LA OCTAVA DE PASCUA

Con el Domingo de Resurrección comienza los cincuenta días del tiempo pascual que concluye en Pentecostés.

La Octava de Pascua se trata de la primera semana de la Cincuentena; se considera como si fuera un solo día, es decir, el júbilo del Domingo de Pascua se prolonga ocho días seguidos.

Las lecturas evangélicas se centran en los relatos de las apariciones del Resucitado, la experiencia que los apóstoles tuvieron de Cristo Resucitado y que nos transmiten fielmente.

En la primera lectura iremos leyendo de modo continuo las páginas de los Hechos de los Apóstoles. Con el Domingo de Resurrección comienza los cincuenta días del tiempo pascual que concluye en Pentecostés.

La práctica de la Octava religiosa la encontramos en el Antiguo Testamento con la fiesta de las Cabañas o los Tabernáculos (Levítico 23-26).Constantino la introdujo en la liturgia católica.

Cada año, durante la Octava de Pascua, celebramos la misa con las oraciones del día de Pascua, y los mismos cantos. De este modo, la semana de la Octava de Pascua es como un largo domingo que se prolonga ocho días, en el que cada día es Día de Pascua.

El encuentro de Tomás con Jesús en la octava de Pascua asegura a los lectores de Juan que la nueva vida del octavo día no se limita a los pocos que vieron a Jesús al comienzo.

Las octavas de los primeros cristianos eran ocho días de celebración de la dedicación de las basílicas de Jerusalén y Tiro en el siglo IV.

Las primeras fiestas en recibir octavas anuales fueron Pascua y Pentecostés, también en el siglo IV.

El número de octavas creció a lo largo de la Edad Media hasta que el Papa San Pío V las redujo en 1568.

Muchas fiestas de santos se celebraban con octavas, incluyendo los SS. Pedro y Pablo, San Lorenzo, San Juan Bautista, San José y Santa Inés.

En la primera mitad de siglo todavía había aproximadamente se celebran 15 octavas, clasificadas en diferentes grupos.

Ciertas octavas adicionales a menudo se celebran a nivel local.

El Papa Pío XII redujo el número de octavas a tres, para Navidad, Pascua y Pentecostés en 1955.

En 1969, bajo el Papa Pablo VI, el número se redujo aún más, a su nivel actual de dos.

Hoy la Iglesia celebra octavas sólo para Navidad y Pascua.

La octava de Navidad contiene muchas fiestas universales, como las fiestas de San Esteban, San Juan y los Santos Inocentes, así como la Fiesta de la Sagrada Familia, y de María la Madre de Dios en el octavo día.

Por el contrario, la única otra fiesta celebrada en la octava de Pascua es Domingo de la Misericordia, que se celebra el octavo Día.

Aunque el calendario litúrgico no está tan lleno de octavas como durante la Edad Media son una parte importante de nuestra historia.

Y las octavas que todavía celebramos ofrecen una maravillosa oportunidad de experimentar más plenamente el nacimiento y la resurrección de Jesús.

 Fuente: Misioneros digitales Catolicos

EL DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

El segundo Domingo de Pascua, que este año es el 16 de abril, la Iglesia Católica celebrará el Domingo de la Divina Misericordia, una fiesta que fue instituida por San Juan Pablo II y que nos recuerda que Cristo es la Fuente de la Misericordia.

La devoción al Señor de la Divina Misericordia congrega a millones de católicos que cada año expresan su amor y gratitud a Jesús, a través del rezo de novenas, de la Coronilla de la Divina Misericordia, procesiones, entre otras prácticas religiosas.

Esta devoción es muy extendida en todo el mundo, por las gracias especiales que el Señor concede a sus fieles devotos. No obstante, su importancia radica en recordar el siguiente mensaje que el mismo Cristo nos transmitió:

Dios es Misericordioso y nos ama a todos “y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia”, escribió Santa Faustina en su diario.

A continuación, compartimos 10 datos que todo católico debe saber sobre el Domingo de la Divina Misericordia:

  1. El Domingo de la Misericordia se origina en revelaciones privadas

La celebración de esta fiesta se origina en las revelaciones privadas de Cristo a la religiosa polaca Santa Faustina Kowalska en el pueblo de Plock, en Polonia, en el año de 1931. Durante las apariciones, el Señor Jesús le transmitió una serie de mensajes sobre el significado de su Divina Misericordia y le encargó difundir su devoción por el mundo.

  1. Forma parte del calendario de la Iglesia gracias a San Juan Pablo II

En el año 2000, San Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia dijo que “es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de ‘Domingo de la Divina Misericordia’”. (Homilía, 30 de Abril, 2000).

  1. Esta revelación privada tiene efectos válidos en la liturgia

En su comentario teológico sobre el mensaje de Fátima, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, quien fuera Papa Benedicto XVI, escribió: “podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas.

Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús”.

  1. La Iglesia invita a celebrar la Divina Misericordia de varias formas

Entre otras cosas, ofrece una indulgencia plenaria: “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice (Juan Pablo II) ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos”. [Decreto de la Penitenciaría Apostólica del 2002]

  1. La imagen de la Divina Misericordia fue revelada por Jesús mismo

Esta imagen le fue revelada a Santa Faustina en 1931 y Jesús mismo le pidió que se pintara. Luego el Señor le explicaría su significado y lo que los fieles alcanzarán con ella.

En la mayoría de versiones Jesús se muestra levantando su mano derecha en señal de bendición, y apuntando con su mano izquierda sobre su pecho fluyen dos rayos: uno rojo y otro blanco.

“El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (…). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Toda la imagen es un símbolo de la caridad, el perdón y el amor de Dios, conocida como la «Fuente de la Misericordia».

  1. Esta devoción cuenta con oraciones particulares

La Coronilla es un conjunto de plegarias utilizadas como parte de la devoción a la Divina Misericordia.

Se suele rezar a las 3:00 pm (el momento de la muerte de Jesús) utilizando las cuentas del Santo Rosario, pero con oraciones diferentes. Puede acceder a la Coronilla en el siguiente enlace.

  1. La Divina Misericordia está vinculada al Evangelio del segundo Domingo de Pascua

La imagen de la Divina Misericordia representa a Jesús en el momento en que se aparece a los discípulos en el Cenáculo –tras su resurrección–, cuando se les da el poder de perdonar o retener los pecados.

Este momento está registrado en Juan 20:19-31, que es la lectura del Evangelio de este domingo.

Ese pasaje se lee ese día porque incluye la aparición de Jesús al apóstol Tomás, en la que lo invita a tocar sus llagas. Este evento ocurrió en el octavo día después de la Resurrección (Juan 20:26) y por ello se utiliza en la liturgia ocho días después de la Pascua.

  1. Los sacerdotes tienen una facultad especial para administrar la Divina Misericordia

En Juan 20, 21-23 dice: “Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”.

  1. La confesión es la acción de la Divina Misericordia hasta el fin de los tiempos

Jesús capacitó a los apóstoles (y sus sucesores en el ministerio) con el Espíritu Santo para perdonar o retener (no perdonar) los pecados.

Debido a que están facultados con el Espíritu de Dios para hacer esto, su administración del perdón es eficaz: realmente elimina el pecado en lugar de ser solo un símbolo de perdón.

  1. En las revelaciones privadas Jesús le da suma importancia a su Segunda Venida

Jesús promete regresar en gloria a juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de San Mateo.

Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio de la Iglesia se puede situar las palabras de la revelación privada dada a Sor Faustina:

“Prepararás al mundo para Mí última venida”. (Diario 429)

“Habla al mundo de mi Misericordia….Es señal de los últimos tiempos después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”. (Diario 848)

“Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”. (Diario 965)

“Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita”. (Diario 1160)

“Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia”. (Diario 1588)

“Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”. (Diario 1146)

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.

CRISTO RESUCITO Y CAMBIO EL RUMBO DE LA HISTORIA, EL PAPA EN LA VIGILIA PASCUAL

A las 19.30 horas del sábado,  el Santo Padre Francisco presidió, en la Basílica Vaticana, la solemne Vigilia Pascual en la Noche Santa.

El Rito comienza en el atrio de la Basílica de San Pedro con la bendición del fuego y la preparación del Cirio Pascual. La procesión hacia el Altar, con el cirio pascual encendido y el canto del Exultet, sigue la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Bautismal, durante la cual el Papa administró los Sacramentos de la Iniciación Cristiana a 8 neófitos de Albania, Estados Unidos de América, Nigeria, Italia y Venezuela.

Publicamos a continuación el texto de la homilía que el Papa pronunció durante la Vigilia Pascual, tras la proclamación del Santo Evangelio:

«La noche está llegando a su fin y las primeras luces del alba despuntan cuando las mujeres se ponen en camino hacia la tumba de Jesús. Avanzan inseguras, perdidas, con el corazón desgarrado por el dolor de la muerte que se ha llevado al Amado. Pero al llegar allí y ver el sepulcro vacío, dan marcha atrás, cambian de ruta; abandonan el sepulcro y corren a anunciar a los discípulos un nuevo camino: Jesús ha resucitado y las espera en Galilea. En la vida de estas mujeres ha sucedido la Pascua, que significa paso: de hecho, pasan del triste caminar hacia el sepulcro a la alegre carrera hacia los discípulos, para decirles no sólo que el Señor ha resucitado, sino que hay un destino al que llegar inmediatamente, Galilea. Allí está la cita con el Resucitado. El renacimiento de los discípulos, la resurrección de sus corazones pasa por Galilea. Entremos también nosotros en este viaje de los discípulos que va del sepulcro a Galilea.

Las mujeres, dice el Evangelio, «fueron a visitar el sepulcro» (Mt 28,1). Piensan que Jesús está en el lugar de la muerte y que todo ha terminado para siempre. A veces nos ocurre también a nosotros pensar que la alegría del encuentro con Jesús pertenece al pasado, mientras que en el presente conocemos sobre todo tumbas selladas: las de nuestras decepciones, las de nuestra amargura, las de nuestra desconfianza, las del «ya no hay nada que hacer», «las cosas no cambiarán nunca», «mejor vivir el día a día» porque «del mañana no hay certeza». También nosotros, si hemos sido atenazados por el dolor, oprimidos por la tristeza, humillados por el pecado, amargados por algún fracaso o acosados por alguna preocupación, hemos experimentado el sabor amargo del cansancio y hemos visto apagarse la alegría de nuestro corazón.

A veces simplemente hemos sentido el cansancio de seguir con nuestra vida cotidiana, cansados de asumir riesgos personales frente al muro de goma de un mundo en el que siempre parecen prevalecer las leyes del más listo y del más fuerte. Otras veces, nos hemos sentido impotentes y desanimados ante el poder del mal, los conflictos que desgarran las relaciones, la lógica del cálculo y la indiferencia que parecen regir la sociedad, el cáncer de la corrupción -hay tanta-, la propagación de la injusticia, los vientos helados de la guerra. Y, de nuevo, tal vez nos hemos encontrado cara a cara con la muerte, porque nos ha arrebatado la dulce presencia de nuestros seres queridos o porque nos ha tocado en la enfermedad o en la calamidad, y hemos caído fácilmente presa de la desilusión y se ha secado el manantial de la esperanza. Así, por estas u otras situaciones -cada uno conoce las suyas- nuestros caminos se detienen ante las tumbas y permanecemos inmóviles llorando y lamentándonos, solos e impotentes para repetir nuestros «porqués». Esa cadena de «porqués»…

 En cambio, las mujeres en Pascua no se quedan paralizadas ante un sepulcro, sino que, dice el Evangelio, «saliendo del sepulcro apresuradamente, con temor y gran alegría, corrieron a dar la noticia a sus discípulos» (v. 8). Llevan la noticia que cambiará la vida y la historia para siempre: ¡Cristo ha resucitado! (cf. v. 6). Y, al mismo tiempo, guardan y transmiten la recomendación del Señor, su invitación a los discípulos: que vayan a Galilea, porque allí le verán (cf. v. 7). Pero, hermanos, nos preguntamos hoy: ¿qué significa ir a Galilea? Dos cosas: por una parte, salir del recinto del cenáculo para ir a la región habitada por los gentiles (cf. Mt 4,15), salir del escondite para abrirse a la misión, escapar del miedo para caminar hacia el futuro. Y por otra parte -y esto es muy hermoso-, significa volver a los orígenes, porque fue precisamente en Galilea donde comenzó todo. Allí el Señor había encontrado y llamado por primera vez a los discípulos. Por tanto, ir a Galilea es volver a la gracia original, es recuperar la memoria que regenera la esperanza, la «memoria del futuro» con la que hemos sido marcados por el Resucitado.

Esto es, pues, lo que hace la Pascua del Señor: nos impulsa a seguir adelante, a salir de nuestro sentido de derrota, a hacer rodar la piedra de los sepulcros en los que a menudo encerramos la esperanza, a mirar con confianza al futuro, porque Cristo ha resucitado y ha cambiado el rumbo de la historia; pero, para ello, la Pascua del Señor nos retrotrae a nuestro pasado de gracia, nos hace volver a Galilea, donde comenzó nuestra historia de amor con Jesús, donde fue la primera llamada. Nos pide, es decir, que revivamos aquel momento, aquella situación, aquella experiencia en la que nos encontramos con el Señor, experimentamos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida. Hermanos y hermanas, para resucitar, para recomenzar, para reanudar nuestro camino, necesitamos siempre volver a Galilea, es decir, volver no a un Jesús abstracto, ideal, sino a la memoria viva, al recuerdo concreto y palpitante de nuestro primer encuentro con Él. Sí, para caminar hay que recordar; para tener esperanza hay que alimentar la memoria. Y ésta es la invitación: ¡recuerda y camina! Si recuperas el amor primero, la maravilla y la alegría del encuentro con Dios, seguirás adelante. Recuerda y camina.

 Recuerda tu Galilea y camina hacia ella. Es el «lugar» donde conociste a Jesús en persona, donde para ti Él no se quedó en un personaje histórico como otros, sino que se convirtió en la persona de la vida: no un Dios lejano, sino el Dios cercano, que te conoce más que nadie y te ama más que nadie. Hermano, hermana, acuérdate de Galilea, de tu Galilea: De tu llamada, de aquella Palabra de Dios que en un momento preciso te habló con precisión; de aquella fuerte experiencia en el Espíritu, de la mayor alegría del perdón sentida tras aquella Confesión, de aquel momento intenso e inolvidable de oración, de aquella luz que se encendió dentro y transformó tu vida, de aquel encuentro, de aquella peregrinación… Cada uno sabe dónde está su Galilea, cada uno de nosotros conoce su propio lugar de resurrección interior, el inicial, el fundante, el que cambió las cosas. No podemos dejarlo en el pasado, el Resucitado nos invita a ir allí para hacer Pascua. Recuerda tu Galilea, revívela hoy. Vuelve a aquel primer encuentro. Pregúntate cómo fue y cuándo fue, reconstruye el contexto, el tiempo y el lugar, revive la emoción y las sensaciones, revive los colores y los sabores. Porque ya sabes, es cuando has olvidado ese primer amor, es cuando has olvidado ese primer encuentro ese polvo comenzó a asentarse en tu corazón. Y experimentaste tristeza y, como los discípulos, todo parecía sin perspectiva, con un peñasco que sellaba la esperanza. Pero hoy, hermano, hermana, la fuerza de la Pascua te invita a hacer rodar los pedruscos de la decepción y de la desconfianza; el Señor, experto en derribar las lápidas del pecado y del miedo, quiere iluminar tu memoria santa, tu recuerdo más hermoso, para hacer relevante aquel primer encuentro con Él. Recuerda y camina: ¡vuelve a Él, encuentra en ti la gracia de la resurrección de Dios! Vuelve a Galilea, vuelve a tu Galilea.

Hermanos, hermanas, sigamos a Jesús a Galilea, encontrémosle y adorémosle allí donde nos espera a cada uno de nosotros. Revivamos la belleza de cuando, habiéndole descubierto vivo, le proclamamos Señor de nuestras vidas. Volvamos a Galilea, a la Galilea de nuestro primer amor: volvamos cada uno a nuestra Galilea, la de nuestro primer encuentro, y resucitemos a una vida nueva.»

FUENTE: EXAUDI

RESURRECCIÓN, ¿FINAL FELIZ? ¡¡COMIENZO PROVOCADOR!!

La resurrección de Jesús no es el final feliz de una historia. Con la resurrección todo continúa. O mejor, todo comienza de nuevo.

Así se comprende que los apóstoles que “despiden” a Jesús de esta tierra, reciban este reproche: “¿qué hacéis ahí mirando al cielo?” (Hech 1,11). No hay nada que contemplar. Solo nubes.

De lo que se trata es de volver a Jerusalén y comenzar la misión, anunciar que Jesús ha resucitado, que vive y permanece, por medio de su Espíritu, entre los suyos. No se trata solo de que su causa continúa. Precisamente porque está vivo puede ponerse al frente de la causa.

Un anuncio como este no debió resultar nada fácil. En el fondo era un anuncio peligroso.

Resulta llamativo –y esta es una prueba muy directa de la importancia y seriedad del artículo de fe en la resurrección de Cristo- que los apóstoles hayan sido ridiculizados y perseguidos por anunciar esa fe. Pablo, hablando de la resurrección de Cristo ante el rey Agripa, fue brutalmente interrumpido por el gobernador Festo, que le dijo: “Estas loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hech 26,24).

Predicando esta misma fe, “Pedro y los apóstoles” provocaron “la rabia” del Sanedrín, hasta el punto de que “trataban de matarlos” (Hech 5,27-33.40.41).

Jugarse la vida por algo, es prueba evidente de la importancia que tiene para uno. Y también es prueba de que una fe así no puede ser algo inocuo o privado. A este respecto sería bueno que los cristianos de hoy nos planteásemos la pregunta por la calidad de una fe en la resurrección que no transforme la vida y en la que la vida no esté en juego.

Este anuncio peligroso llena de esperanza la vida de los seguidores de Jesús.

Una esperanza que nos moviliza, y nos hace tomar partido, el partido de la vida, el mismo que tomó Jesús a favor del bien y en contra del mal, a favor de los oprimidos y en contra de los opresores, a favor de los pobres y los humildes y en contra de los ponen su confianza en el dinero y su único objetivo es conseguir más del que ya tienen.

Una esperanza que nos mueve a derribar barreras de muerte (las que se construyen entre Estados Unidos y México y las que se construyen en la frontera de Ceuta y Melilla) y levantar puentes de vida. La esperanza que despierta la resurrección de Jesús solo se mantiene en aquellos cuya vida está movida por el mismo Espíritu de Jesús.

CRISHOM  ENZO

LA CRUZ REVELA PECADO Y AMOR

La cruz de Cristo es revelación. Revela pecado y amor. El pecado del ser humano y el amor de Dios.

¿Cuál es el pecado del ser humano? El pecado original, lo que está en la base y en el origen de todo pecado, es el rechazo de Dios, el preferirse uno a sí mismo prescindiendo de Dios.

Cuando la criatura se considera dios, no sólo equivoca su verdad, sino que también se pierde. Cierto, el ser humano ha sido llamado a ser como Dios, creado a imagen de Dios. Pero sólo puede ser Dios con Dios, sólo puede divinizarse por gracia.

Este pecado original, a saber, el rechazo de Dios, en la Cruz de Cristo se manifiesta como el pecado del mundo. El pecado del mundo es rechazar a Jesús, al enviado de Dios, al perfecto revelador de Dios. La Cruz es ante todo manifestación del pecado del ser humano. Lo que cae sobre Cristo crucificado no es un castigo de Dios, es el pecado de la humanidad. Son los hombres los que rechazan a Jesús.

Pero la Cruz es también manifestación del amor incondicional de Dios. El amor de Dios no está condicionado por nada, ni siquiera por nuestros pecados. Por eso, Dios ama al pecador.

La prueba de que Dios nos ama, dice san Pablo, es que siendo nosotros todavía pecadores, Cristo entregó su vida por nosotros. Dios no nos ama cuando somos buenos, ni cuando nos proponemos ser buenos. Nos ama siempre. Porque su amor es incondicional.

Lo que en la Cruz se revela, junto con el pecado del mundo, es el amor de Dios, más fuerte que el pecado. Y, por tanto, se revela que en la Cruz el pecado ha perdido todo su poder. El pecado nunca resulta vencedor. El mal tiene un límite. El amor no tiene límites.

En la Cruz de Cristo, Dios nos llama a conversión, sigue reclamando nuestro amor. Porque sólo cuando nosotros acogemos su amor puede haber salvación. Ya que la salvación es encuentro. Y no hay encuentro sin reciprocidad.

En la Cruz, Dios sigue llamando, reclamando con más fuerza que nunca, nuestro amor.

La cruz no es el precio que Dios exige para reconciliarse con los humanos, es la suprema manifestación de un amor que, precisamente por ser incondicional, no responde al mal con el mal. Responde con el bien. Lo que en la cruz de Cristo se manifiesta es un amor (el de Dios) más fuerte que el pecado (el de los que crucifican a Jesús).

Martin Gelabert

NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: DIÓCESIS DE TENERIFE Y DIÓCESIS DE JAÉN

Desde Tenerife, Angustias comparte con nosotros uno de los actos diocesanos del movimiento

Via Crucis en Valle de Guerra de Vida Ascendente con gran participación de personas mayores.

Viacrucis en Tegueste, dirige el Consiliario de Vida Ascendente de  Tenerife, con meditaciones en cada estación, Jesús nos enseña que a nuestra edad carguemos nuestra cruz con la poca fuerza que nos queda que El va con nosotros, hace de Cirineo, que este camino que nos lleva a la Pascua nos haga vivir la alegría y esperanza de resucitar con EL.

Desde Jaén,  Loli Núñez nos cuenta una emotiva experiencia

Invité a desayunar a varios de mis nietos adolescentes a una cafetería de Jaén donde sirven los mejores churros de la zona; era un día de vacaciones y en esas fechas nos es normal ver a los abuelos que llevan a los pequeños al colegio.

Tenemos tan interiorizada la necesidad de las relaciones intergeneracionales, que mientras departía con ellos en un ambiente muy distendido, me puse a observar a quienes, en grupos o en solitario, acudían a la cafetería.

No tardé mucho en descubrir a una pareja, por la edad abuelo y nieto joven, que llegaron con una conversación animada y pidieron su desayuno.

Son la excepción, pensé, pero poco después otro señor con un adolescente repetía el mismo ritual.

Me marché de allí contenta. Puede parecer algo insignificante, pero para mí lo viví como un signo de que las enseñanzas del Papa Francisco empiezan a calar en la sociedad y a dar sus frutos.

Gracias por vuestras aportaciones, seguimos esperando las noticias de tods las diócesis.

EL TRIDUO PASCUAL

La palabra triduo en la práctica devocional católica sugiere la idea de preparación. A veces nos preparamos para la fiesta de un santo con tres días de oración en su honor, o bien pedimos una gracia especial mediante un triduo de plegarias de intercesión.

El triduo pascual se consideraba como tres días de preparación a la fiesta de pascua; comprendía el jueves, el viernes y el sábado de la semana santa. Era un triduo de la pasión.

En el nuevo calendario y en las normas litúrgicas para la semana santa, el enfoque es diferente. El triduo se presenta no como un tiempo de preparación, sino como una sola cosa con la pascua. Es un triduo de la pasión y resurrección, que abarca la totalidad del misterio pascual. Así se expresa en el calendario:

Cristo redimió al género humano y dio perfecta gloria a Dios principalmente a través de su misterio pascual: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida.

El triduo comienza el Jueves Santo con la misa vespertina de la cena del Señor, alcanza su cima el Viernes con la celebración de la Pasión de Cristo y cierra con las vísperas del domingo de pascua (Vigilia Pascual en Sábado).

Esta unificación de la celebración pascual es más acorde con el espíritu del Nuevo Testamento y con la tradición cristiana primitiva. El mismo Cristo, cuando aludía a su pasión y muerte, nunca las disociaba de su resurrección. En el evangelio del miércoles de la segunda semana de cuaresma

 (Mt 20,17-28) habla de ellas en conjunto: «Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará».

Es significativo que los padres de la Iglesia, tanto san Ambrosio como san Agustín, conciban el triduo pascual como un todo que incluye el sufrimiento de Jesús y también su glorificación. El obispo de Milán, en uno de sus escritos, se refiere a los tres santos días (triduum illud sacrum) como a los tres días en los cuales sufrió, estuvo en la tumba y resucitó, los tres días a los que se refirió cuando dijo: «Destruid este templo y en tres días lo reedificaré». San Agustín, en una de sus cartas, se refiere a ellos como «los tres sacratísimos días de la crucifixión, sepultura y resurrección de Cristo».

Esos  tres días, que comienzan con la misa vespertina del jueves santo y concluyen con la oración de vísperas del domingo de pascua, forman una unidad, y como tal deben ser considerados.

Por consiguiente, la pascua cristiana consiste esencialmente en una celebración de tres días, que comprende las partes sombrías y las facetas brillantes del misterio salvífico de Cristo. Las diferentes fases del misterio pascual se extienden a lo largo de los tres días como en un tríptico: cada uno de los tres cuadros ilustra una parte de la escena; juntos forman un todo. Cada cuadro es en sí completo, pero debe ser visto en relación con los otros dos.

Interesa saber que tanto el viernes como el sábado santo, oficialmente, no forman parte de la cuaresma. Según el nuevo calendario, la cuaresma comienza el miércoles de ceniza y concluye el jueves santo, excluyendo la misa de la cena del Señor 1. El viernes y el sábado de la semana santa no son los últimos dos días de cuaresma, sino los primeros dos días del «sagrado triduo».

El #Triduo Pascual es el punto culminante de todo el año litúrgico. Durante el Triduo la Iglesia conmemora los grandes acontecimientos que jalonaron los últimos días del Señor.

La expresión Triduo Pascual aplicada a las fiestas anuales de la Pasión y Resurrección es relativamente reciente, pues no se remonta más allá de los años treinta del siglo XX; pero ya a finales del siglo IV san Ambrosio hablaba de un Triduum Sacrum para referirse a las etapas del misterio pascual de Cristo que, durante tres días .

De este modo, durante los primeros compases de la vida de la Iglesia, la Pascua del Señor se conmemoraba cíclicamente, a partir de la asamblea eucarística convocada el primer día de la semana, día de la resurrección del Señor (dominicus dies) o domingo. Y, muy pronto, apenas en el siglo II, comenzó a reservarse un domingo particular del año para celebrar este misterio salvífico de Cristo. Llegados a este punto, el nacimiento del Triduo Pascual era sólo cuestión de tiempo, cuando la Iglesia comenzase a revivir los misterios de Cristo de modo histórico, hecho que acaeció por primera vez en Jerusalén, donde aún se conservaba la memoria del marco topográfico de los sucesos de la pasión y glorificación de Cristo.

Cada celebración del Triduo presenta su fisonomía particular: la tarde del Jueves Santo conmemora la institución de la Eucaristía; el Viernes se dedica entero a la evocación de la pasión y muerte de Jesús en la cruz; durante el sábado la Iglesia medita el descanso de Jesús en el sepulcro. Por último, en la Vigilia Pascual, los fieles reviven la alegría de la Resurrección.

EL PREGÓN PASCUAL: LA MÚSICA EN LA LITURGIA

La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo acoge uno de los himnos en versión gregoriana más bellos de la Iglesia, el Exultet o también conocido como Pregón Pascual.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, el Pregón Pascual se canta tras la ceremonia del fuego, de esta forma se anuncia la Pascua, tiempo litúrgico, mientras los fieles sostienen entre sus manos una vela encendida. Con este canto se proclama a Jesús como el fuego nuevo:

    Primero anuncia a todos la alegría de la Pascua, alegría del cielo, de la tierra, de la Iglesia, de la comunidad cristiana congregada; alegría que procede de la victoria de Cristo sobre las tinieblas de la muerte y del pecado. Luego entona una gran acción de gracias, cuyo tema es la historia de la salvación, resumida así por el poema: redención que nos libró del pecado de Adán, figuras de esta redención: el Cordero Pascual, el Mar Rojo, la columna de fuego. En esta noche se da la salvación y Cristo alcanza su victoria. Seguidamente, con un gran lirismo, el diácono ensalza la noche venturosa en la que se rompen las cadenas de la muerte y Dios nos manifiesta su inefable ternura y amor, pues para rescatar al esclavo entregó a su propio Hijo. «¡Feliz culpa, canta entusiasmado, que mereció tal y tan grande redentor!» .

La Carta de la Sagrada Congregación del Culto sobre la preparación de las fiestas pascuales recoge en su artículo 84 las características y protocolo relacionado con el Pregón Pascual:

El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor. Las Conferencias de los Obispos pueden adaptar convenientemente este pregón introduciendo en él algunas aclamaciones de la asamblea.

El Exultet es el himno en alabanza del cirio pascual cantado por el ministro celebrante en la liturgia del Sábado Santo durante la noche, en la Vigilia Pascual. El misal lo denomina Praeconium.

Según la Enciclopedia católica «la regularidad del cursus métrico del Exultet nos llevaría a colocar la fecha de su composición quizás tan temprano como el siglo V, y a más tardar el VII». Sin embargo, «los primeros manuscritos del Sacramento Gregoriano no contienen el Exultet, pero se añadió en el suplemento sobre a lo que ha sido vagamente llamado Sacramento de Adrián y, probablemente, elaborado bajo la dirección de Alcunio», durante el siglo VIII.

La música en la liturgia de la Iglesia.

Para la Iglesia católica la música tiene un valor inestimable «que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria e integral de la Liturgia solemne», indica el artículo 112 de la Constitución Sacrosanctum Concilium, documento que en su artículo 116 establece que «la Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas».

Origen y evolución del uso de música en la Iglesia.

Gracias a la Carta encíclica Musicae Sacrae conocemos que en Roma, tras ser permitida y protegida la Iglesia, los salmos y los himnos del culto litúrgico eran de uso cotidiano y, con el transcurso del tiempo, se crearon nuevas formas de canto sagrado.

San Gregorio Magno (siglo VI) recogió toda la tradición existente hasta ese momento sobre la música sagrada y la dotó de leyes y normas para velar por la pureza e integridad del canto sagrado.

Desde Roma el canto se extendió a otras regiones de Occidente enriqueciéndose con nueva formas y melodías propias de cada territorio creando un canto sagrado nuevo, el himno religioso.

El mismo canto coral, que desde su restaurador, San Gregorio, comenzó a llamarse Gregoriano, adquirió ya desde los siglos VIII y IX nuevo esplendor en casi todas las regiones de la Europa cristiana, siendo acompañado por el instrumento musical llamado órgano.

Al canto coral se le añade el canto polifónico a partir del siglo IX y adquiere su perfección en los siglos XV y XVI consiguiendo ser admitido en los ritos sagrados para dotarlos de mayor realce.

Durante el pontificado de San Pío X (1903-1914) se inicia el camino que otorga a la música sacra su función ministerial en el servicio divino.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN ISIDORO DE SEVILLA

Nació en Cartagena, España,  hacia el año 560. Su padre llamado Severiano, nacido en Cartagena, probablemente era de una familia romana, pero estaba emparentado con los reyes visigodos.

Isidoro era el menor de cuatro hermanos. Sus dos hermanos, Leandroy Fulgencio también llegaron a ser santos. Su hermana Santa Florentina, fue abadesa de varios conventos. ¡La santidad se comparte y se fortalece cuando los lazos familiares son santos!

Su hermano Leandro que era mucho mayor que él, se encargó de su educación porque quedaron huérfanos siendo Isidoro un niño. Parece ser que Leandro era muy severo, porque cuenta una leyenda, que siendo Isidoro muy niño huyó de su casa para escapar de la severidad de su hermano. Luego volvió por voluntad propia, lleno de buenos propósitos. Leandro lo encerró para impedir que se escape de nuevo. Probablemente lo envió a un monasterio para seguir estudiando.

Un día se acercó a un pozo para sacar agua y notó que las cuerdas habían hecho hendidura en la dura piedra. Entonces comprendió que también la conciencia y la voluntad del hombre pueden vencer las duras dificultades de la vida. Entonces regresó con amor a sus libros.

Isidoro llegó a ser uno de los hombres mas sabios de su época, aunque al mismo tiempo era un hombre de profunda humildad y caridad. Fue un escritor muy leído. Se lo llamó el Maestro de la Edad Media o de la Europa Medieval y primer organizador de la cultura cristiana. La principal contribución de San Isidoro a la cultura, fueron sus Etimologías u Orígenes, una «summa» muy útil de la ciencia antigua condensando, mas con celo que con espíritu crítico los principales resultados de la ciencia de la época, siendo uno de los textos clásicos hasta mediados del siglo XVI.

Fue un escritor muy fecundo: entre sus primeras obras está un diccionario de sinónimos, un tratado de astronomía y geografía, un resumen de la historia desde la creación, biografías de hombres ilustres, un libro sobre los valores del Antiguo y del Nuevo Testamento, un código de reglas monacales, varios tratados teológicos y eclesiásticos y la historia de los visigodos, que es lo más valioso en nuestros días, ya que es la única fuente de información sobre los godos. También escribió historia de los vándalos y de los suevos.

San Isidoro fue como un puente entre la Edad Antigua que terminaba y la Edad Media que comenzaba. Su influencia fue muy grande en Europa, especialmente en España. Entre sus discípulos está San Ildefonso de Toledo

Probablemente ayudó a su hermano Leandro, obispo de Sevilla a gobernar la diócesis. Le sucedió en el cargo cuando murió. Su episcopado duró treinta y siete años, bajo seis reyes, completó la obra comenzada por San Leandro, que fue de convertir a los visigodos del arrianismo al catolicismo.

Cuenta una graciosa leyenda que cuando tenía un mes de vida, un enjambre de abejas invadió su cuna y dejó en los labios del pequeño Isidoro un poco de miel, como auspicio de la dulce y sustanciosa enseñanza que un día saldría de esos labios.

También decía San Ildefonso que «la facilidad de palabra era tan admirable en San Isidoro, que las multitudes acudían de todas partes a escucharle y todos quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al oír sus enseñanzas».

Su principal preocupación como obispo fue la de lograr una madurez cultural y moral del clero español. Fundó un colegio eclesiástico, prototipo de los futuros seminarios, dedicándose personalmente a la instrucción de los candidatos al sacerdocio.

Como su hermano, fue el obispo mas popular y autorizado de su tiempo.

Continuó la costumbre de su hermano de arreglar las cuestiones de disciplina eclesiástica en los sínodos, cuya organización se debió en gran parte a San Leandro y San Isidoro.

San Isidoro presidió el segundo Concilio de Sevilla en 619, y el cuarto Concilio de Toledo, en 633. Muchos de los decretos del Concilio fueron obra de San Isidoro, especialmente el decreto que se estableciese un seminario en todas las diócesis.

Su sistema educativo era abierto y progresista, propuso un sistema que abarca todas las ramas del saber humano.

Según parece, San Isidoro previó que la unidad religiosa y un sistema educativo amplio, podían unificar los elementos heterogéneos que amenazaba desintegrar España y gracias a eso gran parte del país se convirtió en un centro de cultura, mientras que el resto de Europa se hundía en la barbarie.

Otro de los grandes servicios que San Isidoro prestó a la Iglesia española fue el de completar el misal y el breviario mozárabes, que San Leandro había empezado a adaptar de la antigua liturgia española.

San Isidoro se formó con lecturas de San Agustín y San Gregorio Magno.

Su amor a los pobres era inmenso. En los últimos seis meses aumentó tanto sus limosnas que los pobres llegaban de todas partes a pedir y recibir ayuda.

Cuando sintió que iba a morir, pidió perdón públicamente por todas sus faltas, perdonó a sus enemigos y suplicó al pueblo que rogara a Dios por él. Distribuyendo entre los pobres el resto de sus posesiones, volvió a su casa y murió apaciblemente el 4 de abril del año 636 a la edad de 80 años.

El año 1063 fue trasladado su cuerpo a León, donde hoy recibe culto en la iglesia de su nombre.

La Santa Sede lo declaró Doctor de la Iglesia, en 1722.

EL OFICIO DE TINIEBLAS

El Oficio de Tinieblas (Tenebrae) es el nombre que recibe la ceremonia litúrgica que se lleva a cabo los días Miércoles, Jueves y Viernes Santos al caer la tarde.

Se trata del rezo dela Liturgia de las horas, maitines o  laudes,  según el breviario romano tradicional, que en Semana Santa se adelantaban a la tarde de la víspera con tal de no interferir en los oficios solemnes que correspondían al Triduo Pascual, dado que la recitación íntegra del breviario era obligatoria so pena de pecado.

De esta manera, este servicio se anticipaba y cantaba poco después de completas, es decir, alrededor de las 15.00 de la víspera del día al cual pertenecía, pudiendo postergarse hasta las 16.00 ó 17.00 para facilitar la asistencia de los fieles que debía apresurarse a concurrir a él después de acabadas sus ocupaciones.

Al celebrarlo al declinar el día en el hemisferio norte, tenía la peculiaridad de hacerse en la oscuridad, en medio de las «tinieblas» de comienzos de primavera, de donde proviene su nombre.

En este oficio se dispone de un candelabro especial de forma triangular, llamado tenebrario, que desde la reforma de San Pío X tiene obligatoriamente quince velas o cirios amarillos que representan a los once apóstoles que permanecieron fieles tras la traición de Judas Iscariote, a las tres Marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena) y a la Santísima Virgen, esta última a través de un cirio más destacado que los otros.

Tanto las luces del templo como los cirios se van apagando uno tras otro tras el canto de los salmos, para que al final quedase encendido sólo el cirio que más destaca (aquel que representa a la Santísima Virgen) al acercarse la muerte del Redentor (los apóstoles lo fueron abandonando y el templo, como símbolo de la Iglesia, va quedando en tinieblas).

Al llegar al último cirio, se canta el Miserere [Salmo 50 (51)] en perdón por las faltas cometidas y el cirio se sitúa en la parte posterior al altar ocultándolo de la vista, como símbolo de la entrada de Jesús en la sepultura y la permanencia de la Iglesia en espera de la Luz de Cristo que surgirá en la Vigilia Pascual, volviendo a iluminar paulatinamente las iglesias.

Terminado el Miserere, el clero y los fieles producen un ruido de carracas y matracas (las mismas que se usan en la Misa del Jueves Santo), que cesa dramáticamente al aparecer la luz del cirio oculto detrás del altar, para simular las convulsiones y trastornos naturales («la tierra tembló, y se partieron las piedras”, dice Mt 27,51) que sobrevinieron al ocurrir la muerte de Jesucristo en la cruz elevada sobre el Gólgota. Este ruido final tuvo su origen en la señal dada por el maestro de ceremonias (generalmente con la mano y sobre una de las gradas del altar o sobre algún banco cercano) para el regreso de los ministros a la sacristía.

La descripción del rito sugiere que el oficio divino de estos tres días era tratado como una especie de servicio funerario, que conmemoraba la muerte de Jesucristo ocurrida el Viernes Santo.

Puesto que Cristo permaneció tres días y tres noches en la tumba de José de Arimatea antes de su Resurrección gloriosa, es también natural que estas exequias debiesen haber venido al final de la semana, para ser celebradas en cada una de las tres ocasiones distintas con las mismas manifestaciones de duelo.

Tal sentido es  el que  explica el tono del oficio, que parece apenas haber variado durante los siglos del que se escuchaba en las iglesias hasta la reforma litúrgica, caracterizado por ser notablemente luctuoso.

Basta ver la ya referida oscuridad del templo, los salmos, antífonas y responsorios fúnebres, las lecciones extraídas de las Lamentaciones de Jeremías, la omisión de todo himno o doxología (como ocurre con el Gloria Patri o el Te Deum), la presencia de un altar desnudo y de las imágenes cubiertas, la ausencia de música y aun del tintinar de las campanillas (reemplazas por carracas y matracas) y la inexistencia de bendición o rito de despedida.

Esta estructura sugiere un servicio afín a la Vigiliæ Mortuorum: al igual que la brillante iluminación de la víspera de Pascua hablaba de triunfo y de alegría, así la oscuridad de los servicios de las noches anteriores parece haber sido elegida a propósito para marcar la desolación de la Iglesia por la muerte de Cristo.

En cualquier caso, cabe destacar que los reformadores litúrgicos trataron el oficio de estos tres días con escrupuloso respeto, al punto que las lecturas de Jeremías en el primer nocturno, de los Comentarios de San Agustín sobre los Salmos en el segundo y de las Epístolas de San Pablo en el tercero permanecieron hasta la reforma postconciliar tal y como fueron oídas por primera vez en el siglo VIII.

Tras el paréntesis de la Misa de la Cena del Señor, donde el templo vuelve a iluminarse y el altar a cubrirse para rememorar la institución del sacerdocio y de la Eucaristía, aunque permaneciendo veladas las imágenes, la iglesia retorna a las tinieblas y el altar a ser desnudado tras la traslación del Santísimo Sacramento al monumento.

De esta forma, del apagado progresivo de las luces hasta la plena oscuridad que caracteriza el Oficio de Tinieblas viene que en la Vigilia Pascual el templo se encuentre en completas tinieblas al empezar la celebración, oscuridad que se romperá con la bendición del nuevo fuego y la posterior procesión hacia el altar portando la Luz de Cristo resucitado, como canta la liturgia de esa noche (Lumen Chisti glorióse resurgéntis/Dissipet ténebras cordis et mentis), hasta iluminar por completo la iglesia para el pregón pascual.

Hoy en día, tras la reforma del breviario, este oficio ha desaparecido en las iglesias donde se utiliza la forma ordinaria del rito romano: no existe un oficio distinto al de los otros días del año para la Semana Santa.

Sin embargo, dada la singularidad de este Oficio de Tinieblas, se tiende a adaptar las antiguas peculiaridades del rito al ordo de la reforma, con el uso del tenebrario, el apagado progresivo de las luces, etcétera, añadiendo el canto de las lamentaciones que permite la liturgia actual.

Sin embargo, ya no se omiten ni doxologías ni himnos, no hay cantos lúgubres en gregoriano ni se unen todas las horas en una, puesto que las horas que coinciden con las celebraciones de la Semana Santa pueden omitirse derechamente: las vísperas de Jueves y Viernes Santo y el Oficio de Lectura y las Completas entre el Sábado y el Domingo.

A pesar de no tener la carga expresiva de antaño, la Iglesia sigue recomendando vivamente el rezo comunitario de este oficio, según el modo actual, pues la inclusión de los elementos del antiguo ordo ayudan a ver el simbolismo de la luz en la noche de Pascua.

Como es evidente, las congregaciones y parroquias, así como las comunidades que celebran bajo la liturgia de 1962, al amparo del motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, siguen celebrando el Oficio de Tinieblas y lo preservan como uno de los signos distintivos de la Semana Santa. El oficio, con algunas adaptaciones, también existe en algunas iglesias protestantes.

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