herodes, la familia no se estableció en Belén, sino en Nazaret de Galilea. Allí San José ejerció su oficio de carpintero.

Los evangelios citan por última vez a San José en el episodio (narrado por San Lucas) en el que Jesús se perdió durante una visita a Jerusalén, y fue hallado por sus padres en el templo, discutiendo con los doctores.

Nada cierto se sabe acerca de la muerte de San José, aunque por la narración evangélica parece probable que fuera antes de que Jesús iniciara su vida pública.

El culto a San José comenzó posiblemente entre las comunidades cristianas de Egipto.

En Occidente fueron los servitas, una orden mendicante, quienes en el siglo XIV comenzaron a festejar el 19 de marzo como la fecha de la muerte de San José, y esta devoción tendría luego impulsores como el papa Sixto IV y la mística española Santa Teresa de Jesús.

El papa Pío IX lo declaró patrono de la Iglesia universal el año 1870. Casi cien años después, en 1955, Pío XII instituyó la fiesta de San José Obrero el 1 de mayo.

LAS TRES CLAVES DEL PAPA PARA LAS CONFESIONES: AFABILIDAD, PATERNIDAD Y TERNURA MATERNA

El Papa recibió en audiencia a los participantes en el Curso sobre el Fuero Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica y entregó el discurso preparado, en el que propone una reflexión sobre el Acto de Contrición: quien ama a Dios, ama al hermano y busca su bien, confesores y penitentes deben comprometerse para que en este año de preparación al Jubileo florezca en muchos corazones y lugares el sentido del perdón divino.

Vivir «cada confesión como un momento único e irrepetible de gracia» y dar «generosamente el perdón del Señor, con afabilidad, paternidad» y «ternura materna»: es el aliento que el papa Francisco dirigió, tras un breve saludo, en el discurso entregado a los participantes en el Curso sobre el Fuero Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica y recibidos en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico.

Una tarea «hermosa y crucial» confiada al confesionario, ya que «permite ayudar a tantos hermanos y hermanas a experimentar la dulzura del amor de Dios», reza el texto, que propone una meditación sobre el Acto de Contrición, la oración que se recita durante el rito de la Reconciliación, compuesta por san Alfonso María de Ligorio, «pastor cercano a la gente y hombre de gran equilibrio».

Acto de Contrición: tres actitudes

En la reflexión preparada, el Papa se detiene en «tres actitudes expresadas en el Acto de Contrición», para ayudar a meditar sobre la propia relación personal con la misericordia de Dios: «el arrepentimiento ante Dios, la confianza en Él y el propósito de no recaer». El primero «no es fruto del autoanálisis ni de un sentimiento psíquico de culpa», explica Francisco, sino que brota «de la conciencia de nuestra miseria ante el amor infinito de Dios, de su misericordia sin límites». Esto impulsa a «pedirle perdón» rezando: «Dios mío, me arrepiento y me duelen, de todo corazón, mis pecados, porque te he ofendido a Ti, infinitamente bueno», e induce a convertirse, a reflexionar sobre uno mismo y sobre las propias obras.

«En realidad, en la persona, el sentido del pecado es proporcional precisamente a la percepción del amor infinito de Dios: cuanto más sentimos su ternura, más deseamos estar en plena comunión con Él, y más se nos hace evidente la fealdad del mal en nuestra vida», señala el Papa. Y debemos recordar, añade Francisco, que «Dios no se cansa nunca de perdonarnos», por lo que nosotros no debemos cansarnos nunca de pedirle perdón.

Confesando, pues, haber ofendido a Dios «infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas», se reconoce la «infinita bondad de Dios» y la primacía de Su amor en la propia vida, aclara Francisco. De hecho, «amar ‘sobre todas las cosas'» a Dios significa ponerlo «en el centro de todo, como luz en el camino y fundamento de todo orden de valores, confiándole cada cosa». Esto «anima todo otro amor: a los hombres y a la creación -precisa el Pontífice- porque quien ama a Dios ama a su hermano y busca su bien, siempre, en la justicia y en la paz».

El humilde propósito de no pecar

Por último, el Acto de Dolor expresa la voluntad de «no volver a caer en el pecado cometido». Se trata de un propósito y no de una promesa, señala Francisco, hasta el punto de que «san Juan María Vianney, el Cura de Ars, solía repetir que ‘Dios nos perdona, aunque sabe que volveremos a pecar'».

De hecho, ninguno de nosotros puede prometer a Dios que no volverá a pecar, y lo que se requiere para recibir el perdón no es una garantía de impecabilidad, sino un propósito actual, hecho con recta intención en el momento de la confesión. Además, es un compromiso que hacemos siempre con humildad, como subrayan las palabras “con tu santa ayuda”.

Misericordia es el nombre de Dios

En cuanto a la conclusión de la oración del penitente -«Señor, misericordia, perdóname»-, coloca las palabras «Señor» y «misericordia» «como sinónimos», haciendo notar que «Dios es misericordia, misericordia es su nombre» y que «en todo acto de misericordia, en todo acto de amor, resplandece el rostro de Dios». Y sobre esta consideración, el Papa invita a confesores y penitentes a rezar y comprometerse para que este año de preparación al Jubileo «pueda ver florecer la misericordia del Padre en muchos corazones y en muchos lugares».

Fuente Vatican News

¿QUÉ ES LA SEMANA DE PASIÓN?

La Palabra del Señor nos dice cómo convertir la muerte en vida, los llantos en cantares, la tristeza en gozo.
No hay tiempo que perder, los acontecimientos se precipitan. La Palabra del Señor nos dice cómo convertir la muerte en vida, los llantos en cantares, la tristeza en gozo. Es la paradoja del Evangelio: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,24-25).
A esta semana se la llama «de Pasión» por la proximidad de la Semana Santa. Debemos disponernos a celebrar la Pascua, fiesta del nuevo nacimiento, de novedad de vida, de reiniciar con gozo el seguimiento de Cristo, quien nos presenta el paradigma cristiano: «Cristo, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna» (Hbr 7, 9).
Dispongámonos a renovar el pacto sagrado, el de nuestro bautismo, porque «mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (Jr 31, 31).
La forma que todos tenemos a nuestro alcance es la reconciliación, la súplica del perdón. Si por lo que sea no hemos caminado por senda llana en los días cuaresmales, siempre se nos ofrece la misericordia, y es posible celebrarla, si la pedimos con humildad: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50).
La enseñanza de Santa Teresa
Tenemos la llamada a la renovación de las promesas bautismales, aunque con dolor debamos reconocer, como hace Santa Teresa, nuestras incoherencias. «¿Qué remedio, Señor, para poder después vivir, que no sea muriendo con la memoria de haber perdido tanto bien como tuviera estando en la inocencia que quedó del bautismo?» (Las Exclamaciones del Amor de Dios 3, 2).
Son días de concentrar la mirada en Cristo. Antiguamente, durante esta semana permanecían cubiertas todas las imágenes, y sólo se mostraba a Cristo Crucificado en la celebración del «Miserere», canto del salmo 50. Aunque actualmente, en general, no se cubren los altares, sin embargo tenemos la recomendación de centrar nuestros ojos en el Señor, según nos enseña la maestra espiritual.
«Miradle cargado con la cruz, que aun no le dejaban hartar de huelgo. Miraros ha El con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con El a consolar y volváis la cabeza a mirarle» (Camino de Perfección 25, 5).
Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio (Las Exclamaciones del Amor de Dios 14, 1).
Por: Don Ángel Moreno de Buenafuente | Fuente: http://www.la-oracion.com