CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LAS VIRTUDES : SI CRISTO ES PACIENTE, TAMBIÉN EL CRISTIANO ESTÁ LLAMADO A SERLO

El Papa Francisco en su catequesis ha seguido hablando sobre las virtudes, en esta ocasión ha hablado de la paciencia, una virtud que necesitamos como una “vitamina esencial” para seguir adelante.

El Papa Francisco ha dedicado en la catequesis de hoy, el tema de la virtud de la paciencia. Al iniciar su catequesis, mencionó que hoy estaba previsto que la Audiencia General se realizara en la Plaza San Pedro, pero por la lluvia, trasladaron a todos los fieles al Aula Pablo VI, «es cierto que estará un poco abarrotada, pero al menos no nos mojaremos», les dijo y les agradeció por su paciencia.

Retomando el relato de la Pasión del Señor, Francisco dijo que a los sufrimientos que padece, «Jesús responde con una virtud que, aunque no se contemple entre las tradicionales, es muy importante».

Luego recordó que la palabra paciencia, tiene la misma raíz, que la pasión. Y señaló:

«En la Pasión surge la paciencia de Cristo, que con apacibilidad y mansedumbre acepta ser abofeteado y condenado injustamente; ante Pilato no recrimina; soporta los insultos, los escupitajos y la flagelación de los soldados; lleva carga con el peso de la cruz; perdona a quienes lo clavan al madero; y en la cruz no responde a la provocación, sino que ofrece misericordia. Todo esto nos dice que la paciencia de Jesús no consiste en una resistencia estoica al sufrimiento, sino que es fruto de un amor más grande».

El Pontífice afirmó que el mejor testimonio del amor de Cristo es un cristiano paciente. Paciente como tantos seres humanos, padres de familia, trabajadores, médicos, enfermeras, enfermos, que «cada día, en secreto, agracian al mundo con santa paciencia! pero muchos de nosotros, carecemos de paciencia, la necesitamos como la «vitamina esencial» para salir adelante -aseveró- pero instintivamente nos impacientamos y respondemos al mal con el mal: «nos cuesta mantener la calma, controlar nuestros instintos, refrenar las malas respuestas, aplacar las peleas y los conflictos en la familia, en el trabajo, en la comunidad cristiana. Inmediatamente viene la respuesta; no somos capaces de ser pacientes».

La paciencia es también una llamada

El Papa nos recuerda que la paciencia no es sólo una necesidad, sino una llamada: si Cristo es paciente, el cristiano está llamado a ser paciente, dijo, lo que significa ir a contracorriente de la mentalidad generalizada de hoy, donde domina la prisa y el «todo y ahora»; no se espera a que las situaciones maduren, se fuerzan a las personas para que cambien al instante.

«No olvidemos que la prisa y la impaciencia son enemigas de la vida espiritual: Dios es amor, y quien ama no se cansa, no se irrita, no da ultimátum, sino que sabe esperar. Pensemos en la historia del Padre misericordioso, que espera a su hijo que se ha ido de casa: sufre con paciencia, impaciente solamente de abrazarlo apenas lo vea volver (cf. Lc 15, 21); o en la parábola del trigo y la cizaña, con el Señor que no tiene prisa en erradicar el mal antes de tiempo, para que nada se pierda (cf. Mt 13, 29-30)».

    “Y hoy aquí, en esta audiencia, hay dos personas, dos padres. Son los primeros: uno israelí y otro árabe, dijo el Papa, ambos han perdido a sus hijas en esta guerra y ambos son amigos; «no miran la enemistad de la guerra, sino que miran la amistad de dos hombres que se aman y que han pasado por la misma crucifixión. Pensemos en este testimonio tan hermoso de estas dos personas que han sufrido en sus hijas la guerra en Tierra Santa. Queridos hermanos, gracias por vuestro testimonio”

¿Qué hacer para acrecentar la paciencia?   

Para verla crecer hay que ser, aconsejó, como enseña san Pablo, un fruto del Espíritu santo (cf. Ga 5, 22), «hay que pedírsela al Espíritu de Cristo. Él nos da la fuerza mansa de la paciencia, porque «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males», dijo Francisco. Y antes de concluir su catequesis recomendó que en estos días de celebraciones de la Semana Mayor, nos hará bien contemplar al Crucificado para asimilar su paciencia.

«Un buen ejercicio es también llevarle a Él a las personas más molestas, pidiéndole la gracia de poner en práctica con ellas esa obra de misericordia tan conocida como desatendida: aguantar pacientemente a las personas que molestan. Y no es fácil. Pensemos -repito ahora- si hacemos esto: aguantar con paciencia a la gente que acosa.   Se empieza por pedir que se les mire con compasión, con la mirada de Dios, sabiendo distinguir sus rostros de sus defectos. Tenemos la costumbre de clasificar a las personas por los errores que cometen. No, esto no es bueno. Buscamos a las personas por su rostro, por su corazón y no por sus errores».

Además, aconsejó que para cultivar la paciencia, virtud que da aliento/respiración a la vida, conviene ampliar la mirada, afirmó Francisco, no limitando el mundo a nuestros problemas, «como nos invita a hacer la Imitación de Cristo: «Es preciso, por tanto, que te acuerdes de los sufrimientos más graves de los demás, para que aprendas a soportar los tuyos, pequeños», recordando que «No hay cosa, por pequeña que sea, que se soporte por amor de Dios, que pase sin recompensa delante de Dios» (III, 19). Y además cuando nos sentimos presos de la prueba, como nos enseña Job, es bueno abrirnos con esperanza a la novedad de Dios, en la firme confianza de que Él no deja defraudadas nuestras expectativas».

Patricia Ynestroza – Ciudad del Vaticano

Vatican News

Pincha en el enlace para leer la catequesis completa:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2024/documents/20240327-udienza-generale.html

Y aquí para ver el Vídeo

https://www.youtube.com/watch?v=1pAqQNbwjvY

RESUCITADO COMIENDO PESCADO, QUE RARO

El evangelio del tercer domingo de Pascua resulta sorprendente y paradójico. Por una parte, los discípulos, ante la presencia de Jesús resucitado, “estaban aterrorizados, llenos de miedo, pues creían ver un espíritu”. Por otra, Jesús les muestra sus manos y sus pies. Extraño espíritu ese que tiene manos y pies. Se comprende, pues, que estuvieran llenos de dudas. Jesús quiere convencer a los discípulos y, por añadidura, a nosotros, de que el Resucitado es el mismo que fue Crucificado. Pero ya no está en las mismas condiciones, pues mientras el crucificado pertenece a este mundo, el resucitado pertenece al mundo de Dios. Y desde el mundo de Dios se aparece a los suyos. De ahí la dificultad de describir su modo de presencia.

Quizás el dato más sorprendente de este evangelio sea la escena de Jesús resucitado comienzo pescado. Resulta extraño que un resucitado se ponga a comer pescado. No parece que en el cielo vayamos a alimentarnos con pescado sino con amor. Una persona celestial (y eso es un resucitado) comiendo pescado, no parece algo muy normal. Pues bien, hablando del pescado que compartió con sus apóstoles Jesús resucitado, dice Tomás de Aquino: “Jesús comió para manifestar que podía, y no por necesidad. La tierra sedienta absorbe el agua de un modo distinto a como la absorbe el sol ardiente: la primera por necesidad, el segundo por potencia”.

Es una comparación muy sugerente la que hace santo Tomás: la tierra reseca necesita el agua y por eso se la traga; el sol no necesita el agua, por eso no la traga, el agua no entra dentro del sol. Igualmente, nuestros cuerpos terrenos necesitan alimento y por eso se lo tragan. Un cuerpo resucitado no necesita ningún alimento, porque ya no está en las condiciones de este mundo. Si por hipótesis lo toma, no es porque lo necesite, sino para manifestar el poder de una vida nueva.

José María Rovira Belloso dice a propósito del comentario de Tomás de Aquino: “decir que Jesús comía por potencia y no por necesidad es una elegante manera de decir que, teológicamente, no nos está permitido interrogarnos sobre las leyes fisiológicas de esta comida. Jesús tiene un cuerpo, un cuerpo glorioso y espiritual, pero no el cuerpo corruptible y renovable de los seres humanos terrenos”.

Blog Nihil Obstat, Martín Gelabert

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA PASCUA: LA PAZ NO SE CONSTRUYE CON LAS ARMAS, SINO ABRIENDO LOS CORAZONES

En su Mensaje de Pascua el Papa recordó que el Resucitado es el único que puede hacer rodar la piedra de la guerra y de las crisis humanitarias y abrir el camino de la vida. También rezó por las víctimas y los niños de Israel, Palestina y Ucrania, y pidió el intercambio de rehenes y el alto el fuego en la Franja. Asimismo oró por Siria, el Líbano, Haití, el pueblo Rohingyá y los países africanos en dificultades. Y subrayó que con frecuencia el don de la vida es despreciado por el hombre.

En el día en que resuena en todo el mundo el anuncio de que Cristo ha resucitado, tantas pesadas piedras cierran las esperanzas de la humanidad como la gran piedra cerró el sepulcro. Son las piedras de las guerras, como las de Israel, Palestina, Ucrania y Siria; las de las crisis humanitarias, como la de Gaza en Haití y la de los Rohingyá en Myanmar; las de las violaciones de los derechos humanos y de la trata de seres humanos que afectan a migrantes y niños.

En el día en que la Iglesia revive el asombro de las mujeres ante la tumba abierta y vacía de Jesús, el Papa Francisco, en su mensaje Urbi et Orbi desde la logia central de la Basílica de San Pedro ante sesenta mil fieles, recordó que sólo Él ha resucitado y es «capaz de hacer rodar las piedras que cierran el camino a la vida», abriendo las puertas de la vida, «que cerramos continuamente con las guerras que campan a sus anchas por el mundo».

Porque sólo Dios podía abrir el camino nuevo a través de la tumba vacía, el camino de la vida en medio de la muerte, de la paz, la reconciliación y la fraternidad en medio de la guerra, el odio y la enemistad. Sólo Él quita el pecado del mundo y perdona nuestros pecados, y «sin el perdón de Dios esa piedra no puede ser removida».

El sufrimiento en los ojos de los niños

Con la mirada puesta en Jerusalén y en todas las comunidades cristianas de Tierra Santa, el pensamiento del Papa se dirigió a las víctimas de los numerosos conflictos del mundo, para que Cristo Resucitado abra un camino de paz a las poblaciones atormentadas de Israel y Palestina y también de Ucrania.

De acuerdo con el derecho internacional, Francisco pidió un intercambio general «todos por todos» de prisioneros entre Rusia y Ucrania, e hizo un nuevo llamamiento para que «se garantice el acceso a la ayuda humanitaria en Gaza, instando a una pronta liberación de los rehenes secuestrados el 7 de octubre y a un alto el fuego inmediato en la Franja».

No permitamos que las hostilidades en curso continúen afectando gravemente a la población civil, ya de por sí extenuada, y principalmente a los niños. Cuánto sufrimiento vemos en sus ojos. Con su mirada nos preguntan: ¿por qué? ¿Por qué tanta muerte? ¿Por qué tanta destrucción? La guerra es siempre un absurdo y una derrota. No permitamos que los vientos de la guerra soplen cada vez más fuertes sobre Europa y sobre el Mediterráneo. Que no se ceda a la lógica de las armas y del rearme. La paz no se construye nunca con las armas, sino tendiendo la mano y abriendo el corazón.

No olvidar el mundo en dificultad

La invitación del Papa fue a no olvidar los numerosos lugares del mundo en dificultad, empezando por Siria, «que sufre desde hace trece años las consecuencias de una guerra larga y devastadora»:

Muchísimos muertos, personas desaparecidas, tanta pobreza y destrucción esperan respuestas por parte de todos, también de la Comunidad internacional.

    “Mi mirada se dirige hoy de modo especial al Líbano, afectado desde hace tiempo por un bloqueo institucional y por una profunda crisis económica y social, agravados ahora por las hostilidades en la frontera con Israel”

Que el Resucitado consuele al amado pueblo libanés y sostenga a todo el país en su vocación a ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo.

Asimismo, aliento las conversaciones entre Armenia y Azerbaiyán para que, con el apoyo de la Comunidad internacional, puedan proseguir el diálogo, ayudar a las personas desplazadas, respetar los lugares de culto de las diversas confesiones religiosas y llegar cuanto antes a un acuerdo de paz definitivo.

El pensamiento del Papa se dirigió también a los Balcanes Occidentales, donde se están dando pasos significativos hacia la integración europea:

Que las diferencias étnicas, culturales y confesionales no sean causa de división, sino fuente de riqueza para toda Europa y para el mundo entero.

Oración por las víctimas de toda forma de terrorismo

Francisco pidió que Cristo resucitado abra un camino de esperanza para quienes, además de sufrir la violencia y los conflictos, padecen los efectos de la inseguridad alimentaria y del cambio climático – incluida la sequía que provoca hambruna y hambre en vastas zonas de África – así como que traiga consuelo a las víctimas de todas las formas de terrorismo.

Recemos por los que han perdido la vida e imploremos el arrepentimiento y la conversión de los autores de estos crímenes.

    “Que el Resucitado asista al pueblo haitiano, para que cese cuanto antes la violencia que lacera y ensangrienta el país, y pueda progresar en el camino de la democracia y la fraternidad”

Que el Señor Resucitado asista también – prosiguió diciendo el Papa – al pueblo haitiano, «para que cese cuanto antes la violencia que lacera y ensangrienta el país y progrese por el camino de la democracia y la fraternidad», dando también consuelo al pueblo Rohingyá, afligido por una grave crisis humanitaria, y abra el camino de la reconciliación en Myanmar, desgarrado desde hace años por conflictos internos, para que se abandone definitivamente toda lógica de violencia».

Que se abran caminos de paz también en Sudán, en el Sahel, en el Cuerno de África, en la República Democrática del Congo y en la provincia de Cabo Delgado en Mozambique. Que la luz de Cristo, desea el Pontífice, ilumine también a los emigrantes y a quienes atraviesan un período de dificultades económicas, guiando a todos los hombres de buena voluntad a la solidaridad para ayudar a las familias en la búsqueda de una vida mejor y de la felicidad.

El hombre desprecia a menudo el don de la vida

En el día de Pascua, afirmó Francisco, celebramos la vida que nos ha dado la Resurrección del Hijo y su amor por cada uno de nosotros. Un don, la vida, que, sin embargo, «tantas veces es despreciado por el hombre».

    “¿Cuántos niños ni siquiera pueden ver la luz? ¿Cuántos mueren de hambre o carecen de cuidados esenciales o son víctimas de abusos y violencia? ¿Cuántas vidas se compran y se venden por el creciente comercio de seres humanos?”

Por último, en el día en que «Cristo nos ha liberado de la esclavitud de la muerte», el Pontífice exhortó a «quienes tienen responsabilidades políticas» a no escatimar esfuerzos en la lucha contra la plaga de la trata de seres humanos, trabajando sin descanso para desmantelar sus redes de explotación y llevar la libertad a quienes son sus víctimas».

Que el Señor, concluyó Francisco antes de desear una Feliz Pascua a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro y concederles la indulgencia plenaria, «consuele a sus familias, especialmente a las que esperan ansiosamente noticias de sus seres queridos, asegurándoles consuelo y esperanza».

Vatican News

Michele Raviart – Ciudad del Vaticano

PARTICIPEMOS PLENAMENTE EN LA PASCUA

Las Lecturas Patrísticas son un tesoro que encontramos en el Oficio de Lectura y que nos ayudan a vivir en plenitud. El último sábado de cuaresma encontramos esta preciosa lectura.

“Es verdad que ahora celebraremos la Pascua todavía sacramentalmente; sin embargo, lo haremos ya con un conocimiento más claro que en la antigua ley (ya que la Pascua de la ley antigua era -no tengo reparo en decirlo- una figura más oscura que lo que representaba), y de aquí a poco la celebraremos de un modo más puro y perfecto, a saber, cuando aquel que es la Palabra beba con nosotros el vino nuevo en el reino de su Padre, dándonos la plena y clara inteligencia de lo que aquí nos enseñó de un modo más restringido. Decimos «nuevo», pues siempre resulta nuevo lo que se llega a comprender de una manera diferente.

Y ¿en qué consiste esa bebida y esa manera nueva de percibir? Eso es lo que toca a él enseñar a sus discípulos, y a nosotros aprenderlo. Y la doctrina de aquel que alimenta es también alimento.

Celebremos, pues, ahora también nosotros lo mismo que celebraba la ley antigua, pero no en un sentido literal, sino evangélico; de una manera perfecta, no imperfecta; de un modo eterno, no temporal. Sea nuestra capital no la Jerusalén terrena, sino la metrópoli celestial; quiero decir, no ésta que es ahora hollada por los ejércitos, sino la que es ensalzada por las alabanzas y encomios angélicos.

Inmolemos no ya terneros y machos cabríos, que es cosa ya caducada y sin sentido, sino el sacrificio de alabanza, ofrecido a Dios en el altar del cielo, junto con los coros celestiales. Atravesemos el primer velo, no nos detengamos ante el segundo, contemplemos de lleno el santuario. y diré más todavía: inmolémonos nosotros mismos a Dios, inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo a la cruz.

Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor.

Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él, reconoce honradamente su divinidad; y así como entonces Cristo fue contado entre los malhechores, por ti y por tus pecados, así tú ahora, por él, serás contado entre los justos. Adora al que por amor a ti pende de la cruz y, crucificándote tú también, procura recibir algún provecho de tu misma culpa; compra la salvación con la muerte; entra con Jesús en el paraíso, para que comprendas de qué bienes te habías privado. Contempla todas aquellas bellezas; deja fuera, muerto, lo que hay en ti de murmurador y blasfemo.

Si quieres imitar a José de Arimatea, pide el cuerpo a aquel que lo mandó crucificar; haz tuya la víctima expiatoria del mundo.

Si quieres imitar a Nicodemo, el que fue a Jesús de noche, unge a Jesús con aromas, como lo ungió él para honrado en su sepultura.

Si quieres imitar a María, a la otra María, a Salomé y a Juana, ve de madrugada a llorar junto al sepulcro, y haz de manera que, quitada la piedra del monumento, puedas ver a los ángeles y aun al mismo Jesús.”

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

(Disertación 45, 23-24; PG 36, 654-655)

EL SANTO DE LA SEMANA SAN RICARDO DE WYCHE

También es conocido por San Ricardo de Chichester. La Iglesia lo celebra el día 3 de abril.

A finales del siglo XII nace Ricardo, en Wyche, en una familia de trabajadores del campo. Choca la austeridad y dureza permanente de su vida con el estilo de los grandes de su tiempo. Los obispos son «lores» y amantes de los cuidados humanos; los monjes abundan en la prosperidad y el lujo; los nobles son ambiciosos y en el trono se aprecia una corriente fuertemente regalista. La clase baja del pueblo es pobre y está sumida en la ignorancia y en la superstición. Ricardo es enérgico e intransigente cuando se tratan asuntos en los que está presente la injusticia, la inmoralidad o la avaricia. Posiblemente esta condición natural en él sea lo que le lleva a un distanciamiento, cuando no rechazo de los poderosos. El caso es que la austeridad vivida en casa de sus padres -cuando fue niño- debió prepararle para la misión que había de desempeñar de adulto.

Marcha a estudiar a Oxford donde tiene buenos maestros franciscanos y dominicos; y como los recursos no estiran más, pasó hambre y frío. Una corta estancia en París y vuelta a Oxford, graduándose en Artes. En Bolonia aprende durante siete años los cánones, haciendo lo que hoy llamaríamos la carrera de Derecho. Cuando vuelve a Oxford es nombrado Canciller de la Universidad, Canciller del arzobispado de Canterbury y también de Lincoln, donde estaba de obispo su antiguo amigo y profesor Grosseteste. Ejerce la docencia en Orleáns por dos años y allí se ordena sacerdote.

El Arzobispo de Canterbury lo nombra obispo de Chichester, a la muerte del obispo Ralph Neville. Y aquí comienza una etapa de dificultades mayores y de vigoroso testimonio.

El rey Enrique III, que se apodera por sistema de los beneficios eclesiásticos vacantes, se opone rotundamente a esta elección. Además, prefiere para la sede libre a Roberto Passelewe por razones de «erario real». Interviene el papa Inocencio IV que está presidiendo en este tiempo el concilio de Lyon, confirmando el nombramiento de Ricardo y consagrándolo personalmente, el 5 de marzo de 1245. Pero esto pone peor las cosas. Y es que el alto prestigio adquirido por el papado desde el siglo IX ha venido a menos desde que se hundió la Casa de Hohenstaufen y los papas se han inclinado hacia Francia; la rivalidad existente entre Inglaterra y Francia provoca de rebote reacciones contra Roma que se manifiestan en un fuerte nacionalismo inglés, en la resistencia del trono a aceptar las decisiones del papa y en intransigencias e intromisiones en las materias mixtas. Hasta los Legados pontificios son mal recibidos, si no ignorados, en la corte inglesa.

En estas circunstancias, el nombramiento de Ricardo ha caído, humanamente, en mal momento. El rey ha mandado cerrarle físicamente las puertas del palacio episcopal y ha prohibido darle cobijo y dinero. El temor de la gente a la venganza real lleva a que se vea a Ricardo-obispo vagabundo por su legítima diócesis, haciendo de obispo misionero, viajando a pie y desprovisto de servicio. Debía ser una estampa curiosa en la época en que los obispos eran «lores» y jamás trabajaban sin séquito. Visita las casas de los pescadores y catequiza a los humildes con quienes comparte alimento. ¡Todo un escándalo para altos eclesiásticos que gustan de fastuosidades y de monjes que disfrutan de buena mesa! Condena los abusos de poder y los vicios de la época con extraordinaria energía; de modo especial presenta una defensa a ultranza del derecho frente a la arbitrariedad y al abuso de poder; predica la doctrina evangélica frente al nepotismo reinante.

Fueron ocho años de obispo en que supo mantenerse, con fortaleza, libre de presiones. De hecho, nadie se explica cómo fue posible reunir una y otra vez a su Cabildo para sacar adelante las Constituciones que son de esa época y sientan los modos de hacer en adelante, señalando una praxis pastoral distinta y más adecuada a los principios evangélicos.

Murió en la casa-asilo -«Mas-Dieu»- para sacerdotes pobres y peregrinos, a los 55 años.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LAS VIRTUDES: DIOS NO SOLO NOS QUIERE SANTOS, NOS QUIERE INTELIGENTES

Continuando con su ciclo de catequesis sobre las virtudes, el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del miércoles 20 de marzo sobre la prudencia.

A continuación, la catequesis completa del Papa Francisco:

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy la dedicamos a la virtud de la prudencia. Ella, junto con la justicia, la  fortaleza y la templanza, forma las virtudes llamadas cardinales, que no son prerrogativa exclusiva de los  cristianos, sino que pertenecen al patrimonio de la sabiduría antigua, en concreto, la de los filósofos  griegos. Por eso, uno de los temas más interesantes en la obra de encuentro y de inculturación fue  precisamente el de las virtudes.

En los escritos medievales, la presentación de las virtudes no es una simple enumeración de  cualidades positivas del alma. Retomando los autores clásicos a la luz de la revelación cristiana, los  teólogos imaginaron el septenario de las virtudes -las tres teologales y las cuatro cardinales- como una  suerte de organismo viviente en el que cada virtud ocupa un espacio armónico. Hay virtudes esenciales y virtudes accesorias, como pilares, columnas y capiteles. Quizá nada como la arquitectura de una catedral  medieval puede dar la idea de la armonía que existe en el ser humano y de su continua tensión hacia el  bien.

Entonces, comencemos por la prudencia. No es la virtud de la persona temerosa, siempre  titubeante ante la acción que debe emprender. No, esta es una interpretación errónea. No es tampoco solamente la cautela. Conceder la primacía a la prudencia significa que la acción del ser humano está en  manos de su inteligencia y de su libertad. La persona prudente es creativa: razona, evalúa, trata de  comprender la complejidad de la realidad. Y no se deja llevar por las emociones, la pereza, las presiones, las ilusiones.

En un mundo dominado por las apariencias, por los pensamientos superficiales, por la banalidad tanto del bien como del mal, la antigua lección de la prudencia merece ser recuperada.  Santo Tomás, en la estela de Aristóteles, la llamó “recta ratio agibilium”. Es la capacidad de  gobernar las acciones para dirigirlas hacia el bien; por eso recibe el sobrenombre de “conductor de las  virtudes”.

Prudente es quien sabe elegir: mientras permanece en los libros, la vida es siempre fácil, pero  en medio de los vientos y las olas de lo cotidiano, la cosa cambia: a menudo nos sentimos inseguros y no  sabemos hacia dónde ir. Quien es prudente no elige al azar: ante todo, sabe lo que quiere; luego, pondera las situaciones, se deja aconsejar y, con amplitud de miras y libertad interior, elige qué camino tomar.

No es que no pueda cometer errores, después de todo sigue siendo humano; pero evitará grandes “bandazos”. Desafortunadamente, en todos los ambientes hay quien tiende a liquidar los problemas con bromas  superficiales o a suscitar siempre polémicas. La prudencia, en cambio, es la cualidad de quienes están  llamados a gobernar: saben que administrar es difícil, que hay muchos puntos de vista y que es preciso tratar de armonizarlos, que no se debe hacer el bien de algunos, sino el de todos.  La prudencia enseña también que, como se suele decir, “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

Demasiado celo, de hecho, en algunas situaciones, puede provocar desastres: puede arruinar una  construcción que hubiera requerido gradualidad; puede generar conflictos e incomprensiones; puede incluso desatar la violencia.

La persona prudente sabe custodiar la memoria del pasado, no porque tenga miedo al futuro, sino porque sabe que la tradición es un patrimonio de sabiduría. La vida está hecha de una continua  superposición de cosas antiguas y cosas nuevas, y no es bueno pensar siempre que el mundo empieza con  nosotros, que tenemos que afrontar los problemas desde cero. La persona prudente también es previsora. Una vez decidido el objetivo por el que luchar, hay que procurarse todos los medios para alcanzarlo.

Muchos pasajes del Evangelio nos ayudan a educar la prudencia. Por ejemplo: es prudente quien  edifica su casa sobre la roca, e imprudente el que la construye sobre la arena. (cfr. Mt 7,24-27). Sabias  son las vírgenes que llevan consigo el aceite para sus lámparas, y necias son las que no lo hacen (cfr. Mt 25,1-13). La vida cristiana es una combinación de sencillez y astucia. Al preparar a sus discípulos para la  misión, Jesús les recomienda: “Yo los envío como ovejas entre lobos; sean entonces prudentes como las  serpientes y sencillos como las palomas». (Mt 10,16). Es como si dijera que Dios no sólo quiere que  seamos santos, sino que quiere que seamos santos inteligentes, porque sin prudencia ¡equivocarse de camino es cuestión de un momento!»

Fuente Aciprensa

 

NACIDOS POR ABRAZADOS

 

Cada ser humano es el resultado de un acto de amor. El acto de amor más inmediato es el de los padres. Pero este abrazo de la madre y del padre que provoca una nueva vida es la mediación de una voluntad previa, que es voluntad de Amor, la voluntad de Dios, que nos ha querido y nos ha creado tal como somos, porque cada uno de nosotros somos una maravilla a sus ojos. El ser humano ha sido creado por amor y para el amor. Ya desde el principio de la humanidad Dios ofrece su amor al ser humano y busca una respuesta de amor. El problema que ocurrió en los inicios y que, desgraciadamente puede seguir ocurriendo hoy, es que el ser humano no responda al amor creador con amor, y busque alejarse e independizarse del amor que le ha dado la vida y le sostiene en ella.

Prescindiendo de consideraciones religiosas y quedándome solo con consideraciones antropológicas es posible llegar al mismo resultado. El hijo se asoma al mundo tras un abrazo de varios meses de la madre, un abrazo tan íntimo, tan profundo y tan unitivo, que hace que pueda hablarse de dualidad en la unidad. El hijo no sólo no puede rechazar este abrazo, sino que lo desea con toda vehemencia, porque sabe que ahí está su vida. Si la madre lo rechaza, entonces el otro sujeto del abrazo se pierde para siempre. Tal es la importancia del abrazo para la vida: hemos comenzado a existir rodeados de amor y por causa del amor. Este abrazo hace plausible la hipótesis de que el sello puesto sobre la existencia humana sea el del amor.

El abrazo es una manifestación de afecto entre personas, una manifestación que une los cuerpos de los que se aman. Pues bien, el embarazo es un abrazo de una intensidad tan grande que nunca más podrá experimentar el hombre. Como muy bien dice Carlo Casini, “cada uno ha nacido porque ha sido abrazado durante muchos meses por una mujer”. Desde este punto de vista, el ser y el amor coinciden. Esto nos hace pensar en lo que dice la primera carta de Juan: el Dios Creador es Amor (1 Jn 4,8). En esta misma carta se dice: “hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quién no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14). Podríamos parafrasear: hemos entrado en la vida porque nos han amado. Y sólo podemos vivir si amamos. Sin amor hay muerte.

Lo que hace posible el inicio de toda vida, hace también posible su continuación. ¿Qué son las guerras, que destruyen y matan sino actos de no amor? ¿Qué son las discusiones entre las personas y las familias, que destruyen, separan y matan, sino actos de no amor? ¿Por qué hay niños a los que se impide nacer, pobres a quiénes se hace difícil vivir, hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad, personas que huyen del miedo, de la violencia, de la miseria y a las que se impide la entrada en nuestros ricos países, países en los que sólo importa el dinero, y cuando importa la política también es porque importa el dinero?

Blog Nihil Obstat. Martín Gelabert

NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: RETIRO DE CUARESMA EN SEVILLA

El día  15 de marzo, celebramos el Retiro de Cuaresma en la Parroquia de Santa Cruz de Sevilla.

Empezamos con una charla de Doña Yolanda Fernández Bernabé, Psicóloga y Catequista de la Parroquia de Nuestra Señora de la Salud, disertando cobre la necesidad de vivir la Cuaresma con verdadera FE y recordando en todo momento a Jesucristo en su Pasión que sufrió y aceptó por la salvación de nuestras almas. En todo momento recordó a todos los mayores asistentes, la influencia que debemos tener sobre los jóvenes, especialmente de nuestros nietos, sobrinos, etc., y recordarles que la Semana de Pasión, no es solamente diversión y cofradías. Su intervención fue muy aplaudida por su claridad.

            A continuación celebramos la Eucaristía, presidida por el Consiliario de nuestra Diócesis Don Manuel Martínez Alaminos y concelebrada por los Sacerdotes Don Manuel Mateo Fraile, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral y Párroco Emérito de la Parroquia de Santa María la Blanca. Don Juan José González González, Párroco de la Parroquia de San Gonzalo y Don Enrique Barrera Delgado, Párroco de Nuestra Señora del Mar de Los Bermejales.

            En la homilía Don Manuel Martínez, acentuó la importancia de poder tener a nuestro movimiento de Vida Ascendente y poder disfrutar de todas las actividades.

            Asimismo Don Manuel Mateo, recordó a nuestra querida hermana TRINI, que hace un mes la llamó Jesús a su vera a los 103 años de edad.

            Afortunadamente cada día los eventos que realizamos se ven más concurridos, como en esta ocasión que fue realmente un éxito.

            Al final hubo una pequeña convivencia con los sacerdotes celebrantes y pidiendo a Dios que cada vez sea mayor la asistencia de nuestros grupos de Vida Ascendente.

            Por último agradecer a Don Eduardo Martín Clemens, Párroco de la Parroquia de Santa Cruz, el poner a nuestra disposición la parroquia para los distintos actos que en ella celebramos.

Sevilla, 16 de marzo 2024.

Manuel Montero

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN DIMAS

Sólo poseemos noticias ciertas acerca de su muerte y de su solemne canonización -por parte del mismo Jesucristo-, no repetida en la historia de la Santidad.

“Y con Él crucificaron dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda de Él. Y fue cumplida la Escritura que dice: Y fue contado entre los inicuos. Uno de los malhechores le insultaba diciendo: ¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a Ti mismo y a nosotros. Mas el otro, respondiendo, le reconvenía diciendo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros, la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos; mas Éste nada ha hecho; y decía a Jesús Acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza. Díjole: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Marcos 17, 27s. y Lucas 23, 39-43)

Como hemos indicado al principio, nada más sabemos de San Dimas con certeza histórica, pues son unas actas, aunque muy antiguas, apócrifas las que iniciaron la leyenda sobre el mismo, que todos hemos oído relatar alguna vez.

La Sagrada Familia, según nos narra la Biblia, se vio obligada a huir a Egipto, debido al peligro que corría la vida de Jesús, por la persecución de los niños menores de dos años que Herodes el Grande había decretado.

En cierta ocasión en que los soldados del rey -y empieza aquí la narración apócrifa- estaban sobre la pista de la Familia Santa, y cuando ya les andaban muy cerca, José y María encontraron una casa en la que fácilmente se podrían esconder, si les dejaban entrar.

Esta casa era la que habitaba Dimas con los suyos. José les pide que los escondan, pues los soldados del rey con sus caballos, mucho más veloces que el sencillo borrico que montan, ya casi les dan alcance. Pero los habitantes de aquella casa se niegan a ello.

En este momento sale el joven Dimas, que seguramente por su carácter y decisión gozaba entre sus camaradas de gran autoridad, y dispone que se queden y les esconde en un lugar tan oculto que la policía romana no consigue descubrirlos, ni puede detenerlos. Jesús promete a Dimas, agradecido, que su acto no quedará sin recompensa, y le anuncia que volverán a verse en otra ocasión y aún en peores condiciones, y entonces será Él, Cristo, quien ayudará a su benigno protector.

De este modo terminan su narración las actas apócrifas. Explicación suficiente, sin embargo, para observar en ella una diferencia total entre las leyendas atribuidas a Jesús, y la sobriedad evangélica, aun en los momentos más sublimes en que para confirmar su doctrina, Jesucristo obra algunos de sus milagros. Por esta razón nos ceñiremos a continuación al relato evangélico, Palabra Viva, que nos conduce a importantes enseñanzas.

¿A qué fue debida la conversión de Dimas, un ladrón, un malhechor, que seguramente en toda su vida no había visto a Jesús, aunque hubiera oído hablar de Él, como de alguien grande, misteriosamente poderoso y enigmático para muchos?

Porque en la cruz, Dimas se nos presenta ya convertido, como creyente en la divinidad de Cristo: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio?».

Un autor moderno atribuye la conversión de Dimas a la mirada de Jesucristo, la mirada clara de Cristo; en su cara abofeteada, escupida y demacrada, la mirada que había obrado tantos prodigios y que convertía al que se adentraba en ella con corazón limpio, en seguidor y discípulo…

Y el corazón de Dimas debía ser limpio, a pesar de todos sus delitos. Inclinado al robo quizá por circunstancias externas, circunstancias tal vez de tipo social, había sabido conservar, empero, cierto cariño a los que le rodeaban, y un respeto sincero a sus padres y a las vidas de los demás.

Y Dios, por la Sangre de su Hijo que estaba a punto de derramarse, le premiaba lo bueno que había hecho y le perdonaba lo malo. Y en su Amor insondable -Dios es Amor- le había concedido las gracias suficientes y necesarias para aquel acto profundo de fe.

Y a continuación el gran acto de sometimiento a la Voluntad de Dios y a la justicia de los hombres: «Nosotros, la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos»; y después, en aquellos momentos solemnes, alrededor de los cuales gira toda la Historia, quiera el hombre reconocerlo o no, la petición confiada, anhelante a su Dios, que por él, con él y también por nosotros moría en una cruz: «Acuérdate de mí, cuando vinieres en la gloria de tu realeza».

Y de labios del mismo Cristo oye Dimas las palabras santificadoras: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

He aquí un Santo original: hasta poco antes de morir, un ladrón, un malhechor, de familia seguramente innoble, sin ningún milagro en su haber, que puede ser, para nosotros, un magnífico tema de profunda meditación.

    Fuente: http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=458

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO: «LAS VIRTUDES, REFLEJO DE DIOS EN UN MUNDO QUE DISTORSIONA SU IMAGEN»

Tras ocho catequesis dedicadas a los vicios, Francisco introduce la reflexión sobre esa «bondad que procede de una lenta maduración de la persona, hasta convertirse en su característica interior»: las virtudes.

Se trata de una reflexión introductoria sobre las virtudes, tras ocho catequesis dedicadas a los vicios, que desarrolló el Papa Francisco en la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro. Todavía refriado, el Pontífice confió la lectura a un colaborador de la Secretaría de Estado, el padre Pierluigi Giroli. En el texto, el Papa invita a «volver la mirada» a lo que se opone a «la experiencia del mal» y explica que si «el corazón humano puede complacer las malas pasiones» y hacer caso a las tentaciones, «también puede oponerse a todo esto», porque «el ser humano está hecho para el bien», por lo que puede realizarlo y «ejercitarse en este arte», haciendo que ciertas disposiciones se vuelvan permanentes, estables y firmes en definitiva. Los filósofos romanos hablaban de virtus, recuerda Francisco, señalando que virtuoso es una persona «fuerte, valiente, capaz de disciplina y ascesis» y que, por tanto, el ejercicio de la virtud «requiere esfuerzo e incluso sufrimiento». Los griegos, por su parte, utilizaban el término aretè para indicar «algo que sobresale», «emerge» y «suscita admiración», lo que lleva a concluir que virtuoso es aquel individuo que es «fiel a su vocación» y que «se realiza plenamente».

Redescubrir las virtudes

Virtuosos son entonces los santos, «aquellos que llegan a ser plenamente ellos mismos, que realizan la vocación propia de todo hombre», subrayó el Papa, aclarando que no deben considerarse «excepciones de la humanidad: una especie de pequeño círculo de campeones que viven más allá de los límites de nuestra especie». Y si hoy «la justicia, el respeto, la benevolencia recíproca, la amplitud de miras» y «la esperanza» son «una rara anomalía», es necesario, en cambio, practicar las virtudes y tener presente que Dios nos creó a su imagen.

“El capítulo de la acción virtuosa, en estos tiempos dramáticos nuestros en los que a menudo nos encontramos con lo peor de lo humano, debería ser redescubierto y practicado por todos. En un mundo deformado, debemos recordar la forma en la que hemos sido moldeados, la imagen de Dios que está impresa para siempre en nosotros”.

Qué es la virtud

«La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien», reza el Catecismo de la Iglesia católica; no es algo «improvisado», añade Francisco, y no puede clasificarse entre los actos buenos, de los que incluso los delincuentes pueden ser capaces «en un momento de lucidez», que «están escritos en el ‘libro de Dios'». Por el contrario, «es un bien que surge de una lenta maduración de la persona, hasta convertirse en su característica interior».

“La virtud es un hábito de libertad. Si somos libres en cada acto, y cada vez estamos llamados a elegir entre el bien y el mal, la virtud es lo que nos permite tener un hábito hacia la elección correcta”.

Dios completa las buenas obras que esboza el hombre

Pero, ¿cómo alcanzar la virtud? El cristiano puede beneficiarse ante todo de la ayuda de la gracia de Dios, dice el Papa, de hecho, en los bautizados «actúa el Espíritu Santo, que obra en nuestra alma para conducirla a una vida virtuosa». Y así, incluso quienes se han visto «incapaces de superar» ciertas debilidades han «experimentado que Dios ha completado» la obra de bondad que han esbozado, porque «la gracia precede siempre a nuestro compromiso moral», señala Francisco.

Sabiduría y buena voluntad

Por último, son necesarios dos elementos para que la virtud crezca y se cultive. En primer lugar, es necesario pedir, entre los dones del Espíritu, el de la sabiduría, indica el Papa. El hombre «no es territorio libre para la conquista de los placeres, de las emociones, de los instintos, de las pasiones», incapaz de hacer frente a «estas fuerzas, a veces caóticas, que lo habitan», la sabiduría le permite «aprender de los errores para dirigir bien la vida». Y luego hace falta buena voluntad, concluye Francisco, es decir, «la capacidad de elegir el bien, de moldearnos mediante el ejercicio ascético, rehuyendo los excesos».

Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano para Vatican News